La Cuqui, símbolo de Balerma

  • A sus 84 años es la primera mujer que regentó el primer bar del núcleo en los años 60 · Hoy en día, su restaurante, dirigido por sus hijos, es famoso fuera del municipio

Regentar un restaurante no es notorio, pero sí lo es si quien lo ha regentado es una mujer que comenzó su andadura en la restauración por los años 60, una época en la que los bares eran "cosa de hombres", tanto para acudir a ellos como para regentarlos, y se ha convertido en un emblema de El Ejido. Hablamos de María Figueredo Fernández, una señora entrañable, de 84 años, a la que todo el mundo conoce dentro y fuera de El Ejido como La Cuqui. El restaurante La Cuqui, que desde hace unos dos años se encuentra en Almerimar, tiene una larga historia detrás. Una historia de décadas, que comenzaba con María Figueredo, la que hoy es una anciana, madre de cinco hijos, abuela de once nietos y bisabuela de cinco biznietos.

Es natural de Balerma, de hecho, vivía siendo una niña, junto a su padre y hermanos, en donde hoy se ubica el Mercado de Abastos del núcleo ejidense. "Éramos una familia muy humilde, pero siempre hemos sido muy honrados. Me crié sin madre y tuve que buscarme la vida. Aunque no sé leer ni escribir siempre he trabajado mucho por salir adelante", recordaba. A los nueve años, según relata, comenzó a servir en casa de la familia Suárez, una familia adinerada de la época, a la que no faltaba nobleza y lejos de tratar a María como a una criada, la acogieron como una hija, comía con ellos, y de hecho, compartía habitación con Ángela María, a la que todos llaman Angelita, la hija, para quien siempre ha sido como una hermana, y ellos como sus padres. "De ahí viene mi apodo. En la casa, la madre y la hija se llamaban María, como yo, por eso cuando yo escuchaba mi nombre nunca acudía porque pensaba que las llamaban a ellas así que al final, José, el padre, comenzó a llamarme Cuqui, y con la Cuqui me he quedado. Un apodo, que llevan mis hijos, los Cuquis, y que todos llevamos con mucho cariño".

En casa de la familia Suárez convivió durante más de una década hasta que "me eché novio y me casé", apuntaba. Una vez casada, seguía manteniendo la misma buena relación con la familia Suárez, tanto es así que ella, su marido, Pepe, que fallecía hace algo más de un año, y la que es como su hermana, Angelita y su marido, Isidro, siempre salían juntos porque los cuatro eran inseparables. Eran muy amantes del mundo taurino "y montamos en mi casa un barecillo para juntarnos y tomar algo, pero tuvo tanto éxito. La gente no paraba de acudir", afirmaba.

Poco después, y dado que ella era la encargada de las tapas "pedí un sueldo, porque yo dejaba a mis hijos y mi casa descuidada por estar allí, así que Isidro nos dijo que nos quedáramos nosotros con el bar y así lo hicimos. Montamos un bar al que llamamos La Choza". Fue el primer bar que se montó en Balerma y encima regentado por una mujer, lo que hizo que ella soportara ciertas críticas, típicas de una época machista. Las manos de La Cuqui en la cocina son únicas y sus tapas siempre han sido un éxito, sobre todo su arroz. "A mí nadie me enseñó, yo me las inventaba, pero a la gente les encantaban", argumenta.

Con el paso de los años, el bar se extendió y le cambiaron el nombre, Pez espada, "pero ese nombre no le duró mucho porque nadie sabía donde estaba el Pez espada, pero sí dónde estaba el bar de la Cuqui, así que decidimos que era mejor llamarle así, La Cuqui. Nombre que aún hoy perdura". Su arroz es tan famoso, que entre las muchas anécdotas que recuerda está la de "una mujer de Balerma que fue a operarse a Madrid y cuando iban a anestesiarla, los médicos le preguntaron si era Balerma, y ella dijo que sí. Pues este fin de semana, dijeron, vamos a ir a su pueblo porque nos han invitado unos amigos a un restaurante que le dicen La Cuqui a comer el arroz, que es la especialidad", recuerda orgullosa.

Ha tenido una vida dura porque se levantaba a las siete de la mañana y no se acostaba hasta las cuatro de la madrugada trabajando, cuidando a sus hijos y manteniendo su casa, pero "para mí fue muy duro dejar el bar. No poder estar en la cocina, servir las mesas, estar con la gente, pero llegó un momento en que no podía más, y se lo quedó mi hijo Salvador", afirmaba con lágrimas en los ojos al recordarlo. A La Cuqui todo el mundo le tiene mucho aprecio, por su honradez, su bondad, su saber estar y su capacidad de lucha, ella dice que "me merezco aunque sea una medalla de hojalata porque he trabajado mucho". Es una mujer, a pesar de su edad, bella, lo que denota la belleza de su juventud. De piel suave, y dulce sonrisa, y de cuyas arrugas se desprende el trabajo y la lucha de toda una vida. Pese a no saber leer ni escribir es una gran poetisa, que ha compuesto varias rimas, que hoy cuelgan en su restaurante.

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