Numerosas familias honraron a sus difuntos en el Día de Todos los Santos

  • El buen tiempo acompañó a cuantos acudieron a los cementerios del Levante · Además de los rituales litúrgicos, los familiares y amigos se dedicaron al cuidado y ornamentación de las lápidas

Los cementerios del Levante almeriense olían ayer a flor, a cirio, a suspiros de ausencia y a cristasol. Quien más quien menos se afanaba en una limpieza a fondo hasta dejar resplandeciente la última morada de sus allegados. Los cristales, de tanto transparente parecían no serlo, como tampoco lo aparentaban el pulido mármol y el bruñido metal. Las flores, coloridas estampas a la entrada de los campos santos, hermoseaban las sepulturas, los nichos, de los seres queridos. Entre el trajín de escaleras, cubos de agua, fregonas y gamuzas, se escapaba alguna lágrima de color negro de luto pese al tiempo pasado de tanto como se quiso, de tanto como se quiere aún. El cementerio de Cuevas del Almanzora andaba escasito de gente, los que vienen de fuera aprovechando la fiesta. Cuentan, dicen, que cuando las minas, las de Almagrera, los jefes se iban a sus pueblo, a sus ciudades, a poner a los santos. A su regreso, pasados ocho días, era el turno de los trabajadores y de ahí que en el municipio cuevano la visita al sacramental sea nueve días después. El nieto, la bisnieta y la tataranieta, cuatro generaciones de la familia Serradilla Mulero, acicalaban ayer la sepultura de María Mulero González para, a continuación, acercarse a la de otro miembro de la familia, Agustín Toledo.

El día de Todos los Santos, tal que ayer, el cementerio es también lugar de encuentro anual, de coincidencias. Es normal escuchar cómo unos a otros se preguntan por la salud, por la familia y, tras una breve plática, despedirse con un 'que el año que viene nos volvamos a ver', síntoma evidente de seguir vivos. Hay quien se sienta frente a la lápida, entorna los ojos y deja acudir los recuerdos a la mente sin prisa, o bien se entabla animada conversación evocadora del familiar enterrado que deriva sin remedio en cosas de la vida, mayormente económicas porque ayer en los cementerios había mucho parado, unos con el alma entregada y otros subsistidos.

Para ser primero de noviembre, el sol calentaba ayer más de lo habitual o tal vez era para darle calor a uno de los días del año que estremecen el sentimiento. Sea como fuere, resultaba chocante ver una locomotora, sombrilla incluida, ante la entrada principal del cementerio de Garrucha. Si ya de por sí el artefacto llamaba la atención, el cartelillo anunciador de 'Castañas Asadas Gallegas' despertaba la curiosidad de la concurrencia.

El gran parque que es el cementerio de Mojácar, sin calle alguna, sólo la que circunda la tapia, invita al descanso. Claro que si es al eterno, que Dios tarde mucho en concederlo. Esto no es el Paraíso, pero es lo que tenemos conocido.

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