El camión de la esperanza, 'desahuciado' de El Puche

  • El Ayuntamiento obliga a derribar el 'vehículo-vivienda' donde un joven y su familia se alojaron durante una década

  • Estaba reconvertido en estudio de grabación y centro cultural para ayudar y formar a los jóvenes del barrio

"Vivía en la calle, no tenía nada. Así que vi que el camión estaba abandonado y me metí a vivir con mi mujer y mis hijos. Era eso o nada". Y allí, acompañado de su familia, Miguel Ángel Ferre permaneció una década, años en los que pasó de ser usuario de toxicomanía de Cruz Roja a convertirse en un voluntario que acudía diariamente a ayudar a otros dispensando medicación o repartiendo cada noche comida a los sin techo. "Lo superé con creces", dice.

Y en mitad de todo esto, Miguel convirtió el camión en todo lo confortable que un vehículo de cuatro latas puede ser, añadiéndole unos metros de obra. Era su casa. No molestaba a nadie. De hecho, nadie se quejó. "Le puedes preguntar a todos los vecinos y te dirán que no, que no quieren que se derribe". Y es cierto. Le arropan. Le ayudaron incluso a plantar cuatro árboles, los únicos que hay en las plazas de El Puche norte. De hecho, esta es la única plaza limpia de la zona, y esporque ellos la barren. Allí, junto a los edificios de Manolo Caracol de El Puche, en un remolque de camión pintado de blanco, anexo a una minúscula construcción de caña, también en blanco, Miguel ha criado a sus hijos de 14 y 5 años hasta que hace un tiempo su mujer encontró trabajo y decidieron cambiar su residencia. Al fin, con un sueldo en la familia, encontraron un piso de alquiler a un precio que pudieron asumir.

Pero el camión sigue en la plaza. De hecho, si su mujer perdiera el trabajo, sería el único trozo de tierra sobre el que poder volver. Pero ahora no es una vivienda, se ha convertido en una especie de centro cultural que está dando esperanza a muchos pequeños del barrio. Allí se formó el grupo Distrito 09 y se creó un estudio de grabación. Se ha convertido en una forma de ocio y aprendizaje para muchos: "Es como una guardería. Los padres vienen y preguntan: '¿Está ahí María? Sí, aquí está. Bueno dentro de un rato vengo'", narra. "Los niños estaban por ahí tirados y aquí están rodeados de música. Preguntan cuándo grabamos un vídeo, quieren participar y aprenden. Tengo a todos los niños del barrio recogidos. Están toda la tarde metidos, quieren escuchar y hacer música. Y no están pensando en fumar porros. A la vez estoy haciendo una labor social. Eso es todo".

Pero antes del viernes, el camión será derribado y, además, tendrá que hacerlo él mismo. Ya ha comprado la radial con la que desmembrará parte de su vida y de la de sus vecinos. La debe tirar él, pues de otra forma debería pagar los costes del derribo. La historia se remonta a hace algo más de un mes, cuando Miguel recibió una carta del área de Urbanismo del Ayuntamiento de Almería en la que se le imponía una sanción de entre 6.000 y 120.000 euros y el derribo del camión-vivienda. "No tengo para pagar un techo y me dicen que pague 120.000 euros. Argumentan que el camión está en una zona verde (y si lo es se debe a que él mismo plantó los cuatro árboles que hay) y que la plaza es comunitaria. Cuando no vienen ni a barrerla, somos los vecinos los que lo hacemos".

La orden, contra la que ha expuesto recurso, resulta contradictoria. Y es que Miguel llegó incluso a cobrar durante un tiempo el salario social y en los documentos de concesión reza el camión como su vivienda. "Y ahora me dicen que estoy en una zona verde. Es injusto a todas luces. Y más aún cuando en esta zona nuestros hijos viven en la miseria. Esto es un foco de gérmenes impresionante. La poca limpieza que hay es porque la hacemos nosotros. Vivimos sin luz por la noche. En esta plazoleta hay luz y es porque yo tengo puesto un foco fuera".

Hoy (o mañana) cuando Miguel coja la radial, tendrá que hacer frente a gran parte de los recuerdos de su vida. Buenos o malos, son suyos. Y más aún teniendo en cuenta, como muchas otras personas, la desesperación de no conocer su futuro: "En el momento en que mi mujer se quedé parada nos quedamos en la calle y nos tenemos que volver a vivir al camión. Ella gana 700 euros. El alquiler cuesta 375 por la vivienda, más luz, más agua, más comida. Hay meses que no nos sobra ni un céntimo, que no nos queda ni para comer". Y por intentarlo no es, Miguel posee el primer y segundo curso de carpintería, el de alicatador solador, un curso de limpieza hospitalaria e incluso de primeros auxilios. "Desde que salí de la mala vida lo he intentando todo, incluso siendo voluntario de Cruz Roja", explica. "Estoy cansado de echar currículums y de hacer cursos y no hay trabajo".

Y es que, aunque Miguel ha tratado por todos los medios de encontrar una vivienda durante el tiempo en el que estuvo en el camión, llegando incluso a postularse como demandante de VPO, le ha sido imposible. En 2011 realojaron en casas prefabricadas a varias decenas de familias de El Puche cuyas viviendas iban a ser reformadas. "Me acerqué a los políticos para preguntar y hablar de mi situación. Me preguntaron que dónde vivía y les señalé al camión. Al día siguiente me vinieron una pareja de municipales y me pusieron una papelera como que era un residuo. Me veía durmiendo en el suelo, en mitad de la plazoleta con mis dos hijos (uno con 14 y otro de 5) y con mi mujer". Doce años después, eso que el Ayuntamiento llama residuo será desguazado. "Anoche una niña chica cuando se enteraron de que me pusieron la multa dijo que juntáramos un euro cada persona del barrio para pagar la multa. La niña tiene cinco años".

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