De libros

Fin de siglo

  • Una hermosa antología de Jaime Rosal y Jacobo Siruela, 'El lector decadente', reúne algunos de los textos paradigmáticos de la constelación decadentista en Francia e Inglaterra

Aubrey Beardsley (1872-1898) retratado por Frederick H. Evans hacia 1895. Aubrey Beardsley (1872-1898) retratado por Frederick H. Evans hacia 1895.

Aubrey Beardsley (1872-1898) retratado por Frederick H. Evans hacia 1895.

Nacido en el París posterior a la caída del Segundo Imperio, el decadentismo no fue propiamente un movimiento, sino una estética difusa que impregnó la atmósfera de las últimas décadas del siglo antepasado e implicaba no sólo una manera de entender el arte o la literatura sino también, hasta cierto punto, una forma de vida. Sus adeptos se definieron por oposición a la escuela naturalista, convivieron con los parnasianos y los simbolistas y en su búsqueda de referentes volvieron la vista a Baudelaire, el verdadero padre de la modernidad. Frente al crudo realismo de la literatura de costumbres, defendieron una poética sofisticada, antiutilitaria y transgresora en el terreno de la moral, que celebraba todos los excesos y asumía la orgullosa marginalidad del artista como un imperativo. Fueron caricaturizados en su tiempo y no han sido demasiado apreciados por la crítica posterior, pero más allá del pintoresquismo y de los tópicos asociados a sus figuras, los escritores decadentes, que no dejaban de ser neorrománticos, se alzaron contra una concepción demasiado estrecha del mundo y anunciaron, cierto es que desde una perspectiva más reaccionaria que porvenirista, la mezcla de irracionalismo y libertad creadora que caracterizaría la era de las vanguardias.

Seleccionada e introducida por Jaime Rosal, que se ocupa de los franceses, y Jacobo Siruela, que lo hace de los ingleses, la presente antología reúne algunos de los textos paradigmáticos de la corriente, en un volumen exquisitamente editado por Atalanta con reproducciones de las obras del pintor simbolista Odilon Redon y del ilustrador y también escritor Aubrey Beardsley. La parte mayor corresponde, como es lógico, a los primeros, que inventaron la etiqueta -el término décadent se aplicó en origen de forma irónica o denigratoria, pero curiosamente fue asumido y resignificado por sus destinatarios- y la difundieron no sólo en Gran Bretaña, donde alcanzaría su mayor eco en la década de los noventa, sino también en otras naciones europeas -o también americanas- en las que el imaginario decadentista tuvo seguidores entusiastas, basta pensar en un D'Annunzio o en la veta más afín del modernismo hispánico.

Los decadentistas asumían la orgullosa marginalidad del artista como un imperativo

La selección francesa se abre con tres poemas en prosa de Baudelaire, tomados de El spleen de París, y el relato El club de los hachisinos de su admirado Gautier, a quien como es fama estaban dedicadas Las flores del mal. Les siguen Lautréamont (el primero de los Cantos de Maldoror, reconocidos por los surrealistas como uno de los más claros antecedentes de sus escarceos con el subconsciente), Barbey d'Aurevilly (el relato La felicidad en el crimen), Jean Richepin (dos relatos de Las muertes extrañas), Villiers de L'Isle-Adam (uno de sus Cuentos crueles), Joris-Karl Huysmans (un fragmento de la novela A contrapelo, con la que el antiguo discípulo de Zola dejó atrás el naturalismo y cuyo protagonista, el extravagante Jean Floressas des Esseintes, inspirado en Robert de Montesquiou, modelo también de Proust, se convertiría en el más genuino icono de la nueva sensibilidad), Jean Moréas (el relato El lebrel), Marcel Schwob (la "vida imaginaria" de Lucrecio, poeta), Pierre Louÿs (las Elegías en Mitilene, segunda parte de su célebre poemario Las canciones de Bilitis), Léon Bloy (uno de los Cuentos descorteses), Stéphane Mallarmé (tres poemas en prosa de sus Divagaciones), Octave Mirbau (un fragmento de su novela El Jardín de los Suplicios, otra escandalosa obra fundamental de la religión decadentista) y Jean Lorrain (uno de los Cuentos de un bebedor de éter).

Respecto a los ingleses, la antología incluye, junto al más famoso dandi de la Islas, apóstol y mártir del esteticismo, el gran Oscar Wilde (representado por el prefacio de la novela El retrato de Dorian Gray, el drama Salomé y una colección de sus impagables aforismos), al excéntrico conde Stenbock (el relato Viola de amor), al casi secreto pero muy admirado Max Beerbohm (un delicioso artículo, En defensa del maquillaje) y al ya mencionado Beardsley (la nouvelle, ilustrada por él mismo, La historia de Venus y Tannhäuser), a los que se suman, como invitados extemporáneos, William Beckford en calidad de precursor (no directamente, sino a través de fragmentos de dos cartas donde el paisajista Henry Venn Lansdown recuerda a su amigo el autor de Vathek y el destino de su fastuosa abadía abandonada) y el mago Aleister Crowley, por quien Siruela siempre ha sentido fascinación, que cierra el libro con un texto tardío sobre la absenta -la mítica diosa verde- a la que se entregaron los soñadores del fin de siglo. El aristocratismo inverso y un vago anhelo de rebelión, desdeñoso de los usos burgueses y de la mentalidad materialista, distinguió a una hastiada minoría que cultivó el refinamiento, ensalzó el malditismo -las formas desviadas de la sexualidad, la atracción por los paraísos artificiales- y llevó al extremo, no sólo sobre el papel o el lienzo, la divisa parnasiana del arte por el arte.

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