¿Dimisión?

Gerardo Díaz Ferrán es un empresario puro y duro, y eso ya lo diferencia de su antecesor, José María Cuevas, o de uno de sus potenciales sucesores, Santiago Herrero. Como tal, ha cosechado éxitos y derrotas. La más dolorosa, y sin duda la más incompatible con su cargo de presidente de la patronal, ha sido el cierre de Air Comet. Entre sus méritos, el emporio del Grupo Marsans, creado en Barcelona en 1910 con las limitaciones crematísticas y espirituales de la época, pero en trayectoria ascendente (unos 12.000 empleados sin descontar los 650 de la aerolínea) hasta el pasado 22 de diciembre. Díaz Ferrán, copropietario del conglomerado, también supo arriesgar: en octubre de 2001, asumió, a través del combo Spanair-Air Comet, la gestión de Aerolíneas Argentinas, un caramelo envenenado por la deuda primero y la expropiación del Gobierno de los Kirchner después. El grupo aún espera una compensación -se habla de 400 millones- por la pérdida de la compañía. Si hubiera llegado ya, quizás otro gallo habría cantado su suerte.

El problema es que el terreno de los hechos convive con el de los símbolos. Y más cuando uno tiene un puesto ejecutivo. Díaz Ferrán eligió una frase fatal para alimentar a sus detractores: "Yo no habría volado con Air Comet". Un error de principiante que le resta credibilidad aunque la legitimidad se la den y quiten los empresarios. Ninguno de ellos es, por cierto, infalible. Un negocio es siempre una ruleta rusa. Y tiene mérito asumir el reto. Pero el jefe de la CEOE debía saber dónde se metía. Fíjense en el contexto: la negociación colectiva para los tres próximos años (incluido este gris 2009) no está cerrada. El diálogo social gripó hace tiempo. La patronal plantea un contrato específico anticrisis con menor indemnización para el trabajador despedido. Cajamadrid abre un expediente sancionador a Díaz Ferrán por sus deudas. Éste pone su cargo a disposición de la patronal de una manera tibia y en un momento tramposo (aún se ignoraba el desenlace de Air Comet). Trasciende asimismo la posible venta de Trapsa, su compañía de transporte por carretera, por el tono ya demasiado rojo de sus números ídem. ¿No parece como mínimo razonable la idea de la dimisión?

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