El Circo Ruso sobre hielo

  • Tres pistas lo hacían grande, una de ellas sobre hielo, en la que los patinadores hacían piruetas imposibles ante la mirada, incrédula, de cientos de personas

CUANDO la Feria se acerca, los que poblamos alguna que otra cana tendemos -entiendo que es inevitable- a echar la vista atrás y hurgar en los recuerdos. Mis ferias, y ya van muchas, agolpan en mi cabeza decenas de recuerdos, cada una con su sabor, su color e, incluso, cierto sentido tactil que el paso de los años no consigue borrar.

El Circo Ruso y sus pistas de hielo conservan para mí todos los ingredientes de un gran cóctel. Ángel Cristo rodeado de leones, acróbatas, payasos, funambulistas, toda una trouppe, capaz de iluminar la cara de un niño, aderezada con una pista de hielo, en la que los patinadores hacían piruetas imposibles, ante la admiración general de los que los veíamos.

Andaba yo por los doce años y los veranos los pasaba en casa de mi prima. Cambiaba el pueblo, tranquilo y el calor seco por el bullicio de la ciudad y la playa. Sinceramente creo que ganaba con el cambio. Se me abrían puertas nuevas ya zambullido en la pubertad y, encima, tenía la posibilidad de retozar, si se me permite la expresión, en el mar de lo nuevo y, la Feria, más que nueva era novísima para mí.

Vuelvo al circo. Entonces era el mayor espectáculo del mundo. Un mundo por descubrir, en el que las hazañas de los acróbatas, las bobadas de los payasos o los funambulistas se inyectaban en el cerebro como recuerdos inolvidables.

La estrella entonces, era Ángel Cristo. En una especie de prisión se encerraba con una decena de leones y tigres y les obligaba a hacer los más variados ejercicios. En un momento de la actuación, eso que todavía se llama, el más difícil todavía, era capaz de abrir la boca de los felinos y meter su cabeza entre las fauces provocando el ¡ohhh! de admiración más generalizado que recuerdo.

No creo que cualquier tiempo pasado sea mejor, pero es verdad, o al menos así lo entiendo, que de los recuerdos siempre queda lo positivo y se aleja cualquier poso de negatividad. El Circo Ruso era positivo, un maremagnun de novedades en tan sólo dos horas, que un niño de doce años absorbía como si de un batido se tratase, con la intención de no olvidarlo nunca.

Hoy son otros tiempos. Hace una semana tuve la oportunidad de acudir al circo con mi familia. El espectáculo -he de reconocer que logrado- no fue capaz de reunir en torno a la única pista que existía más de cien personas. Los artistas, los héroes de mi infancia, del Circo Ruso, no sólo eran capaces de de hacer malabarismos con cierto ingenio; los payasos de provocar una sonrisa o el domador de tratar de arrodillar ante sí a los leones, -el triunfo del hombre sobre la bestía. Además de eso, debían vender agua y latas de refresco en el descanso; hacer fotografías con un cachorro de tigre y vender una especie de linternas de colores a la escasa concurrencia.

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