Clásicos de ayer, toreros siempre

  • El tercer festejo trajo la primera corrida de toros con tres grandes figuras del escalafón, desde quien ha sido el número uno a quien hoy ostenta ese honor, cerrando con el sucesor de todo un clásico

El paso del tiempo va llenando de recuerdos el corazón mientras vacía esa parte del cerebro dedicada a la memoria. Muchas personas mayores suelen tener más vivos lejanos momentos de sus vidas que algún hecho sucedido apenas unos días, como aquellos desfiles que la Banda Municipal de Música iniciaba cada tarde en Puerta Purchena para dirigirse hacia la Plaza de Toros en tardes de Feria al compás de sus alegres pasodobles. En tiempos del Seat 600, aún eran pocos los almerienses que se podían permitir poseer un automóvil, y eran muchos los que utilizaban los vistoso coches de caballos para llegar hasta el coso de la Avenida de Vilches. Los toreros se alojaban en el Hotel Almería, el más moderno y lujoso de la ciudad, y salían hacia la plaza revestidos de la solemnidad de quien se rodea de un áurea casi sagrada, y de la natural expectación que las grandes figuras despertaban entre la chiquillería y los aficionados más entusiastas.

Entre aquellas grandes figuras de la época de finales de los sesenta estaba Santiago Martín 'El Viti', mi ídolo torero por su clasicismo al torear, con la mano izquierda y durante toda la faena con el estoque de matar, no con el de madera, como es habitual entre los toreros. Su seriedad y su virtuosismo con la espada prendieron en mi naciente afición a los toros, transmitida por mi padre en aquellos años de juventud.

Pasó El Viti y llegó Julio Robles, tan querido en esta tierra que da nombre a la Plaza situada junto al coso almeriense. Él fue mi nuevo ídolo, mi referente en el mundo taurino, que se dejó la vida en aquella trágica cogida, aunque su muerte sucediera años más tarde fuera del ruedo. Juan Antonio Ruiz 'Espartaco' y Enrique Ponce han ocupado el primer lugar en mi forma de sentir el toreo, serio, solemne y sublime a lo largo de muchos años. Todos han sido grandes figuras, artistas del capote y la muleta, señores dentro y fuera de los ruedos, clásicos del ayer y toreros para la eternidad. Una eternidad como la que nuevamente ha transcurrido desde el pasado año para volver a encontrarme con mi querida Marta, en quien la belleza unida a la elegancia la transforman en una mujer sencillamente espectacular, y a quien aún me quedan tantas cosas por contar.

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