Robo en Santo Domingo

NO siempre el anecdotario de Feria que -a falta de su estrambote final mañana lunes- concluye, procede de experiencias vividas. Es el caso del de hoy, en el que la copla de cinco versos del amigo Antonio sirve de pórtico introductorio. El título, Robo en Santo Domingo, lo tomo prestado de La Crónica Meridional.

Con motivo del Vº Centenario de la arribada a Torre García de la deteriorada talla de la Virgen del Mar, escribí una serie de fascículos para lo cual repasé la bibliografía dedicada a la manifestación mariana. Salvo unas líneas del dominico e historiador Joaquín Delgado, me sorprendió el nulo eco de un suceso de considerable repercusión entre la ciudadanía de la época, creyentes o no.

La agricultura (sequía y plagas de langosta) y la metereología (trágicas riadas del 11 de septiembre) tuvieron en 1891 un año aciago. La superstición reinante achacó esta última desgracia a una maldición de la Niña Dormida y/o a un castigo divino por el robo del ajuar de la Virgen. A mayor abundamiento, en agosto y al amparo de las bullas en el Real y corridas de toros, se hizo presente en la capital una cuadrilla de hábiles carteristas. Como si por estos lares no padeciéramos un bonito censo de finos "industriales" de lo ajeno. El 23 de agosto la procesión de alabanza discurrió calle Real abajo hasta el Malecón para, tras bendecir el mar a la altura del balneario El Recreo, seguir a su sede por Pescadores (Parque) y Álvarez de Castro, en medio de filas de fieles y curiosos agolpados en las aceras. La Virgen quedó sobre sus andas y echaron las llaves del templo sin que quedara vigilancia alguna.

Disuelta la Orden de Predicadores, el capitular Trinidad García y Rafael Castañedo estaban a cargo de la iglesia conventual. Nadie supo por dónde accedieron los ladrones; si eran forasteros o se compincharon con nativos. El caso, hasta donde pude seguirlo, quedó cerrado sin hallarse a los culpables. Cuando muy de mañana el sacristán descubrió el desaguisado le dio tal soponcio que tuvieron que sangrarlo, y no era para menos. El valor de lo sustraído ascendía a veinte mil pesetas entre oro y pedrería preciosa: una corona de la Virgen y otra del Niño; alfileres, rostrillo y pendientes de diamantes, brillantes, esmeraldas... proveniente de distintas donaciones. No obstante, lo recaudado en una colecta popular superó el importe de las alhajas robadas.

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