'Delta': El frío en los huesos

  • El joven cineasta húngaro Mundruczó regresa con 'Delta' a la sección oficial de un festival en el que ya presentó 'Johanna'

Tras Johanna, musical atrevido que hizo a algunos considerar al joven Mundruczó como un talento todavía en bruto (ayudaba mucho su padrino Béla Tarr), el enfantterrible se ha vuelto maduro, y hasta viejo, en Delta, filme que, por momentos, parece un curso intensivo para vagos que deseen aparentar conocimientos sobre cine del Este sin haber tenido que pasarse las horas frente a las películas de Jancsó, Szabo, Kalatozov o hasta Angelopoulos.

Mundruczó, fiel a esa estilización que sobrevino al colapso de la modernidad por aquellos lares, controla hasta la extenuación su Delta, en la que cada encuadre, angulación o movimiento de cámara pretenden adquirir un valor retórico concreto, tanto métrico (repeticiones, rimas y demás encabalgamientos) como semántico (metáforas, sinécdoques, metonimias), asfixiando cualquier posibilidad de sentido: es decir, todo se entiende y nada se siente. Se trata de una operación de enfriamiento de las formas absolutamente fraudulenta (muy parecida a las que ejecuta, últimamente, el ruso Andrei Zvyagintsev), que sólo puede engañar a quienes desconozcan la historia del cine o a los que la abandonaron hace tiempo (al parecer la crítica internacional que se dio cita en Cannes en su pasada edición).

Filme predecible, que se deletrea desde el encuentro de los jóvenes hermanos tras la matanza del cerdo, Delta llega, en su tramo final, a infundir un lógico aburrimiento: si en esta localidad a orillas del Danubio todos los personajes (a excepción de los protagonistas) son bestias salvajes (todos hombres) que se acaloran bebiendo palinka y comiendo como marranos, pues nada, que suene rápido Schubert y vamos para casa.

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