'Gun crazy': rápido, barato y fuera de control

Por su argumento, que fuera tan del gusto de surrealistas como Ado Kyrou, Guncrazy ha sido muy admirada; por ese potencial supuestamente contestatario de la poética del amourfou. También, esta historia de amantes a la fuga que termina llenándose de cadáveres en off, es habitualmente citada como precursora de filmes parecidos, pero mucho peores y coyunturales, como BonnieandClyde de Arthur Penn. Más provechoso, a nuestro parecer, sería, primero, acercarse a Joseph H. Lewis y a los de su estirpe (Lupino, Ulmer, De Toth, Fuller, el Nicholas Ray más intuitivo, el Aldrich más desconsiderado), en tanto contrabandistas (en el argot de Scorsese); luego, atender a la pregnancia de las imágenes que aquí se suceden, intentar hablar de eso que se agarra y que reacciona a las tantas y tantas lecturas de todo tipo que se han vertido sobre una historia con tamaña retranca psicoanalítica (en la que participara Dalton Trumbo bajo pertinente seudónimo).

De Lewis, uno de los mejores cineastas norteamericanos -y en España, en DVD, hay varias obras maestras en los cajones de ofertas: Agenteespecial (The big combo), Relatocriminal (The undercover man), en el negro, y Unacallesin ley (A lawless street) y TerrorinaTexastown en el terreno del western-, fascina la asombrosa capacidad de trascender la ridiculez presupuestaria y la falta de medios. Y asombra porque no se trata sólo de una cuestión de economía expresiva, que también, sino de aprovecharse de la visión maquinal (y fue Bresson en su aforismo con más aliteración quien habló de hacer cine como vera travésde unamáquinaquenove comoyoveo) para producir esa estilizada alucinación de vida que se muestra inagotable a nuestros sentidos y razón por participar de lo real. Guncrazy es la historia de un enamoramiento que empieza en una atracción. Y esa atracción es física y cinematográfica. Cuando Bart (Dall) ve a Annie (Peggy) por primera vez Lewis coloca un primer plano frontal de ella que dispara al objetivo de la cámara (y, en el universo de la ficción, a los espectadores del espectáculo de feria). La conexión es con el origen narrativo del cine norteamericano, el famoso y lábil vaquero que encañonaba al excitable público primigenio en Thegreattrainrobbery de Porter. Una solución magistral para decirlo todo en un segundo fugaz, frágil y, sobre todo, extraño (y otro día habría que hablar del fotógrafo Russell Harlan, que aísla fotogramas como iconos religiosos desde el soberbio arranque). Lo que sigue es la historia de la unión de aquellos que antes disparaban solos. Un matrimonio difícil, como todos.

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