Jackie Kennedy, el espejo de Michelle Obama

Jacqueline representa en Jesusland el glamour imposible de la América francófila y francófona y la grandeur de los 60. Jackie fue la primera dama mediática y la "primera dama ideal" con la que todavía sueñan los nostálgicos. Con Kennedy termina la utopía de los 60, casi al unísono con Kruschev y Juan XXIII, los frustrados renovadores de la modernidad en sus respectivos universos. Eran años de guerra fría en los que Estados Unidos aún no había sido derrotado en ninguna guerra caliente.

Jackie era la elegancia complementada a la frescura del presidente, un fresco. Redecoró la Casa Blanca, que era un túmulo decimonónico, y congregó las fiestas más parisinas de toda la historia del Distrito de Columbia. Hasta la mismísima Gioconda, aireándose de su pared del Louvre, cenó una vez con los Kennedy. La nueva sonrisa era la de la mujer del president, de origen galo y bóer, políglota, ilustrada, sensible y hasta discreta. Una reina en Washington. Algo inédito.

Unos disparos todavía inciertos acabaron con Jacqueline. Falleció el presidente y ella desapareció durante un tiempo, con sus dos hijos, a salvo de comentarios y miradillas. Años después, en el 68 de las revueltas, también removió los cimientos de la alta sociedad norteamericana, y la europea, casándose por sorpresa con el millonario de foto de enciclopedia, Aristóteles Onassis, que dejó con un palmo de narices a María Callas.

"Jackie O" fue infeliz al lado del griego. La primera dama se convirtió en una segunda extravagante. Emborronó de aguarrás de millones su retrato. Acabó como el rosario de la aurora con Cristina, la hija y máxima heredera, y el cáncer acabó con ella.

Los medios de Estados Unidos la siguen añorando. Creen haberla visto en un espejo, en la mujer de Obama, Michelle, alta, culta, convincente y "sexy". La primera dama del nuevo siglo. Una Jacqueline de ébano, entre la solución de Iraq y la resolución social.

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