'Mr. Klein' de Losey: de repente, un extraño

El otro señor Klein puede que sea el último filme importante de Joseph Losey (eso si obviamos la suicida La trucha), un título que tiene mucho más que ver con sus universos barrocos y claustrofóbicos y su didactismo a contracorriente que con esa indeterminada deriva política que introduciría la firma de su guionista, el influyente Franco Solinas (La batalla de Argel, Estado de sitio, Queimada, y un largo etcétera).

Se puede poner una fecha mítica, digamos desde Theprowler (1951), ahí donde a sus personajes empieza a no irles bien, para hablar del nacimiento de un singular grupo de estilemas que se iría perfeccionando título a título en una carrera que fue prolífica y siempre haciadelante (en las antípodas del proceder minucioso de Kubrick, con quien le unen particulares paralelismos). Losey cargaba con el peso de la formación teatral, excitada por su encuentro con Brecht, y aún en el compartimento de los géneros ya buscaba la distancia que hiciera impracticable la proyección afectiva a un espectador al que se le quería más reflexivo que sufriente. Nada raro, entonces y más allá del acicate de la caza de brujas, que no hubiera sitio para Losey en Hollywood, y que fuera en Europa donde el cineasta desarrollara su madurez artística. Allí, a modo de invitado poco reverente, formuló sus mejores parábolas sobre sociedades opresivas y tendentes al totalitarismo de algún tipo (las que reescribieron con tinta agria lo expuesto en la bienintencionada y primeriza The boy with green hair). Y en esos edificios sociales en los que la carcoma se siente actuar poco a poco, es donde se introduce el elemento catalizador, el revelador loseyano (que tanto tiene que ver con el buñueliano, pasoliniano o garreliano): el criado en El sirviente, la extranjera en Accidente, el niño en Elmensajero, o la prostituta de Secretceremony. En El otro señor Klein, la situación opresiva está dictada por la explícita coyuntura (la ocupación nazi de Francia), y el agente de transformación para la existencia de un inescrupuloso marchante de arte que se aprovecha de las urgencias de los judíos que necesitan abandonar el país es un periódico que sólo se sirve a la comunidad hebrea y que un día aparece en su puerta. Robert Klein inicia, por este motivo, la búsqueda de ése que se llama igual que él, que parece haber vivido pegado a su espalda y que ahora es perseguido para ser deportado. Y mientras Robert Klein sigue a Robert Klein, ambos se van igualando: sólo al ir perdiendo todo el dudoso revestimiento material, el primero va acercándose al segundo, aunque no quede claro si el gesto final lo dicta la moral o la curiosidad.

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