Cultura

'Un Redondela' y un 'Togores' amplían la colección del Museo Ibáñez de Olula

  • José de Togores y Agustín Redondela están considerados dos grandes pintores del siglo XX

  • Las obras adquiridas son 'Naturaleza muerta con piezas de caza' y 'Pueblo costero'

'Naturaleza muerta con piezas de caza' de José de Togores, obra adquirida por el Museo Ibáñez de Olula del Río. 'Naturaleza muerta con piezas de caza' de José de Togores, obra adquirida por el Museo Ibáñez de Olula del Río.

'Naturaleza muerta con piezas de caza' de José de Togores, obra adquirida por el Museo Ibáñez de Olula del Río. / d.a.

El museo Ibáñez de Olula del Río acaba de incorporar dos obras muy significativas para sus fondos permanentes, en concreto los dedicados al arte español figurativo de vanguardia del siglo XX. Se trata de un cuadro de José de Togores titulado Naturaleza muerta con piezas de caza y otro de Agustín Redondela titulado Pueblo costero. En el caso de Togores, se trata de un bodegón de 100 x 75 centímetros, firmado y fechado en 1962, correspondiente al último periodo de actividad artística del autor y plenamente representativo de su estilo tardío, de un realismo adusto y una técnica gruesa y empastada.

José de Togores y Llach (Cerdanyola del Vallés, 1893-Barcelona, 1970) es uno de los pintores más importantes de todo el siglo XX, tanto en España como en el resto de Europa. Militante de la modernidad figurativa, su obra atravesó la centuria con múltiples experimentaciones, cambios y asimilaciones de los distintos lenguajes de la vanguardia internacional. Comenzó a interesarse por la pintura después de sufrir una meningitis a los trece años que le dejó sordo. Recibió lecciones de los pintores Joan Llaverías y Felix Mestres. En 1907, becado por el ayuntamiento de Barcelona, viajó a París acompañado de su padre.

Togores es militante de la modernidad creativa y Redondela uno de los grandes paisajistas

Allí descubre la obra de Cézanne, que le impresiona. En Bruselas recibe un premio por su cuadro El loco de Cerdanyola, que abre una etapa impresionista en su pintura. De vuelta a Barcelona, asimilará las influencias del Noucentisme de Sunyer y otros artistas de esa órbita. Tras la Primera Guerra Mundial, se instala en París con el grupo de pintores de Montparnase. Serán sus amigos Picasso, Modigliani, Utrillo, Juan Gris, Braque y Jacob.

En esta época asimilará los postulados del cubismo y otras vanguardias clásicas, que incorporará a su obra. Siempre dentro de una figuración constructivista, de gran solidez y monumentalidad, su pintura puede adscribirse, durante los años veinte, a la corriente internacional de "La vuelta al orden" o "La nueva objetividad".

Se convierte en uno de los pintores más importantes de Europa, llegando a tener el mismo marchante que Picasso, Daniel-Henri Kahnweiler, con quien firma un contrato de exclusividad. Entre 1927 y 1931 experimenta con un surrealismo automatista, donde la línea tiene una importancia decisiva y enigmática. Pese a todo, en 1932 regresa a España y vuelve a la figuración, de un tono cada vez más realista, convirtiéndose en el retratista de moda de la alta sociedad catalana. Muere en 1970, atropellado en el Paseo de Gracia. Su obra se encuentra expuesta en museos como el Reina Sofía y el museo Nacional de Arte de Cataluña.

La Naturaleza muerta con piezas de caza del museo Ibáñez ilustra a la perfección ese realismo cultivado por el pintor en sus últimos años, con una pincelada corta y mucha carga de materia pictórica. El lienzo, pintado del natural, representa a una liebre y varias aves muertas, arrojadas al terreno de un claro del bosque tras la jornada de caza. La disposición centrifuga de los animales, colocados como si en apariencia hubiesen caído al azar, dota a la composición de un gran movimiento y expresa con rudeza la violencia y caos de sus muertes.

El cuadro, que se encuentra en perfecto estado de conservación y atesora el marco artesanal original, lleva una pegatina por detrás, en el bastidor, de la barcelonesa Sala Parés, mítica galería donde el artista exponía con asiduidad en sus últimos tiempos.

En el caso de Redondela, se trata de un paisaje de 85 x 65 centímetros, óleo sobre lienzo, firmado y sin fechar. No obstante, por el estilo y técnica, es una obra datable hacia 1960-1965, cuando el pintor encuentra su poética definitiva y tiene sus mejores logros. Agustín Redondela (Madrid, 1922-2015), de verdadero nombre Agustín González Alonso, es uno de los pintores españoles más significativos del siglo XX, perteneciente a la denominada Escuela de Madrid. Está considerado uno de los grandes paisajistas de la vanguardia española. Se formó al principio junto a su padre, el pintor y escenógrafo José González Redondela. Junto a él se ganó la vida en sus comienzos como creador de decorados en Madrid y San Sebastián, actividad que nunca abandonó.

Tras la Guerra Civil asiste a clases nocturnas en la Escuela de Artes y Oficios bajo tutela del paisajista José Ordóñez. En 1945 entra en contacto con algunos miembros de la Escuela de Madrid, como Benjamín Palencia, Vázquez Díaz, Martínez Novillo y Menchu Gal. En 1947, Eugenio d'Ors lo selecciona para el "Salón de los Once". En 1953 recibe el Premio Nacional de Pintura y en 1957 la Primera Medalla Nacional. En 1998, el Centro Cultural de la Villa de Madrid le dedica una gran exposición antológica.

Su arte, poético e inconfundible, muy diferente al del resto de compañeros de la Escuela de Madrid, se caracteriza por una voluntad bidimensional en el paisaje, donde la materia, leve y sutil, se coloca en el lienzo con un lirismo notable, caligráfico y dibujístico, donde la línea y el contorno definen los distintos planos de colores suaves, siempre dentro de una gama de grises exquisitos. Su gran amigo, el poeta José Hierro, definió certeramente su universo plástico al afirmar que "Redondela no pinta los paisajes que ama, sino su amor al paisaje".

El Pueblo costero del museo Ibáñez atesora todas las características antes expuestas y se ubica entre lo mejor de la plástica de Redondela. Una composición bellísima, dividida en grandes zonas o planos de color, y una superficie pictórica de enorme riqueza plástica y sutileza poética. Por la voluntad plana en la forma de construir las casas de los pescadores y el puntillismo casi mágico de las montañas que les sirven de telón de fondo, se intuyen no pocas coincidencias con los paisajes de Gustav Klimt o Egon Schiele.

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