"Me habría gustado que Dios me diera las cosas más claras"

  • El salmantino, ganador del Premio Internacional Loewe y el Premio Internacional Generación del 27, es uno de los poetas españoles más relevantes de su generación

Es un poeta con voz propia. Con temas, acentos, motivos reconocibles. Más de un crítico afirma que Juan Antonio González Iglesias (Salamanca, 1964) ya ha empezado a crear escuela. Con su último libro, Eros es más (Visor, 2007), ganó el premio Loewe. Profesor titular de Filología Latina en la Universidad de Salamanca, ha traducido a Ovidio, Horacio y Catulo, entre otros.

-¿Cómo se lleva con Eros?

-Lo mejor que puedo. Es fundamental en mi vida, como en la de cualquier hombre. Creo que la única diferencia del poeta es que le dedica más tiempo y está más atento. También le tengo mucho miedo. Eros tiene un nombre que significa más que el amor. Desequilibra nuestras vidas, trastorna el orden, arrasa si llega con fuerza. Pero también es el mejor indicio de que estamos vivos.

-¿Se puede amar el amor?

-Me siento tentado a decir que no, porque me suena a tópico fácil. Pero, si lo pensamos bien, detrás de ese aparente juego de palabras se esconde lo esencial. Miguel de Unamuno escribió: "Tú eres el amor / que no se sacia con abrazos, besos". Eros empieza con abrazos y besos pero busca un objetivo perfectamente definido, que está después. Entre Platón y Santa Teresa dejaron resuelto este problema.

-Luis Antonio de Villena escribió: "Juan Antonio es un moderno que va al gimnasio y come sushi y que sólo aspira a vivir -en poeta- la modernidad en la tradición". ¿Es una buena definición de usted?

-Sí, sobre todo en lo objetivo. Es una definición muy generosa. Me gusta vivir como poeta. Y cada vez me siento más moderno, pero no lo opongo a antiguo, sino a este caos posmoderno que me resulta insufrible.

-¿Se considera un heterodoxo?

-No puedo responder con un monosílabo. No creo que nadie me considere ya un heterodoxo. Pasada cierta edad pocas personas lo son. Si se obcecan en sus heterodoxias de juventud, acaban en ortodoxia. Sin embargo, mis desajustes con el orden social me producen mucho sufrimiento. Me habría gustado que Dios me diera las cosas más claras. Haber tenido una ideología sencilla, con todo resuelto. Envidio la vida cómoda de esas personas simples.

-¿Ha sufrido la crisis de los 40?

-Sí. Pensé que no me iba a pasar, pero caí. Cruzamos algunas fronteras para las que sirve de muy poco todo lo que pensábamos antes. Es cuando hay que echar mano de lo que enseñan los poetas, los filósofos, los otros artistas. Recuerdo que cerré todas las cuentas bancarias hasta quedarme sólo con una. Y empecé a decir lo que pensaba.

-¿Un traductor también es un creador?

-Sin duda. Es un creador al que le dan hecha la parte más dura del trabajo (la de encontrar o descubrir el tema) y disfruta con lo más placentero: decir en su idioma algo que le gusta. Estos días estoy leyendo a Goethe traducido por Jesús Munárriz. Es maravilloso que Goethe pueda leerse como si fuera un poeta que vive ahora en Madrid. Y también es prodigioso que Munárriz sea alemán, aunque ya estemos acostumbrados. Es una especie de juego que a la vez es una gran responsabilidad.

-¿Qué le gusta del mundo actual?

-Cada vez menos cosas, la verdad. Me gusta que hasta ahora estoy pudiendo vivir con relativa libertad, aunque soy levemente pesimista en lo que se refiere a la vida pública (a cambio, soy optimista en lo personal). Me gustan sobre todo algunas de las personas con las que estoy coincidiendo en el mundo. Pero me disgusta mucho la creciente hipocresía invisible, no sé cómo definirlo. Apenas nos habíamos librado de la otra doble moral y ya tenemos la nueva.

-¿Qué representan para usted Vicente Núñez y Pablo García Baena?

-Dos amigos. Dos poetas a los que admiro apasionadamente. Dos maestros. A Vicente Núñez lo conocí cuando gané su premio. Quedé deslumbrado, como quedaba cualquiera que lo rozara mínimamente. Era un ser humano maravilloso y eso está para siempre en su poesía, verdaderamente inmortal. A Pablo García Baena lo he tratado más. Para no repetir estos adjetivos hiperbólicos, que sé que le incomodarían, te diré que es uno de mis amigos más cercanos. Si necesito consejo, lo llamo. Me gusta mucho hablar con él, cenar juntos, pasear. Y, sin exageración ni parcialidad, estoy seguro de que es ahora mismo el mejor poeta en lengua española.

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