El infinito también tiene sus límites

Obsesionados por encontrar ese título mítico que aporte definitivos cambios al clasicismo de los RPG, a veces dejamos escapar pequeñas joyas del entretenimiento que, si bien no aportan elementos innovadores a la gramática del videojuego (responsabilidad depositada sobre todo desarrollador, a la que, inexplicablemente, los directores de cine son inmunes), bien ameritan la inversión ilimitada de horas de juego. Ya sea por sus personajes cautivadores, por sus gráficos apabullantes, por su historia repleta de giros, hay juegos que, simplemente, merecen ser jugados.

Esta defensa enfervorizada de lo imperfecto como forma de diversión viene a cuento debido al título que Square Enix ha lanzado recientemente al mercado. Una fantasía muy de la distribuidora, aunque no tanto de los desarrolladores (Tri-Ace, también artífices de Star Ocean, Valkiria Profile y la experimental Radiata Stories), que en contra de lo que acostumbran, en esta ocasión han optado por lo seguro. Así, Infinite Undiscovery cuenta con un aspecto tan a lo Final Fantasy que podría pasar por un título más de la saga: desde la introducción, que plantea una vez más una descontextualizada apoteosis simbólica del enfrentamiento entre el Bien y el Mal, hasta la descripción de los personajes, estereotípicos y graciosillos, el músculo se encuentra una vez más en una compleja mitología, que describe los malévolos designios de The Order, una organización que ata la Luna con cadenas con objeto de hacerse con toda su energía para su beneficio. Especie de metáfora de la degradación medioambiental, constantemente la imagen inexplicable del satélite encadenado se nos mostrará en los primeros episodios de acción, para posteriormente resolver su significado, una vez hemos sido liberados de una insólita prisión en la que recalamos por error. Y es que nuestro indefenso protagonista, un músico sin demasiada suerte en la vida, es confundido nada menos que con el héroe de héroes, Lord Sigmund, el único capaz de liberar a la Luna de los ominosos planes de la orden, y capitán de unos renegados que se convertirán en nuestros nuevos compañeros.

Efectivamente, no hay mucho más, pero tampoco se hace necesario. La esquemática línea narrativa, alimentada con recursos visuales de impacto, sirve como excusa para un viaje que irá cambiando a nuestros personajes en sus 20 o 30 horas de duración en tiempo real. Se agradece asimismo cierta hibridación de géneros, entre el rol y la acción, que convierte Infinite Undiscovery en una aventura muy disfrutable si se desea avanzar y golpear, al mismo tiempo que asistir al desarrollo imparable de una bella historia. No obstante, cabría destacar lo reiterativo de ciertas escenas de acción, en especial la parte transcurrida en la oscuridad del bosque, una especie de gran broma diegética que nos obliga a ir de farola en farola eliminando enemigos ad aeternum. Un recurso que sin embargo no sorprenderá a ningún espectador de los actuales cines de acción, tan acostumbrados a estructurar las persecuciones para convertirlas en unidades escrupulosamente independientes de la trama.

Con Infinite Undiscovery nos reencontramos con la fascinación por el viaje en sí y por la lucha inocente, sin recovecos, propia de los héroes clásicos. Y si la arquitectura de los versos de Homero es digna de ceñudas reflexiones, el espectacular acabado gráfico de este juego es deudo, como mínimo, del mayor de los aplausos.

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