Peces de Ciudad

FraNCISCO g. lUQUE rAMÍREZ

Cemento y adrenalina

El Cable Francés fue en los veranos de nuestra infancia el parque de atracciones de El Zapillo

Muchos decían que hubo varias personas que se lanzaron para darse un chapuzón desde la grúa, nombre con el que se conocía entre la chavalería del barrio a la parte más alta y más peligrosa del Cable Francés, ubicada en el tramo final de su muelle principal, aunque debo reconocer que todavía no he conocido a nadie que fuese testigo directo de esos épicos saltos, desde una altura aproximada de un séptimo piso, que inspiraron decenas de historias y leyendas que, sobre todo durante los 90, recorrieron cada calle de El Zapillo. Desde la grúa, durante décadas, se cargó el mineral de hierro procedente de las Minas de Alquife en los barcos, pero cuando dejó de estar operativo, todo el complejo del cargadero construido en 1920 pasó a formar parte de los planes, sobre todo los que eran todo un homenaje a la inconsciencia, de una juventud que todavía no perdía su tiempo en videoconsolas, móviles o en hacer maratones vespertinas de series online. El Cable Francés fue, sobre todo en verano, el parque de atracciones de El Zapillo, una alternativa más refrescante, de junio a agosto, a las aventurillas por la Vega de Acá y a los partidos de fútbol en las entonces llenísimas pistas que construyeron a la sombra del Auditorio, esas en las que muchos nos dejamos las rodillas y vivimos anécdotas que en un futuro quedarán sepultadas para siempre por el Parque de las Familias. Pese a los carteles que alertaban del peligro de entrar en aquel muelle ya abandonado, de vez en cuando saltábamos la valla o íbamos nadando y escalábamos por las vigas. Había tres alturas para tirarse: la grúa, el cajón y el cemento. Yo solo llegué a lanzarme desde la tercera, que era la más asequible para los que siempre fuimos amigos del vértigo, pero suficiente para sentir ese cosquilleo en la barriga, el subidón de adrenalina de saltar al vacío sin saber lo que habría bajo el agua y de hacerlo desde un sitio prohibido que de críos conquistamos para nuestro uso y disfrute. Hace poco el cemento empezó a desmoronarse, llevándose al fondo del mar recuerdos veraniegos de una preciosa infancia callejera y salvaje.

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