Con un par

txabi ferrero

Lucidos y lúcidos a tiempo parcial

¿para qué vale la ortografía? Pues tiene mucho valor, que no precio, como no pocos confunden. Sirve para usar de forma correcta las letras y los signos gráficos a la hora de escribir palabras. Ni más, ni mucho menos. Y es muy útil para diferenciar, por ejemplo, entre lúcido y lucido. Estos adjetivos parecen iguales si no fuera porque esa tilde nos recuerda que no lo son y dicta que su significado es diferente. La Real Academia Española define al primero como aquel que "es claro en su pensamiento y expresiones". Y por lucido entiende lo que es "destacado o brillante", entre otras acepciones. El Almería tuvo en El Sadar mucho de ambas cosas, hasta el descanso. Se lució, estuvo lucido y tuvo lucidez. Fue un equipo vivo y despierto, espabilado y lógico. Y su estilo fue claro, sin florituras. La defensa defendió; la medular creó y destruyó a partes iguales y la delantera definió en su única llegada. Además, el portero paró lo fácil y difícil. Pero la cosa cambió, y mucho, tras la reanudación. La zaga defendió más, pero no mejor. La media tocó poco y contuvo menos y arriba se pasó de puntillas por el área navarra. Y el portero deslució su actuación con un error grosero. El mismo que sostuvo en pie al equipo fue quien provocó su caída. Paradojas del destino y del fútbol, deporte cruel e ingrato como pocos. Pero es lo que tiene la portería, un oficio de héroes y villanos, de salvadores y Judas. Ya se sabe que los cancerberos lloran y ríen por todos y todos lloran y también ríen por sus porteros. Restaba tiempo, no demasiado, pero a los de Ramis les dio por falsearse como esos equipos que para intentar triunfar se creen mejor que los mejores. Los lúcidos y lucidos enseñaron después otra cara, menos bonita y lustrosa, y parecieron cortos y obtusos, brutos y patosos. Su error fue ineficaz como su pólvora. Lo último, sea bueno o malo, no siempre es lo definitivo en el fútbol.

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