VIAJE EN GLOBO

A merced del viento

  • La empresa Gloobo realiza todos los fines de semana del año vuelos sobre el Aljarafe sevillano y Doñana. Sus globos de pasajeros son los más grandes de Andalucía

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Una manzana despertó la mente de Newton y una pompa de jabón sobre una vela la de Bartolomeu de Gusmao. “Un instrumento para andar en el aire”, así describió este jesuita brasileño su particular artilugio que presentó ante la corte del rey Juan V de Portugal. Éste es el origen, no aceptado por todos los historiadores, de una afición que despierta pasiones en personas como Francisco del Castillo, Juan María Copete y José Alfonso Fernández, los tres socios de la empresa Gloobo, con sede en Sevilla. Afortunadamente para ellos, los tiempos han cambiado y no serán quemados por la Santa Inquisición, tal como le ocurrió a Bartolomeu de Gusmao, acusado de hechicería.

Son las seis y media de la mañana, aún no ha amanecido, pero los miembros de Gloobo ya se dirigen a la venta Pazos, en la salida de Sanlúcar la Mayor-Benacazón de la autovía de Huelva, donde esperarán a los diez nuevos viajeros que les acompañarán ese domingo.

Comienza la excursión aérea. Juanma, José Alfonso y Francisco, al que llaman Curro, llevan diez años trabajando con globos aerostáticos y dos al frente de su propia empresa. Esta iniciativa permite a los aventureros descubrir la naturaleza desde otro punto de vista y flotar sobre enclaves andaluces como el corredor verde de Guadiamar, el Aljarafe sevillano, los pinares de Aznalcázar, Chucena y el coto de Doñana. Todo depende del capricho del viento.

El rocío de la mañana acompaña a José Alfonso y Curro que, actuando como los hermanos Montgolfier, impulsores de las primeras ascensiones universalmente admitidas, preparan la vela de 210.000 pies cúbicos, la barquilla y los quemadores cuádruples, para después, con la ayuda de los pasajeros, iniciar la maniobra de hinchado que dura unos 30 minutos. Se trata de uno de los globos de pasajeros más grande de Andalucía. Luego, Curro, el piloto, enciende los quemadores y el globo se pone de pie ante la atenta mirada de los pasajeros. El reloj marca las ocho y media de la mañana y los aventureros se suben a bordo de la aeronave dispuestos a emprender la misma aventura que realizaron en el palacio de Versalles ante Luis XVI una cabra, una gallina y un ganso, los primero seres vivos que volaron en globo.

Durante el ascenso, el rostro de los pasajeros lo dice todo. Como niños ante un regalo nuevo, observan cómo sus pies se separan del suelo suavemente y desaparece la sensación de vértigo. Mientras, Curro maneja los quemadores hasta el punto de subir un metro por segundo. Los enormes árboles se convierten en pequeños arbustos y los coches en botones de colores. Los tópicos de tranquilidad y sensación de paz en el aire son ciertos. Nadie habla, sólo el ruido de los quemadores enturbian dicha calma. De repente, un móvil suena. “Ni volando me dejan tranquilo, pues que suene, no lo cojo”, anuncia el piloto sin dejar de mirar las explanadas del corredor verde de Guadiamar.

El viento obliga a cambiar de planes, y tras llegar a los casi 400 metros de altura, Curro desciende. “Arriba hace mucho viento y es más difícil controlar el globo. He notado un par de ráfagas fuertes”, comenta. Del mismo modo, el rumbo cambia. En vez de ir hacia el norte, el globo se dirige al oeste, hacia Castilleja del Campo y Manzanilla. “¿Entonces, no vamos a ver el coto de Doñana?”, pregunta triste una de las pasajeras. Los pilotos de globos no pueden controlar la dirección, sólo la altura. No hay timón. Están a merced del viento. Sólo los globos aerostáticos de las compañías de trabajos aéreos autorizadas por la Dirección General de Aviación Civil pueden operar. El control es absoluto.

Desde el cielo, los campos en barbecho y la antigua carretera que une Sevilla y Huelva forman una misma estampa, a la vez que el mítico toro de Osborne aparece tras una colina dando la bienvenida. El viento adquiere cada vez más fuerza y el globo se desplaza a unos 30 kilómetros por hora. Las previsiones meteorológicas reducen el viaje y, tras unos 50 minutos de vuelo, la barquilla se aproxima a tierra suavemente. Curro, siempre en contacto con el equipo de rescate a través de un walkie y un GPS, le indica a José Alfonso su posición. El globo ha caído en medio de una zona cultivada. “¿Y si viene el agricultor? ¿Corremos?”, pregunta preocupada Chari, una de las pasajeras. “Nunca hemos tenido problemas, de hecho a la gente le gusta que un globo caiga en su finca, se lo toma con humor”, explica José Alfonso en el Land Rover que lleva parte de los pasajeros de vuelta a Sanlúcar la Mayor.

A los tres socios aún les queda cuerda para rato. Ilusiones no les faltan. Han conseguido convertir un hobby en su profesión. Gloobo también hace salidas especiales a Ronda, Granada, Arcos de la Frontera, Córdoba, Antequera y Guadix. “José Alfonso y yo somos peritos industriales, pero preferimos esto a las prácticas de Orgánica Industrial”, comenta risueño Juan María Copete, que espera en la venta Pazos con un buen desayuno. Pero aquí no termina la aventura, queda el remate final: el bautismo del aire. Uno a uno, los pasajeros van pasando junto al piloto quien los bautiza con cava bien frío y les otorga un nombre aeronáutico que deben recordar siempre. Y así, con una copa de cava en una mano y un mollete de jamón en la otra, acaba la experiencia aérea que comenzó gracias a una pompa de jabón.

Más información en www.gloobo.es y en el teléfono 955 110 955. Reserva de vuelo en Sevilla Guía, teléfono 954 475 605. Precio para adultos y niños mayores de 13 años, 150 euros. Niños entre 10 y 12 años, 130 euros.

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