Liga Europa: sevilla - oporto · la crónica

En semifinales, en su hábitat natural (4-1)

  • El Sevilla vive una noche mágica frente al histórico Oporto y está en el cuarteto decisivo de un torneo por novena vez en el siglo. El equipazo de Emery ya ganaba 3-0 a la media hora. Sólo Coke pudo aguar la fiesta.

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Momento histórico para el Sevilla, otro más en este venturoso siglo XXI para la entidad nervionense. El conjunto ahora entrenado por Unai Emery se volvió a meter en unas semifinales de un torneo por eliminatorias, la novena en este milenio si a las tres de la Liga Europa, o Copa de la UEFA si se prefiere, se le suman las seis de la Copa del Rey. Está claro, pues, que estar entre los cuatro mejores de este tipo de competiciones ya se ha convertido en el hábitat natural de los sevillistas y este jueves no iba a ser una excepción. Nervión gozó de una fiesta por todo lo alto, con un rival enfrente de los históricos en Europa que fue barrido por la tropa que vestía de blanco por la sencilla razón de que su calidad futbolística es superior a día de hoy, ni más ni menos.

Nada de pensamientos oníricos, lo vivido en Nervión se alejó de los sueños para convertirse en una rotunda realidad desde el primer minuto hasta el noventa y cuatro, que fue cuando el italiano Rocchi consideró que debía ponerle el punto final a aquello. Y eso en lo referente al juego en sí, porque también la atmósfera que los sevillistas disfrutaron en el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán era muy auténtica, tanto que se acercó a los mejores momentos, aquellos en los que, a partir de cierto Sevilla-Schalke, la comunión entre la grada y el equipo hacía que cualquier rival que estuviera en la otra esquina tuviera que doblar las piernas antes el aluvión de fútbol que se le venía encima.

Se volvieron a dar todos los elementos necesarios para que la fiesta se convirtiera en un éxtasis absoluto. Para empezar, Emery tiene a su disposición un grupo de futbolistas de un nivel elevado, tanto que son capaces de pasarle por encima al Oporto de Mangala, Alex Sandro, Quaresma, Defour y compañía. Para continuar, el técnico vasco fue capaz de acertar con un planteamiento perfecto de sus piezas, con una pareja en el medio integrada por Carriço y M'Bia que igual era capaz de robarle el balón al enemigo que proyectaba el fútbol para que los hombres de arriba se encargaran de aprovechar su tremenda calidad en las situaciones de gol. Para seguir con más detalles, el trabajo de mentalización fue tan acertado que antes del minuto 4 ya había tenido Bacca la primera oportunidad clarísima de gol con un tiro cruzado que sacó milagrosamente Fabiano y sólo segundos después llegaría el penalti que encarrilaría definitivamente esta noche mágica para el sevillismo.

Y para acabar, por no eternizarse en los argumentos, porque los futbolistas que defienden esa camiseta blanca del Sevilla sí son capaces de responder a la exigencia de los suyos de que se vacíen en el campo. Ellos, los aficionados, lo llaman gráficamente en sus cánticos y sus bufandas échale huevos, y los futbolistas respondieron de forma colectiva incluso cuando la niñería de Coke los dejó en inferioridad numérica con bastante camino por recorrer todavía por mucho que el marcador ya registrara entonces un rotundo tres a cero. El Sevilla no se amilanó entonces, apretó los dientes y hasta se permitió el lujo de celebrar con la grada otro gol para que la situación fuera más orgásmica si cabe.

Eso fue todo lo que tuvo que ver con las sensaciones, que fueron muchas y variadas, la mayoría felices para quienes sienten la fe balompédica radicada en el barrio de Nervión. Pero el guiso, como bien pregonaba Emery en las vísperas, también requería de unos atributos futbolísticos que el Sevilla supo añadirle en las dosis adecuadas para que aquello llegara a saber a gloria. El hombre que elige a los futbolistas acertó de nuevo, como casi siempre que coloca en el medio a dos peones capaces de restar y también de sumar, por supuesto que sí, pero sobre todo que guardan la posición al resto de las piezas de ataque.

Emery apostó por Carriço como pareja de M'Bia y desde ahí comenzaría a fraguarse todo, pues el equipo tenía unos cimientos más que sólidos. Después sería fundamental la presión a los laterales para robarles la pelota antes de que pasaran del centro del campo. Aspectos básicos para un edificio que tiene la belleza garantizada con las cualidades futbolísticas de Rakitic, Bacca, Vitolo y Reyes, los cuatro hombres que se encargan de destrozar a los rivales y que sólo necesitan la ayuda en las tareas más ingratas. Salvo Reyes, que también aportó fútbol, ellos, unidos a Gameiro, que saldría después, se encargarían de sumar los goles necesarios para que la fiesta fuera permanente.

Porque el primer gol iba a llegar muy pronto para que el sevillismo entendiera que la noche estaba preparada para ese gozo. Apenas cuatro minutos y Danilo ya demuestra su candidez cuando derriba a Bacca dentro del área en una pelota dividida que alcanza el colombiano primero. Rakitic, esta vez sí, transforma un penalti de consecuencias incalculables y el Sevilla ya está ganando casi desde el mismo vestuario, lo que indica que a partir de ahí la eliminatoria está casi como si todo empezara. Claro que la diferencia es que hay muchas gargantas apretando a favor de los blancos.

Aquello ya se iba a convertir en un verdadero huracán por parte de los anfitriones. Coke puede hacer el dos a cero rápido, Fabiano se luce ante Reyes hasta que Vitolo volvía a aprovechar la fragilidad defensiva del Oporto para definir como lo hacen los grandes delanteros, con un toque preciso a la red. Después sería Bacca quien se encargaría de poner el tres a cero antes de la media hora. La fiesta estaba justificada y sólo era cuestión de no estropearla, algo que pudo hacer Coke con su inocente expulsión. Pero este Sevilla no sólo sabe gozar, también ha aprendido a sufrir y ni siquiera padeció más allá de la inquietud antes de que Gameiro provocara la locura. El sevillismo festeja otras semifinales, las novenas en este siglo, y se siente en su hábitat natural. A disfrutar, que todo es tan real como la vida misma.

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