Críticas a la ONU tras el fracaso en la cumbre de Copenhague

  • El descafeinado acuerdo con el que se cerró la reunión sobre el clima reabre el debate sobre el papel del organismo y su efectividad.

Robert Orr trabaja ya desde hace cinco años en Naciones Unidas y es ahora unos de los principales consejeros del secretario general del organismo, Ban Ki-moon. El diplomático, sin embargo, asegura no haber vivido un caos negociador como el que se dio la noche del viernes en el cierre de la cumbre del clima en Copenhague.

"Fue un drama extremo", señaló el estadounidense con una voz desgastada tras la intensa noche de negociaciones. El final es conocido: la comunidad internacional no logró más que un acuerdo de mínimos, cuyo mensaje central podría reducirse en dos palabras: "Seguimos negociando". Y eso sin plazos previstos y después de 14 años de negociación previa.

Para los defensores del medio ambiente se trata de un crimen contra la humanidad y el planeta. Pero la crítica no disparó sólo contra los jefes de Estado y de gobierno de los 193 países que participaron en el encuentro: también alcanzó a la ONU. El director de la delegación parlamentaria de la Unión Europea (UE), Jo Leinen, habló así de métodos "en extremo insatisfactorios e ineficaces". "Hay que reformar con urgencia la toma de decisiones de Naciones Unidas", reclamó.

No es la primera vez que la ONU queda en entredicho. Poco antes de la invasión a Iraq, el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, advirtió a la organización del riesgo de caer en la insignificancia debido a su negativa a apoyar la misión. La descafeinada figura de Ban tampoco ayuda a rescatar la imagen del organismo. Y el Consejo de Seguridad, con el poder de veto exclusivo de Estados Unidos, Reino Unido, Francia, China y Rusia, ya se considera un gremio anacrónico.

La ONU cumplió, al menos, con su papel de club de debate a gran escala. Más de 10.000 delegados convirtieron la capital danesa en escenario de la mayor conferencia internacional de todos los tiempos. El plan estipulaba que expertos y funcionarios comenzaran la negociación, a la que luego se sumarían ministros de Medio Ambiente. Finalmente, jefes de Estado y de gobierno llegarían para cerrar las últimas cuestiones pendientes.

Pero el ansiado tratado sobre el clima nunca llegó. Desde el mismo comienzo de la conferencia, Sudán, en su papel de portavoz de los países en vías de desarrollo, aprovechó cualquier oportunidad para objetar el procedimiento de negociación. Ricos y pobres no dejaron de echarse la culpa mutuamente de la falta de avances.

Los europeos, el único bloque que ya cuenta con leyes climáticas vinculantes, no pudieron ofrecer nada para desatascar el nudo de dinero, orgullo nacional y crecimiento económico en que se trabaron Estados Unidos y China. Los 27 sólo pudieron enviar dos representantes institucionales cuando el presidente estadounidense, Barack Obama, negociaba esta mañana en un círculo reducido el mini acuerdo. Afuera quedaron pesos pesados del bloque como la canciller alemana, Angela Merkel, o el presidente francés, Nicolas Sarkozy.

En su lugar, Obama se concentró en los emergentes China, India y Sudáfrica. Fue su acuerdo el que horas más tarde se abrió paso en el plenario, en un símbolo de un nuevo equilibrio de poder global alejado del reparto bipolar e ideológico de la Guerra Fría y más cerca de los grupos modernos tipo G8 o G20, en los que priman los intereses financieros o estratégicos.

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