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Economía circular en la agricultura: ¿utopía o realidad?

  • La producción hortofrutícola juega un papel clave en la nueva bioeconomía: la eficiencia en el uso de fertilizantes, enmiendas orgánicas, el agua y la energía; el uso del control biológico contra las plagas; y la agricultura de precisión son claros ejemplos a favor; la mala gestión del plástico y los restos vegetales, en contra

El invernadero es ejemplo de economía circular, pero aún le quedan retos por resolver. El invernadero es ejemplo de economía circular, pero aún le quedan retos por resolver.

El invernadero es ejemplo de economía circular, pero aún le quedan retos por resolver. / Rafael González

La Unión Europea apuesta por una bioeconomía sostenible, la cual se podría definir como el conjunto de actividades económicas encaminadas a obtener productos y servicios que generen valor económico, utilizando como materia prima recursos de origen biológico y que resulten ser una alternativa viable. De esta manera se podrían encaminar las actuales economías en una dirección que permita una mayor sostenibilidad en el uso de los recursos naturales, tanto de la agricultura como de la industria y el crecimiento económico. El caso de la agricultura intensiva almeriense es un ejemplo de producción sostenible, donde se hace un uso eficiente de los recursos y existe un menor impacto en términos de huella ecológica.

Así desgrana su punto de vista sobre la economía circular Alicia González Céspedes, investigadora de la Estación Experimental Cajamar, en un artículo publicado recientemente en el portal corporativo de la cooperativa de crédito almeriense.

Los restos vegetales que genera la provincia, más de un millón de toneladas al año, siguen siendo un quebradero de cabeza. Los restos vegetales que genera la provincia, más de un millón de toneladas al año, siguen siendo un quebradero de cabeza.

Los restos vegetales que genera la provincia, más de un millón de toneladas al año, siguen siendo un quebradero de cabeza. / Javier Alonso

A juicio de González Céspedes, la producción hortofrutícola española es un sector clave de la nueva bioeconomía, y debe mantenerse sostenible económica, social y ambientalmente. “El rápido desarrollo de nuevas variedades es hoy habitual en este sector, y la eficiencia en el uso de fertilizantes y enmiendas orgánicas, el agua y la energía, los sistemas integrados de control de plagas, las enfermedades y las malas hierbas, así como la agricultura de precisión, son imprescindibles. Los nuevos biofertilizantes y fitosanitarios permiten a los cultivos adaptarse a las nuevas condiciones agroecológicas, resistir a estreses bióticos y abióticos, o incorporar nuevas funcionalidades. Sin duda, la reutilización de los propios residuos y subproductos de su entorno para la obtención de productos fertilizantes de valor añadido adecuados a los cultivos hortofrutícolas supondrá una mejora en la eficiencia y sostenibilidad de estas actividades”, desgrana.

Destaca la investigadora que el sector de las frutas y hortalizas supone la mitad del valor la producción agraria andaluza. La mayor parte de ese valor se debe a la horticultura intensiva, un sector dinámico donde gran porcentaje de las producciones se destinan a la exportación. En la campaña 2017-2018 la producción de hortalizas en Almería se cifró en 3.256.594 toneladas, donde el 80% se destinó a la exportación por valor de más de 2.400 millones de euros (según el Informe de Campaña 2017-2018 de Cajamar).

Los nuevos biofertilizantes y fitosanitarios permiten a los cultivos adaptarse a las nuevas condiciones agroecológicas

Para ella, uno de los problemas que tiene la agricultura intensiva es el volumen de residuos vegetales que genera. Además, “el calendario para la generación de estos residuos está ligado a los ciclos de producción de los diferentes cultivos. Y de igual forma, a lo largo de todo el año, en los invernaderos se generan residuos vegetales que están formados por destallados, deshojados y frutos no comerciales”, apunta.

Alicia González Céspedes, investigadora de la Estación Experimental Cajamar. Alicia González Céspedes, investigadora de la Estación Experimental Cajamar.

Alicia González Céspedes, investigadora de la Estación Experimental Cajamar. / Javier Alonso

Y se pregunta: ¿sería posible utilizar estos subproductos agrícolas para elaborar productos de valor, tales como biofertilizantes, que pudiéramos utilizarlos en la producción agrícola? Con los subproductos agrícolas y ganaderos, y mediante los diferentes procesos de tratamiento de residuos agroindustriales, se pueden transformar en bioproductos que puedan reutilizarse en explotaciones hortofrutícolas, asegura.

Uno de los problemas que tiene la agricultura intensiva, aún sin resolver, es el volumen de residuos vegetales que genera

Este es un concepto análogo al modelo de biorrefinería, continúa diciendo. “De esta manera se avanzaría en un modelo sostenible de producción hortofrutícola alineado con las tendencias de economía circular y eficiencia en el uso de los recursos. Se puede generar bioenergía (calor, electricidad, biocombustibles) que puede utilizarse también en la misma explotación agrícola. Pero también se pueden obtener bioproductos con propiedades nutricionales que mediante procesos de revalorización se transformen en biofertilizantes ricos en aminoácidos y hormonas vegetales de base microalgal. Estos biofertilizantes de base microalgal además tienen propiedades bioestimulantes, los cuales permiten reducir las cantidades de fertilizantes minerales requeridos para la producción. Por lo tanto, se deberían tratar los residuos agroindustriales como materia prima para poderlos transformar en bioproductos que se puedan reutilizar en explotaciones hortofrutícolas”.

En el modelo actual, los nutrientes para fertirrigación proceden de fertilizantes minerales de fuentes fósiles, los cuales incrementan la huella de carbono de los productos hortofrutícolas y reducen su aceptación por parte de los consumidores, matiza.

Con los restos vegetales procedentes del agro, se realiza una enmienda orgánica para aplicarla en los suelos agrícolas

También se pregunta si es posible una economía circular en agricultura. A su juicio, actualmente, con los restos vegetales procedentes de la actividad agraria, se realiza una enmienda orgánica para aplicarla en los suelos agrícolas. “Pero podemos mejorar esta enmienda con una mezcla apropiada de diferentes restos vegetales que mejoren las propiedades nutricionales, e incluso que le confieran propiedades biocidas (es lo que denomina ‘compost funcional’). De esta manera, utilizando mezclas de restos vegetales de la actividad en horticultura intensiva, junto con sus frutos no comercializables o restos de industrias agroalimentarias (zumos, conserveras, etc.), y añadiendo una fuente de carbono como poda de frutales (vid, aguacate, etc.), se obtendría una enmienda orgánica más funcional, mejorando las propiedades del suelo agrícola a nivel físico, químico y biológico. Esta última muy importante para tener un suelo sano con efectos positivos sobre la producción de los cultivos”, señala.

También se cuestiona si son suficientes estos bioproductos nutricionales aplicados en los cultivos en invernadero para mantener los actuales rendimientos. En este sentido, habla de investigaciones que se han llevado a cabo. En pruebas realizadas en el desarrollo del proyecto bioREFINA (ITC: 20161161), en un cultivo de pepino tipo Almería, en ciclo de invierno (noviembre a marzo), los rendimientos fueron similares en las plantas con fertilización química convencional con respecto a la aplicación de compost funcional y biofertilizantes de origen microalgal como fuente única de nutrientes en las plantas. Se aprecia una mejora en la producción precoz y adelanto de la entrada en producción debido al componente bioestimulante del biofertilizante microalgal. Por lo que estos resultados nos demostraron que es posible mantener los actuales rendimientos productivos en los cultivos, al menos en pepino en invernadero, sin la aplicación de ninguna otra fuente nutricional.

“Debemos seguir avanzando es este sentido, buscando nuevas fuentes nutricionales de origen natural y producidas de modo más sostenible. Además debemos hacer un uso más eficiente del agua de riego y el control biológico de plagas y enfermedades, y contribuir así a una agricultura más sostenible en todas sus vertientes. También debemos avanzar en el estudio de nuevos biomateriales, tales como los bioplásticos, para reducir el uso de plásticos de origen fósil. Un buen comienzo serían los que se utilizan en la industria agroalimentaria, y los plásticos de menor densidad que se emplean en agricultura, por ejemplo los acolchados”, apostilla.

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