VI Premio Manuel Clavero | Manuel Olivencia

Vencejos y tañidos en la hora de la verdad

  • Sonaron las campanas de la Giralda cuando emergió con fuerza la colosal figura del padre.

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El Derecho nunca es una rémora, los vencejos nunca molestan. El Derecho debe estar unido a la eficacia, el piar de las aves es la música de los actos más solemnes de la ciudad, la banda sonora del pueblo que aún guarda silencio en los momentos donde se hacen las cosas de verdad: la entrada del Gran Poder, una faena en el albero dorado de la plaza de Sevilla, un funeral en la Caridad, un discurso de mano baja donde se alude a las espinas más hirientes de la vida. Ocurrió en varios momentos de una noche hermosa en el Patio de la Montería. Hablaba sin rodeos el alcalde del Olivencia comisario de la Expo, ese cargo que don Manuel dejó sólo siete meses antes de la inauguración de la Muestra, y los vencejos dibujaban vueltas al imposible ruedo cuadrado del Alcázar mientras Espadas rompía el hielo de una cuestión tantos años tabú en la Sevilla contemporánea. Después fue el propio Olivencia quien agradeció al alcalde el reconocimiento oficial a sus siete años de trabajo para levantar la actual Isla de la Cartuja, para que pasara de páramo a parque científico. La noche estaba marcada por la autenticidad de dos personas: Clavero, de 91 años, y Olivencia, de 87. Los vencejos se marcharon a sus escondrijos a la espera de la amanecida. La Giralda se sumó entonces a la velada. Ocurrió cuando Olivencia se acordó de sus hijos fallecidos. Uno a los tres años. Otro a los 53. El campanario del alminar quiso ponerle música al discurso de la verdad con los tañidos de la once. "Parece que tocan a duelo", exclamó el propio Olivencia para dejar sepultada la respiración de los presentes por unos instantes: "De la muerte de Luis no nos hemos recuperado". Ahí no había altos comisionados, ni exposiciones universales, ni pasiones por el Derecho, ni leyes que llevan su nombre, ni las evocaciones en blanco y negro del patio de la vieja Facultad de Laraña, ni el relato de mil y una anécdotas que trufan vidas largas y provechosas. Ahí estaba el padre erguido y los invitados con los corazones en un puño. Ahí estaba el ser humano que elige cómo, cuándo y dónde necesita y quiere honrar a sus difuntos. Los vencejos se habían marchado. En el recuerdo expreso a los dos hijos estaba la verdad más incontestable de la noche, estaba la importancia suprema que el homenajeado estaba dando al galardón. Sonaron las campanas con cadencia nocturna. Primer tañido, segundo, tercero... Sonaron, más bien cayeron como losas, justo cuando don Manuel mentó a sus descendientes. Ya no era momento de exaltar trayectorias académicas, ni premios anteriores, ni marcas personales. El abogado artesano, el creador de escuela, el maestro, el catedrático más joven, el capitán del buque... Todo había quedado orillado para aparecer el padre como un coloso. Era el momento de honrar a los ausentes. A su gente. El Derecho nunca es una rémora, los vencejos nunca molestan, la música de las campanas siempre va ligada a los hitos importantes de la ciudad: las bodas reales, la llegada de un nuevo arzobispo, la entrada de un cardenal procedente de Roma, un funeral de Estado o el testimonio más hondo y personal de un vecino ilustre que creyó en una causa, de un catedrático que empeñó siete años de su vida en sacar adelante un proyecto para servir a la Corona, cuando lo fácil era haberse dejado arrastrar por la marea indolente de una ciudad que prefiere estar atracada en la historia brillante que simboliza su Puerto, antes que surcar nuevos mares a la búsqueda de mejores retos. Olivencia, el señor de los inviernos de abrigo azul y de los veranos en la serranía de Ronda, desafió el carácter conformista de la ciudad. Las campanas lloraron con su testimonio. Los vencejos se alegraron con su premio.

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