28-F: Política

La clase política: de sueño a medio de vida

  • Aquellos diputados y gobernantes de 1982 habían acudido a la política por ideología o por vocación. El sistema de partidos es oligárquico, premia a los sumisos y castiga al disidente. La clase reinante está dominada por gentes que han hecho de la política una profesión.

El primer Parlamento de la historia de Andalucía, constituido en el Alcázar de Sevilla en junio de 1982, era una cámara legislativa joven. Por primeriza y por edad. El Parlamento no fue refundado, sino creado de la nada. Nunca lo había tenido Andalucía, de modo que sus 109 miembros tuvieron que improvisar. Aprendieron practicando. Sobre la marcha. También era juvenil en su composición: 41 de sus miembros eran menores de 35 años cuando fueron elegidos representantes del pueblo andaluz. Casi la mitad tenían otros cargos públicos, sobre todo alcaldías.

Aquellos diputados andaluces compartían una seña de identidad: habían acudido a la política por ideología y vocación pública. Los habría arribistas y oportunistas, pero no está lejos de la realidad afirmar que ninguno concebía entonces su militancia como una forma de vida. Cuando los incluyeron en las listas electorales no sabían ni cuánto iban a ganar como parlamentarios. Eso no importaba. El Parlamento se constituyó con sillas prestadas por la Diputación de Córdoba y, cuando echó a andar, no tenía ni sede, ni letrados ni administrativos. Según Rafael Rodríguez, que ha estudiado el tema, no había ni quien escribiera a máquina.

Pero es que en el Gobierno pasaba tres cuartos de lo mismo. Los dos presidentes preautonómicos, Plácido Fernández-Viagas y Rafael Escuredo (éste fue también el primero electo con la autonomía plena, precisamente por este Parlamento de 1982) tuvieron que poner en marcha sus equipos a trancas y barrancas, con personal de confianza y funcionarios cazados por lealtad a ellos y poseídos del mismo afán de servicio, ambición utópica y desinterés material que los diputados elegidos en mayo.

Hoy la situación ha cambiado, y quizás no podía ser de otro modo. La instalación de una Administración autonómica compleja, con muchos recursos materiales y humanos; la larga hegemonía de un mismo partido al frente de la Junta de Andalucía y del Parlamento, y la propia evolución de la vida política democrática han generado una clase reinante diferente. La política se ha profesionalizado y ha dejado de atraer a muchos hombres y mujeres preparados y soñadores.  Se ha empobrecido.

No porque los actuales dirigentes sean peores ni mejores que aquellos padres fundadores de la autonomía. El proceso se ha producido por causas objetivas. El sistema de partidos que se ha construido es netamente oligárquico, con unas cúpulas que controlan toda la vida orgánica y sin libertad interna real para los militantes de base, urgidos a aplicar las decisiones de otros y a obedecer sin rechistar si quieren hacer carrera y ascender en la organización. El sistema electoral, a base de listas cerradas y bloqueadas, tampoco ayuda a la transparencia ni a que la relación de los administradores con los administrados sea directa y viva.

¿Cómo se selecciona y recluta la clase política que ejerce el poder o la oposición y copa los cargos públicos? Básicamente mediante un mecanismo de cooptación que permite a los aparatos partidarios premiar a los sumisos y castigar a aquellos que se atreven a tener opinión propia y manifestarla. No existe democracia interna en la práctica, puesto que las actitudes disidentes y que no se pliegan a la ortodoxia dominante en cada momento no tienen posibilidades de salir adelante, salvo en congresos extraordinarios y traumáticos, normalmente provocados por algún fracaso electoral.

El resultado final de este conjunto de factores lleva a un empobrecimiento general de la política. Los individuos que podrían mejorarla cualitativamente difícilmente se arriesgan a adentrarse en una actividad mal pagada y peor vista por la sociedad, prefiriendo dedicarse a sus tarea profesionales en distintos ámbitos. No les merece la pena hacer un paréntesis en su profesión –muchas veces peligroso para el futuro– para gastar energías en una parcela, la política, en la que se requieren muchas horas y muchos esfuerzos y en la que, además, la competencia no se suele fundamentar en términos de talento y mérito. Hace falta mucha vocación y/o mucha ambición para dedicarse por entero a la vida orgánica de un partido.

En consecuencia, el campo queda expedito para la incursión de los políticos profesionales. No es tanto un problema de preparación (comparar los 109 diputados de 1982 con los 109 de 2010 puede ser ilustrativo) como de trayectoria vital y actitud. A la política actual siguen llegando personas con estudios superiores, especialmente enseñantes y abogados, pero cada vez son más numerosos los que no ven la política como un instrumento para mejorar la sociedad según un planteamiento ideológico determinado, sino como un medio de vida y un trampolín para prosperar.

Es por eso por lo que casi nadie se autoimpone una limitación temporal para su actividad pública, y menos para su permanencia en un cargo. Hay quien ni siquiera puede prometer que tras su paso por la política volverá a ejercer su profesión porque, sencillamente, carece de ella. No son pocos los que empiezan a hacer sus pinitos militantes desde la juventud. Pronto abandonan los estudios o los aparcan hasta un futuro que nunca llega, porque los requerimientos de la acción política son muy absorbentes y porque los sucesivos ascensos orgánicos o institucionales terminan de convencerles de que eso es lo suyo.

Son gentes que terminan acaparando los puestos de responsabilidad más elevada sin haber pasado por vivencias que constituyen la rutina de la inmensa mayoría de sus coetáneos. Nunca han tenido un trabajo precario, nunca se han sometido a horarios estrictos –lo cual no quiere decir que empleen pocas horas en la política–, no han creado una empresa ni han pasado los agobios de casi todo hijo de vecino. La lejanía de esta clase con respecto a la gente corriente se abisma más y más conforme pasan los años y el sistema se consolida.

Todo conspira en esa dirección. También la creciente politización de la sociedad civil y la proliferación de organismos, agencias y consejos que las instituciones crean a nivel local, provincial (sólo la Junta tiene más de cien delegados provinciales, con sus equipos y gabinetes), regional y nacional generan un enorme yacimiento de empleos llamados a ser ocupados por la nueva clase reinante. No hace falta siquiera que un partido llegue al poder para que sus militantes más disciplinados y obedientes tengan acceso a una red de cargos y representaciones que les hacen más agradecidos a los que mandan en sus respectivas formaciones. Piénsese en organismos tan escasamente justificables desde el punto de vista funcional como las diputaciones provinciales, donde es frecuente que encuentren acomodo los alcaldes que han sido derrotados en las urnas y aquellos servidores orgánicos que trabajan para su partido, pero cobran de la corporación pública.

Es difícil imaginar una solución para problemas que vienen de tan lejos y han enraizado con fuerza. La democratización de los partidos, la renovación de sus estructuras y organización, la limitación de los mandatos, alguna reforma electoral que corrija parcialmente el carácter cerrado y bloqueado de las listas de candidatos, la elección de ciertos cargos públicos tras su examen riguroso por comisiones parlamentarias... son medidas que no dependen sólo de su aprobación legal, sino que tienen que ver con la cultura política que se ha consolidado en la sociedad española. La política debe ser el destino temporal de los que quieren mejorar la vida de sus ciudadanos por vocación y ambición, nunca el refugio de los que no saben hacer otra cosa.

No digo yo que en 1982 todo fuera perfecto y lo de 2010 inaceptable. Es más, probablemente el deterioro de la vida política y de quienes se dedican a ella no es más que un reflejo de la propia evolución de la sociedad, ahora más satisfecha, banal y pragmática que la de entonces. Lo cual hace aún  más complicado arreglar lo que hay. Si encima no hay voluntad...

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