Parásitos | Crítica Olor de clase

Cuando la vimos por primera vez, alentados por la expectación levantada por su Palma de Oro en Cannes, Parásitos no nos pareció para tanto, aun reconociendo sus innegables méritos de puesta en escena, sus sorprendentes y calibrados hallazgos argumentales y de guion y su afilada metáfora social y política sobre la irreconciliable diferencia de clases.

Un segundo visionado aclara nuestras dudas y agranda y profundiza en los numerosos matices y detalles sutiles (otros no lo son tanto) de una película que escarba y escarba hacia abajo en esta eterna lucha entre nuevos ricos y viejos pobres en tiempos de capitalismo feroz, identidades (nacionales) confusas y una lucha por la supervivencia que se ha llevado por delante la batalla por el orgullo y la dignidad.

Planteada como una ingeniosa y paulatina invasión, como la infiltración astuta y picaresca de los miembros de una familia vulgar y autoconsciente en los intestinos del hogar de una paródica y aséptica familia adinerada, Parásitos despliega poco a poco su escalada sin retorno y su red metafórica que atrapa no sólo las miserias y mezquindades de la condición humana en todos sus estratos (no hay aquí buenos ni malos), sino también las deudas y el pasado reciente coreano y, si me apuran, de la propia relación de Bong Joon-ho con el cine y la cultura norteamericanos.

El parasitismo social del que habla esta película funciona siempre en vertical y no sólo de abajo a arriba, y confirma que la inteligencia o la astucia no tienen por qué implicar un triunfo moral en clave de justicia poética. Los parias seguirán siendo parias y olerán a conformismo y a derrota, a sótano húmedo sin ventilación y a jabón barato. Incluso aquellos que consigan usurpar el lugar de otros, acabarán encontrando a nuevos suplantadores dispuestos a pelear por sus miserables conquistas. Porque siempre hay una planta más abajo.

Joon-ho los hace moverse, fingir, esconderse y arrastrarse como cucarachas entre los majestuosos espacios abiertos y el hormigón sombrío de una casa de diseño que funciona como gran escenario social, como pantalla panorámica y platea para una función de engaños, crueldad, placeres fugaces y humor negro que se resuelve de la única manera posible. Parásitos es capaz de hablar de un presente sin soluciones a la vista con prodigiosa habilidad coreográfica, generosidad de matices y quiebros que se integran con naturalidad en su tono tragicómico a través de brillantes soluciones de puesta en escena y, cómo no, unas interpretaciones extraordinarias.