Las herederas | Crítica Vaciar la casa, vivir la vida

Resuena en Las Herederas, primer largo de Marcelo Martinessi, el eco de Grey gardens (1975), aquel estupendo documental de los hermanos Maysles que nos enseñó la decadencia de las Bouvier Beale, ilustres señoras (madre e hija) de la alta sociedad norteamericana venidas a menos que se lamían las heridas de su memoria (y de su incipiente locura) entre las paredes de su casa de campo comida por la hiedra.

En un barrio residencial de Asunción, Paraguay, Chela y Chiquita, extraña pareja permitida, viven los momentos duros de la venta de los objetos más preciados de la casa, el ocaso de un esplendor azotado por la crisis, la ruina inminente y el fin de una época. El principal mérito de Las herederas reside precisamente en haber sabido retratar con autenticidad y emoción creciente la singularidad de ese mundo en descomposición, con el tono y la distancia adecuadas, haciendo de la relación espacial entre la casa y sus habitantes, dos mujeres de mediana edad que han vivido en su particular burbuja acompañadas de su sirvienta, un tejido orgánico que se plasma en cada plano, en cada sonido, en cada gesto o mirada a ese espacio que va desapareciendo poco a poco.

Pero también encuentra vida, temblor y verdad Las herederas en esas salidas (forzosas) que ha de realizar nuestra protagonista, interpretada por una conmovedora Ana Brun: cuando va a la cárcel a visitar a su pareja ahora presa, cuando emprende la tarea de hacer de chófer de las señoronas bien de su barrio (con especial mención a la gran María Martins, una maravillosa roba escenas en toda regla) que se reúnen para jugar al mus y tomar el té, cuando conoce a una mujer más joven que será el catalizador definitivo para pensar en abandonar ese nido cada vez más vacío.

Con una delicadeza y una empatía justas, Las herederas sabe querer a sus personajes sin juzgarlos, entender las turbulencias de su nostalgia y su deseo sin hurgar demasiado en la psicología, comprender su sentido del orgullo y la dignidad, su aferrarse al recuerdo pero también su capacidad para atreverse a romper el cascarón y asomarse definitivamente al exterior.