Casa ajena | Estreno en Netflix Los fantasmas de la inmigración

Wunmi Mosaku y Sope Dirisu, protagonistas de 'Casa ajena'. Wunmi Mosaku y Sope Dirisu, protagonistas de 'Casa ajena'.

Wunmi Mosaku y Sope Dirisu, protagonistas de 'Casa ajena'.

Fruto de los tiempos algorítmicos, Casa ajena, desde ayer en Netflix, experimenta con el cruce y la mezcla de géneros aparentemente irreconciliables en una arriesgada apuesta que fusiona el realismo social británico, el drama de la inmigración africana y el cine de terror de casas encantadas y familia acosada en una fórmula que no siempre encuentra su estabilidad, su tono o su mejor camino.

A saber, la cinta nos presenta a una pareja africana (así seguimos, hablando de África como un todo) que consigue asilo en Inglaterra y es trasladada a una vivienda prefabricada en un barrio suburbial bajo la supervisión de los servicios sociales. Una vivienda que adquiere poco a poco un carácter vivo y orgánico en la materialización de las pesadillas y los fantasmas que persiguen a la pareja desde su huida como consecuencia de la guerra civil. Remi Weekes se recrea entonces en la reescritura de algunos lugares comunes del género, en los agujeros de la pared, los golpes y los sonidos extraños como puertas de acceso a lo siniestro, puertas que serán pronto franqueadas por los brujos y espíritus que, según las tradiciones tribales (y seguimos), persiguen la conciencia de nuestros refugiados.

El problema es que Casa ajena desvela tal vez demasiado pronto su mecanismo simbólico y metafórico, su juego fantasmal ancestral en tierra extraña (e igualmente hostil), la sublimación en imágenes de un duelo abierto que, además, nos conducirá de nuevo al origen, a la tragedia de la huida y la muerte en alta mar, como innecesario camino de explicación redundante de los acontecimientos.