Hijos del sol | Crítica Una infancia subterránea

Una imagen de 'Hijos del sol', del iraní Majid Majidi.

Una imagen de 'Hijos del sol', del iraní Majid Majidi.

Viejo conocido desde los días del desembarco del cine iraní en la cartelera en versión original, Majid Majidi (Niños del paraíso, Lluvia, El color del paraíso) sigue preocupado veinte años después por la misma infancia apaleada y marginal de su país en un cine que aspira a conjugar realismo y fabula, crónica y poesía, con innegable voluntad de denuncia.

En Hijos del sol, que pudo verse en Venecia 2020, nos acerca a los infantes callejeros de Teherán que sobreviven entre pequeños hurtos y pillerías, hijos de la pobreza o la orfandad, de padres drogadictos o de la inmigración ilegal capaces de creerse cualquier cuento chino sobre tesoros escondidos que les relate un adulto sin escrúpulos dispuesto a utilizarlos.

Alí, nuestro joven protagonista, emprende con determinación y ceño fruncido su particular odisea subterránea en busca del oro que lo libere de la miseria y saque a su madre del asilo, un oro escondido bajo un colegio que precisamente acoge a esos niños descarriados a los que la sociedad y las instituciones han dado la espalda. Mientras excava y excava, Hijos del sol nos da cuenta también de ese sistema educativo alternativo que ha suplido al Estado, aunque para su supervivencia necesite de las donaciones de los vecinos del barrio.

Aunque lo pretende, la película de Majidi con consigue conciliar nunca ese submundo de aventura improbable y la superficie social, dura y melodramática de su relato, sobrecargado de circunstancias, contratiempos y desgracias que lo hacen avanzar a golpes (de efecto) antes que a impulsos de verosimilitud. Una vez más, las buenas intenciones y el humanismo más elemental terminan por imponerse al potencial fabulador del cine y a la verdad.