Dolor y gloria | Crítica La pantalla blanca de la memoria

Julieta ya avisaba: Almodóvar entraba en una nueva etapa de depuración hacia el esqueleto de las historias y la ascesis de la forma. Dolor y gloria no sólo confirma este nuevo rumbo de claridad y limpieza, un rumbo de imágenes nítidas y elocuentes, sino que lo sublima aún más si cabe desde el espejo autobiográfico y el viaje desgarrado y sincero a la memoria (afectiva) como nudo expiatorio y punto de partida para salir de una crisis de la manera más airosa y emocionante posible.

Si el Almodóvar público y político cada vez nos interesa menos, el Almodóvar abiertamente confesional y narrador de estas últimas películas nos conmueve como pocas veces en su cine. El enlace de tiempos y recuerdos, los ecos del pasado (la infancia, el destello de los ochenta) en un presente sufriente que se escapa, hilvanados por un montaje y unas transiciones siempre hermosas, hacen de esta película un palimpsesto de la propia obra almodovariana al tiempo que un trayecto hacia el autoconocimiento sin red de seguridad ni demasiados paños calientes para el ego.

La droga (el caballo maldito de una generación que pasó del éxtasis al arrebato) aparece aquí como lúcido e incluso cómico mcguffin para activar el recuerdo, una droga liberada ahora de su connotación de muerte que actúa como mecanismo de relajación, evocación y catarsis, pretexto para reencuentros y perdones, para atenuar la ansiedad y la parálisis, para calmar el dolor físico (glosado en una estupenda e irónica secuencia animada por Juan Gatti acompasada por la música de cámara de Alberto Iglesias) y el ocaso del deseo que son también una forma de bloqueo creativo.

Una droga que actúa sobre el cuerpo y la conciencia, que suelta aún más a un Antonio Banderas trémulo y desarmado, médium y máscara, alter ego para las confesiones más agridulces sobre el amor filial y su deuda infinita con la madre, desdoblada en unas emocionantes y desmaquilladas Penélope Cruz y Julieta Serrano; para la reconstrucción del primer deseo, hecho carne y recuerdo a través del estado febril de un niño de pueblo manchego; para el gran amor adulto, evocado primero en la palabra teatral (¡y qué palabra!) ante la platea, y materializado luego a través de un no menos trémulo Sbaraglia; o para el primer gran desencuentro profesional, retomado y reconciliado a través de un Asier Etxeandía en estado de gracia que se convierte en la inesperada muleta para volver a caminar.

La película se abre paso así como un duermevela lúcido y nostálgico pero nunca condescendiente o paralizante, como si el cineasta supiera perfectamente que no hay tiempo que perder para convertirse en un yonqui de la memoria de la juventud o el esplendor perdidos. Poco a poco, secuencia a secuencia, de un tiempo a otro, Dolor y gloria se va preñando de esa extraña e intensa emoción in crescendo que entronca con una depurada forma de clasicismo de la que Almodóvar es ya todo un maestro consumado.