Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho... ahora? | Crítica La comedia como plaga del cine francés

Una imagen de la película. Una imagen de la película.

Una imagen de la película. / D. S.

El cine francés puede morirse de risa. O lo que es lo mismo, de comedia. La taquilla engorda, pero esto lejos de robustecer al cine lo conduce a una obesidad mórbida que perjudica gravemente su salud creativa. Generando además un indeseable efecto que los españoles conocemos bien porque lo padecimos durante décadas y ahora, felizmente, hemos superado: la división de la producción de cine entre la dureza del cine de testimonio o la pedantería de un cierto cine de autor, y la rutinaria vulgaridad del cine comercial. Sin nada en medio.

Y en esa franja central –ojo– se movieron muchos de los autores sagrados de la Nueva Ola y su entorno, como Truffaut, Malle, Demy, Rivette, Melville o Chabrol, además de grandes artesanos como Verneuil o Giovanni. No todo era la experimentación de Godard o el rigor de Bresson en un lado y Christian Jacque o Louis de Funes (cuyas películas, por cierto, eran mejores que ésta) en otro sin nada en medio.

Esta película es el estiramiento hueco del enorme éxito que el mismo director, el pegaplanos sin gracia Philippe de Chauveron, tuvo en 2014 con Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?, que lideró la taquilla aquel año. Tras el shock de ver casarse a sus hijas con hombres de otras religiones y razas distintas a las suyas, el matrimonio protagonista –grosera caricatura de la Francia que por ser católica se presenta también como reaccionaria y xenófoba– se enfrenta a verlas irse a vivir al extranjero. Más de lo mismo e incluso, aunque parezca difícil, peor. Su única habilidad es contentar por igual a públicos políticamente correctos e incorrectos que se ríen de los otros o de sí mismos, sintiéndose moderadamente transgresores ambos por reírse de lo que en la vida real poca gracia tiene.

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