la gracia de lucía | crítica

No tanta gracia

Alba Rohrwacher en la cinta. Alba Rohrwacher en la cinta.

Alba Rohrwacher en la cinta.

Al comentar la película de Sorrentino Silvio (y los otros) me refería al actual cine italiano, y así desde hace al menos tres décadas, como un mundo liliputiense en el que quienes tienen una talla normal o ligeramente superior parecen gigantes.

Gianni Zanasi -formado en el entorno de uno de esos directores interesantes que parecieron gigantes, Nanni Moretti- mide lo justito incluso para este tiempo liliputiense. Su filmografía -A domani, Mejor no pensar o La felicidad es un sistema complejo- lo demuestra y La gracia de Lucía lo confirma. Se pretende una comedia crítica en la gran tradición que el género tiene en el cine italiano. Incluso incluyendo los toques mágico-simbólico-religiosos que pueden recordar Il miracolo, Milagro en Milán, el episodio del falso milagro de La dolce vita, Pajaritos y pajarracos o la italoberlanguiana Los jueves, milagro. O la más recientemente Lazzaro feliz de Alice Rohrwacher en la que actuaba su hermana Alba, intérprete también de esta película.

Pero sólo logra recordarlo vagamente pues a Zanasi le falta el brillo, la inventiva y la capacidad bufa para fundir el realismo de la comedia crítica, el surrealismo cómico y lo mágico. Es bienintencionado en su denuncia de la corrupción que parece hablar en Italia con voz más alta que nunca. Logra una muy buena interpretación de Alba Rohrwacher como la esforzada madre soltera en crisis sentimental que sacrifica su precaria vida profesional para enfrentarse -en parte animada por su conciencia cívica, política y ecologista y en parte por la gracia (divina o más bien mariana) a la que alude el título- a una operación especulativa.

Pero estos méritos no le bastan para compensar la descompensación entre sus limitaciones y sus ambiciones. El título original es Troppa grazia (demasiada gracia). Su problema es más bien el contrario. La justita, nada más.

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