Mi obra maestra | Crítica

Desperdicio de un buen tema

Luis Brandoni, en una escena de 'Mi obra maestra'. Luis Brandoni, en una escena de 'Mi obra maestra'.

Luis Brandoni, en una escena de 'Mi obra maestra'.

El mercadeo del arte y su relación con las frecuentes engañifas que se dan en los ámbitos de las supuestas vanguardias dan para mucho en el terreno de la comedia. Desafortunadamente esta no le saca su jugo. Apenas unas gotitas. Un galerista y un malhumorado pintor que ya no vende un cuadro, amigos íntimos desde hace muchos años, aprovechan un accidente para montar una estafa que no les debo revelar.

Algún detalle de ingenio y unas buenas interpretaciones de los argentinos Guillermo Francella y Luis Brandoni (no se puede decir lo mismo del español Raúl Arévalo, muy por debajo de sí mismo tal vez por estar encorsetado en un personaje mal construido como un tópico tontorrón) no redimen la sosería del guión, la superficialidad con que se aborda la sátira de la pedantería de los críticos, del esnobismo de los compradores y de las trampas de los avispados artistas que –como dice el cínico (en el sentido griego de la palabra) pintor protagonista– siguen vendiendo un siglo después como transgresión o provocación lo que hizo Duchamp con su urinario.

Lo mejor de esta discreta película es en su buena idea inicial. Lo peor, que la desperdicia. Queda por debajo de la anterior película de Gastón Duprat, El ciudadano ilustre.

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