el reverendo | crítica Tal vez la obra maestra de Paul Schrader

Ethan Hawke en su rol de pastor calvinista. Ethan Hawke en su rol de pastor calvinista.

Ethan Hawke en su rol de pastor calvinista.

Extraordinario guionista (Yakuza, Taxi Driver, Toro salvaje, La última tentación de Cristo, City Hall) y potente director cuando acierta (Hardcore, American Gigoló, El beso de la pantera, Mishima, Posibilidad de escape -excelente variación sobre El silencio de un hombre de Melville- o Aflicción), Paul Schrader no nos daba una alegría (torturada, claro, porque como es sabido pesa o sobre él, a la vez que le da alas creativas, su formación calvinista) desde hace dos décadas. Ahora regresa en atormentada plenitud, tan él mismo como lo fue en sus mejores momentos. Si no más.

¿El tema? Culpa y redención, tentación y remordimiento, dolor y desesperación. ¿El protagonista? Un pastor calvinista con ecos católicos del cura rural de Bresson y ecos luteranos del pastor de Los comulgantes de Bergman, que tiene a su cargo una alejada y antigua iglesia de los orígenes del calvinismo en Estados Unidos más frecuentada por turistas que por feligreses. ¿La trama? El pastor, obsesionado y desgarrado por la muerte de su hijo en Iraq, víctima del fracaso amoroso, cercado por la soledad, acosado por la muerte, con una fe resquebrajada y desalentado por la explotación económica y la gestión pragmática de los lugares de culto, se deja tentar, además de por la duda y la desesperanza, o quizás a causa de ellas, por el extremismo de un activista y por su mujer.

La pareja que representa estas tentaciones son personajes bien escritos y muy bien interpretados por Phillip Ettinger y Amanda Seyfried, pero el poderío del protagonista y la soberbia interpretación de Ethan Hawke -la mejor de su carrera- los reduce a figuras secundarias, sparrings o sacos de boxeo con los que el protagonista se mide y se pone a prueba, pretextos para hurgar más en su conciencia y su dolor. También la trama, como sucede en toda obra consistente, es una urdimbre, un pretexto para alzar este personaje colosalmente herido de perfil no solo relacionable con Bernanos, Bresson y Bergman, también con el Camus de La peste y El extranjero. Y a través de él abordar los temas a los que desde sus primeras películas ha sido fiel Schrader. Incluso con ecos del Travis de Taxi Driver en la evolución de los hechos en la segunda parte de la película.

Lo esencial es el aparato formal a la vez extremadamente sobrio en la elección del formato, en sus planos estáticos, en su uso áspero de la luz, que pone en imágenes la odisea no solo interior de este formidable personaje en la primera parte sumamente bressoniana, melvilliana o bergmaniana. Que se crispa en un giro peligroso de paroxismo en su último tramo. Schrader logra salir airoso de este brusco cambio de registro porque a esas alturas la película ya nos ha atrapado y le otorgamos un inagotable crédito. Tan dura como apasionante, auténtico cine de autor rodado por completo a contracorriente de tantas imposturas que hoy se proponen como autoriales, El reverendo tal vez conforme, junto a las no tan alejadas Posibilidad de escape y Aflicción, la trilogía maestra de Schrader.

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