Antonio Colinas | Escritor "María Zambrano encarna una tradición cultural no sólo española, sino europea"

  • El autor de 'Sepulcro en Tarquinia' acaba de publicar 'Sobre María Zambrano. Misterios encendidos', una semblanza personal que revela la dimensión interior y espiritual de la filósofa

Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), en una imagen reciente. Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), en una imagen reciente.

Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), en una imagen reciente. / Jordi Vidal

Era sólo cuestión de tiempo que Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), poeta y ensayista fundamental en lengua española, autor de libros como Sepulcro en Tarquinia (1975) y Jardín de Orfeo (1988) y reconocido con galardones como el Premio Nacional de Literatura en 1982 y el Premio Reina Sofía en 2016, abordara la figura y la obra de María Zambrano, con la que compartió una especial amistad desde que se conocieran en Ginebra, antes del regreso a España desde el exilio de la filósofa veleña, y a la que considera su mayor maestra junto a Vicente Aleixandre.

Sobre María Zambrano. Misterios encendidos, que acaba de publicar Siruela, viene a saldar la deuda, si bien su autor dedica su semblanza, especialmente, a reivindicar a la tercera María Zambrano: la que emprendió un largo viaje interior sustentado en el cristianismo y pleno de espiritualidad y trascendencia. Esta sábado, Colinas abre la Marpoética en Marbella y el 11 de abril participará en el Congreso Internacional María Zambrano en Vélez-Málaga.

–Este libro llega ahora a los lectores tras un largo proceso de maduración. ¿Necesitaba poner distancias respecto a su relación personal con María Zambrano para escribir sobre ella?

–Desde hacía tiempo tenía en la cabeza escribir un libro sobre mi conocimiento personal de María Zambrano, sí. Me encontré con ella por primera vez en Ginebra en 1984 y a partir de entonces mantuvimos muchas conversaciones, sobre todo telefónicas. Tras su regreso a España nos vimos también en varias ocasiones. Mi idea era hacer una semblanza a partir de esta experiencia, pero conforme iba escribiendo reparé en una María Zambrano de la que se ha hablado y escrito muy poco. Casi siempre sale a relucir, por una parte, la Zambrano filósofa, la que alumbró la razón poética; y, por otra, la pensadora comprometida con la Segunda República, víctima del exilio. Pero hay una tercera María Zambrano que durante ese mismo exilio emprendió un hondo viaje interior, en plena conexión con lo trascendental, lo místico y lo sagrado, que no clerical, sino profundamente humano. Fue este viaje interior el que explica cómo llegó María Zambrano a superar las pruebas tan duras que sufrió en vida. Y hablamos de un viaje resuelto a través de la palabra. De hecho, esta hondura es el mismo origen de la razón poética.

–¿La tercera María Zambrano es por tanto, y en esencia, una filósofa cristiana, aunque a su manera?

–Es importante remitirse en estas cuestiones a su epistolario, porque es ahí donde se sincera más respecto a cuestiones personales. Ella se consideraba a sí misma "cristiana bizantina", siempre en conexión con la antigua Grecia. Pero es significativo que, por ejemplo, siempre llevara con ella, a lo largo y ancho de su exilio, el catecismo de su infancia. Cuando murió José Lezama Lima, escribió una carta a su viuda en la que le contaba: "Hoy enciendo en mi habitación un cirio y rezo las plegarias de mi infancia". Y durante los años que pasó en La Pièce, en el Jura, escuchaba por la radio los oficios y los cantos gregorianos. Durante la Segunda República, se agarraba del brazo de su amigo Emilio Prados y los dos se paseaban por Madrid cantando en voz alta himnos eucarísticos. Cuando estuvo en Roma le impresionaron mucho los templos antiguos, así como su amistad con Elena Croce, con la que compartía una misma visión espiritual. El suyo es un cristianismo heterodoxo, pero muy interesado en todo lo litúrgico.

–¿Esa inclinación le hizo sentirse extraña no sólo en el franquismo, también en una Segunda República cada vez menos clerical?

–En Zambrano se dio una notoria inflexión ideológica. Sin duda fue una encendida defensora de la República, aunque no aceptó los cargos que le ofrecieron responsables políticos como Jiménez de Asúa. Llegó a enfrentarse de hecho al sector liberal que representaban Pérez de Ayala, Gregorio Marañón y Ortega, aunque en el fondo fue siempre fiel a su maestro. Pero todo el mundo sabe que hubo dos Repúblicas, una hasta 1934 y la que siguió después. Y Zambrano padeció este cambio. Se puede decir que siguió una evolución similar a la de su padre, Blas Zambrano, que comenzó como anarquista de guante blanco, luego se adscribió al Partido Socialista en Segovia y terminó inevitablemente desencantado. En todo caso, conviene estudiar la evolución ideológica de María Zambrano en paralelo a su evolución espiritual.

–¿Eso explica su silencio sobre la Guerra Civil en el exilio?

–Así es. Sobre la guerra, sencillamente, prefería no hablar, por más que le preguntaban tras su regreso a España. Durante el exilio desarrolló una visión de la realidad, ética y estética, marcada por la superación de la historia, el amor y sobre todo la piedad, que fue un concepto clave en su pensamiento. Un poco a la manera de Azaña, cuando todavía en plena Guerra Civil pidió paz, piedad y perdón.

–Cuenta usted en su libro que hubo quien intentó sacar provecho político del regreso a España de María Zambrano. Siendo el último referente en el exilio, ¿era un personaje demasiado goloso?

–Cuando Zambrano llegó a Madrid se encontró con la proximidad de un grupo amplio de escritores, poetas y músicos. A menudo se la representa como una venerable filósofa rodeada de discípulos, pero ya Enrique de Rivas contó que en realidad acusó cierto aislamiento y que, especialmente en su último año, el teléfono dejó de sonar. Digamos que se dieron esas dos actitudes: la de afines como Jaime Salinas, que sí estuvo muy pendiente de Zambrano, de forma ejemplar, así como los poetas y filósofos que fundaron el Aula María Zambrano en la Universidad de Sevilla; y la de otros que, ciertamente, sólo se arrimaban a ver qué podían sacar a cambio.

–También hace referencia en su obra al duro obituario que publicó José Ángel Valente en ABC tras la muerte de María Zambrano, en el que llegaba a decir que había perdido el juicio. ¿Cree que se arrepintió después?

–Curiosamente, Valente publicó aquel obituario en ABC y yo otro en El País. Las razones de que Valente, quien compartió mucho tiempo con Zambrano en La Pièce, llegara a escribir un artículo tan duro nunca han quedado claras. Parece que cuando Valente se separó de su mujer Zambrano intervino en favor de su mujer, o al menos no lo hizo en favor del poeta, lo que podría explicar esta reacción. Pero no es seguro. Años después almorcé con José Ángel Valente en Córdoba, en el festival Cosmopoética, pero no hablamos mucho sobre aquello.

–Volviendo a esa tercera María Zambrano, ¿su dimensión espiritual es la que le permite hacer de puente entre la tradición literaria española y los escritores de las generaciones posteriores?

–Sí, pero yo no hablaría de una tradición española, sino europea. En Zambrano se dan cita Platón, Plotino, Spinoza, la mística cristiana, el sufismo, Miguel de Molinos y Valle-Inclán. Recuerdo que lo primero que pensé al leer El hombre y lo divino fue que no parecía escrito por una autora española.

–¿Qué nos queda por saber acerca de María Zambrano?

–Hay dos campos fundamentales de investigación: su relación con Gregorio del Campo, a quien conoció en Segovia y con quien tuvo un hijo que murió a los pocos días de nacer. Y la relación de su hermana Araceli con Manuel Muñoz. Los dos hombres, por cierto, fueron ajusticiados en la Guerra Civil.

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