De lo sublime y de lo bello | Crítica La oscuridad acotada

  • En esta obra de Burke se plantea una cuestión crucial para el arte del siglo XIX, la naturaleza de lo sublime, y en qué consiste una categoría que desplazará, acaso para siempre, a la vieja categoría de la belleza

Edmund Burke. Estudio de Sir Joshua Reynolds. 1771 Edmund Burke. Estudio de Sir Joshua Reynolds. 1771

Edmund Burke. Estudio de Sir Joshua Reynolds. 1771

Burke publica este opúsculo, De lo sublime y de lo bello, cinco años antes de que Kant haga lo propio con Lo bello y lo sublime, en 1764. Año, por otra parte, en que Winckelmann publicará su Historia del arte en la Antigüedad, y que habrá de esperar hasta a1766 para recibir una réplica -una réplica definitiva-, por parte de Lessing y su Laocoonte. Terminando el siglo, será Schiller quien vuelva a indagar (De lo sublime) sobre asunto tan vago y determinante. Y todo ello, derivado de la exitosa recuperación, en el siglo barroco, de Lo sublime, obra del Pseudo Longino, y cuyo influjo, del XVII aquí, no puede calificarse sino de formidable.

¿Qué es lo que Burke busca, con excusa de de esta distinción entre lo bello y lo sublime? Para Winckelmann, y para el XVIII neoclásico, lo bello es un ápice artístico sin discusión, reducible a determinadas normas y proporciones. Avanzado el tiempo, sin embargo, la belleza es aquello que se escapa a la belleza. Y el arte será aquello mismo que se oculta, de alguna manera, tras de lo artístico. Es decir, el arte se adentrará en el terreno de lo indecible, al tiempo que en Lessing se le somete a un riguroso adelgazamiento. Ambos (Lessing y Burke) están queriendo precisar el ámbito de cada disciplina artística. Ámbito que, llevado al extremo, dará en el arte abstracto del siglo XX, pero que en la segunda mitad del XVIII no hace sino despojar de la hojarasca retórica de Winckelmann a una zona de conocimiento que quiere conocer sus límites.

El lector atento, y acaso sorprendido (sorprendido porque todo lo que aquí se contiene le suena y le concierne muy estrechamente), podrá comprobar que cuanto Burke escribe es una difusa acotación de una oquedad muy concreta. Dicha oquedad, como sabemos, es ese no se qué que convierte una mera obra de arte en una obra maestra que nos sobrecoge. De hecho, este mismo sobrecogimiento es ya una de las formas de lo sublime. Y es ese ámbito de lo sentimental y lo preciso, el que no hemos dejado de pisar desde aquel entonces.

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