'Obra completa' de Chaves Nogales | Especial Gente del Sur

  • Este texto, publicado en el número 371 de la revista 'España' el 26 de mayo de 1923, es uno de los 68  inéditos que incorpora la 'Obra completa' que publica Libros del Asteroide

'El último recurso' (1901), óleo de Gonzalo Bilbao que recrea una escena de pobres en una casa de empeños, muestra elocuente de su pintura de carácter social. 'El último recurso' (1901), óleo de Gonzalo Bilbao que recrea una escena de pobres en una casa de empeños, muestra elocuente de su pintura de carácter social.

'El último recurso' (1901), óleo de Gonzalo Bilbao que recrea una escena de pobres en una casa de empeños, muestra elocuente de su pintura de carácter social.

Corredores y tratantes

El labrador de estas provincias agrícolas del Sur –no el terrateniente– trabaja en el surco todo el año para crear y mantener este tipo castizo del corredor que se enriquece o derrocha el dinero a manos llenas en triunfal camaradería con el torero, el crupier y el señorito.

Andalucía es una región de aristocracias. Cada clase social tiene la suya; el aristócrata florece, naturalmente, y la vida social entera se acomoda a esta florescencia que recaba toda la vitalidad de la tierra para gastarla en pompa inútil, en pétalos, corolas y pistilos. Pero sin polen.

Y así como cada clase social se arruina para dar una espléndida flor de aristocracia, el pegujalero se empobrece para mantener el señoritismo del corredor, del tratante. Cúmplese así la regla que en las ciudades andaluzas, como en las italianas, y en general en todas las de formación renacentista, hace al comercio padre de la aristocracia. La única excepción de esta regla es la del gitano, que siendo comerciante y aristócrata por idiosincrasia sufre que se persiga su comercio por la Guardia Civil y su aristocratismo por los civiles de la espiritualidad.

Corredores y tratantes son los defensores del casticismo, los tíos de buten, los postulantes de lo netamente andaluz. Ellos llenan los patios entoldados de los cafés en ese espléndido mediodía sevillano, cordobés o granadino, con sus grandes sombreros, sus palabras gruesas, sus tumbagas y sus caras morenazas de garañones. Ellos mantienen esa prostitución en clausura característica de Andalucía, en cuyas casas de lenocinio permanecen las mujeres años y años sin pisar la calle esperando tras las celosías y las cancelas la llegada del corredor rumboso, del tratante que sabe gastarse su dinero. Ellos pagan los cantaores, los parásitos del flamenquismo, los betuneros –¡formidable ejército de betuneros!–, las alcahuetas, las floreras y los afeminados; ellos sostienen los tradicionales ventorrillos, acreditan las marcas de Manzanilla y Jerez falsificados y son, en definitiva, la supervivencia de una época en la que por penuria espiritual se exaltaron las degeneraciones del sentimiento popular.

Los hombres representativos

Alguna vez he oído decir: «¿Cómo es posible que los hombres representativos de Andalucía sean los más ineptos, los más mediocres y retrasados de todos los que representan a las regiones de España en esta vergonzante representación que da el centralismo, con su parlamento, sus ministerios, sus academias y sus sinecuras? Cada región destaca lo más característico: ¿es que lo más característico de Andalucía son esos hombres mediocres, torpes, rezagados?».

Sí; en Andalucía las clases superiores y las clases populares están en blanco, carecen de caracterización, y lo único definido, lo único aglutinado y realmente colectivo, es la mesocracia, el producto mísero de la ciudadanía española en el siglo XIX, esos abogaditos espigados, esos comerciantes, esos caciquillos, con sus hijos, sus yernos y sus clientes. De entre ellos se reclutan los llamados hombres representativos y la verdadera Andalucía, cuya sustancia no está precisamente en esa tropa, permanece inculta y tiene que pasar desconocida a despecho de sus multitudes exuberantes y sus finas aristocracias. La dignidad, el orgullo y la pereza de los mejores -los de arriba y los de abajo- dejan libre el campo a ese tipo infecundo del ciudadano más o menos constitucional y ortodoxo, que rumia eternamente los mismos pastos espirituales y da una cifra tan menguada de nuestra capacidad al acaparar los títulos de representación.

Mujeres

Se cree que la vitalidad de Andalucía, perdida en los aspectos colectivos, se concentra en la intimidad. Y la apetencia, en el prurito, en las pasiones. Y se cita el ejemplo de don Juan.

Nunca he comprobado tal cosa. En la intimidad, en el más íntimo de los movimientos espirituales, en el amor, no aparece jamás esa pretendida intensidad. El andaluz, en el amor, es más circunspecto, más abstinente, de cuanto se puede imaginar. Y la andaluza más aún. En cualquiera aldehuela del Norte se peca más y más naturalmente que en una ciudad andaluza.

El amor subsiste gracias al condimento; al prestigio terrorífico de que se le rodea. Despojado de esa hojarasca romántica, Andalucía correría el peligro de despoblarse en el transcurso de unas generaciones.

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