El amigo del desierto | Crítica La metáfora del infinito

  • Pablo d'Ors completa su Trilogía del Silencio con la historia de un hombre que se adentra en el desierto como vía radical de su búsqueda del absoluto

El sacerdote y escritor Pablo d'Ors (Madrid, 1963). El sacerdote y escritor Pablo d'Ors (Madrid, 1963).

El sacerdote y escritor Pablo d'Ors (Madrid, 1963). / M. G.

La obra sustanciosa del sacerdote y escritor Pablo d'Ors (Madrid, 1963) se viene agrupando ahora por trilogías por feliz iniciativa del sello Galaxia Gutenberg. Cada trilogía conforma toda una alacena narrativa.

A las del Fracaso y la Ilusión, la trilogía del Silencio está formada por El olvido de sí, el exitoso opúsculo Biografía del silencio (150.000 ejemplares vendidos) y El amante del desierto, que es la novela que acaba de reeditarse dentro de la citada rama dedicada al vaciamiento, al éxtasis de la nada.

La historia que sobre sí mismo cuenta Pavel, el personaje checo de la novela, es tal vez nuestra propia historia, la del hombre contemporáneo. Incluso no puede negarse que podría ser la historia, convenientemente cifrada, del propio Pablo d'Ors. Por puro azar Pavel conocerá una peculiar asociación llamada Amigos del Desierto, que se reúne en un centro llamado el Hoggar, situado en la marca fronteriza entre Austria y Chequia. Vacilante pero atraído a la vez, Pavel se iniciará poco a poco en el conocimiento profundo del desierto.

Tras dos viajes frustrados a los desiertos de Marruecos y Argelia, la plenitud del desierto lo colma en su tercera tentativa. Pavel acaba instalado en una especie de eremitorio, en Beni Abbès, en la apabullante región del alto Atlas argelino, donde la arena cromática (rojo, amarillo, naranja) propicia el arrobo más absoluto y una sensación de ética triunfal: la nada que todo lo colma. Es aquí, en la magnitud del desierto, donde el paisaje se cifra como extensión del alma. Las dunas cambiantes, surcadas por líneas, por ondulaciones, por espejismos, se muestran como la metáfora del infinito.

En la magnitud del desierto, el paisaje se cifra como extensión y ondulación del alma

"Amo el desierto –nos dice su amante– porque es el lugar de la posibilidad absoluta: el lugar en que el horizonte tiene la amplitud que el hombre se merece y necesita". En Beni Abbès Pavel se vuelve sedentario justo en la patria de los nómadas. En la sabiduría tuareg se dice que Dios inventó el desierto para que los hombres pudieran encontrarse consigo mismos. En esta búsqueda, más allá de los credos religiosos, el silencio impone su vaciedad, que es precisamente el nutriente del alma. El hambre de la nada se adquiere entre el silencio ecuménico del desierto. Quien no conoce el desierto no sabe qué es el silencio, dice un proverbio árabe.

Desde la ventana de su casita, situada en una aldehuela de Beni Abbès, el observante de la arena dibuja día tras día, justo con la alborada, los rostros cambiantes del desierto. Y a la par, mientras su experiencia va tomando su cuajo vital, irá escribiendo las notas que acabarán en forma de novela, que es el texto que se le ofrece de inicio al lector. Curiosamente, los dibujos apaisados de Pavel irán contagiándose gráficamente sobre la propia caligrafía, hasta el punto de que las notas escritas se van ancheando sobre el papel, de margen a margen, como imitación natural de la horizontalidad del desierto.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

El amigo del desierto remite al díptico de la realidad y la ficción. Escrita en origen en 2009, la novela anticipa la vida y la obra de quien será el protagonista de El olvido de sí (2013), el título que cierra –como hemos dicho– su trilogía sobre el silencio. Gracias a las conferencias impartidas en la Asociación Amigos del Desierto, Pavel conoce la figura del francés Charles de Foucauld (1858-1916), militar, geógrafo, lexicógrafo y explorador de disipada juventud, quien pasados los años acabará convertido en místico contemplativo, atrapado no obstante por las dudas de su radicalidad.

No es casualidad que Pavel acabe su relato en el alto Atlas, justo en la región extrema donde muchos años antes Charles de Foucauld se había retirado en la vida real con ascética voluntad (no sólo en Beni Abbès, también en Tamanresset y en los picachos del Assekrem). Toda ella es la región terrible y mágica del Hoggar, lugar que da nombre al centro donde los Amigos del Desierto impartían sus retiros para iniciados.

Los más leídos saben que Pablo d'Ors ha convertido su libro en una suerte de realidad. Desde hace un tiempo imparte retiros de meditación con su asociación Amigos del Desierto. Entre la necesidad humana del despojo y la cepa cristiana (el hesicasmo cristiano oriental, las enseñanzas del jesuita húngaro Franzs Jalic), Amigos del Desierto concita el interés de todo aquel que, religioso o no, busca el vaciamiento, la quietud, la dicha inmóvil. Dígase así: el silencio.

El propio d'Ors tiene dicho que "el silencio es el nombre secular de Dios". A cierta ortodoxia católica no le agrada del todo el misticismo del silencio, puesto que lo entiende como un envase al vacío, como otra forma del egocentrismo. Sea como fuere (la controversia se sale de la intención de la presente), lo que sí estamos de acuerdo es en lo que el escritor mantiene a raíz del éxito de su Biografía del silencio. "El ruido es el principal terrorismo de hoy".

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