Sigilo | Crítica de libros La realidad entre paréntesis

  • En 'Sigilo', una obra representativa del universo de su autor, Martínez Biurrun propone un excelente 'thriller' donde lo doméstico se abre al abismo

El escritor navarro Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972). El escritor navarro Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972).

El escritor navarro Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972).

De la buena salud del género de terror en nuestro idioma da testimonio la reciente hornada de escritores que, desde inicios de siglo, ha ido sumándose al elenco de novedades de los escaparates. Quizá la conmoción más novedosa haya sido la producida por Mariana Enríquez, argentina de 1973 cuyo Las cosas que perdimos en el fuego (2016) magnetizó y horrorizó a partes iguales a un público poco habituado a que el castellano se introduzca en cierta clase de recovecos relacionados con pesadillas, cuartos desahuciados, locura, monstruos del cuerpo y del espíritu; su elenco personal de atrocidades se amplió al año siguiente con Los peligros de fumar en la cama, que en realidad es anterior pero llegó con retraso a esta orilla del Atlántico. Los hallazgos de Enríquez, que ha sido comparada (inevitablemente) con Stephen King, Shirley Jackson o Angela Carter, no han de hacernos olvidar, sin embargo, que otros, ya antes que ella o al unísono, cultivaban el género del escalofrío en nuestro suelo con un talento más que solvente.

El curioso en estas cuestiones haría bien en consultar la antología Aquelarre (Salto de Página, 2010), una selección de relatos que sirvió como fotografía de grupo generacional o presentación del estado de la cuestión al comienzo de la década, aunque la velocidad de las cosas la haya condenado al anacronismo. Porque están ausentes de ella nombres esenciales como el de Guillem López (Castellón, 1975), que si bien dedicó sus impulsos inaugurales a la ciencia ficción, ha cultivado luego una particular combinación de elementos futuristas y terroríficos; o el del andaluz Jesús Cañadas (Cádiz, 1980), en cuyas páginas, aparte del folletín decimonónico y la novela de aventuras (uno de sus últimos productos es una adaptación de la biografía de Fermín Salvochea al universo de los vampiros) tiene también cabida la amenaza de fuerzas externas. Sí figuraban en Aquelarre, de cualquier modo, los que a día de hoy podrían ser considerados valores más sólidos del formato en España: Emilio Bueso (Castellón, 1974), responsable de una buena colección de espantos en los últimos diez años pero hoy más interesado en sagas galácticas, y, sobre todo, Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972), de quien nos toca ocuparnos ahora.

Con algunos de los galardones más reputados del género fantástico patrio en su haber (el Celsius de la Semana Negra, el Nocte de la Asociación Española de Escritores de Terror), Martínez Biurrun se dio a conocer a mediados de los 2000 con un curioso cruce de novela histórica y sobrenatural, de corte lovecraftiano, Infierno nevado. Pero es sobre todo durante su etapa en la editorial Salto de Página, que tanto hizo por la difusión de esta clase de literatura, que su estilo y temática alcanzan plena madurez, en obras como Mujer abrazada a un cuervo (2010), relato de enfermedad y locura con el miedo a las pandemias de fondo, y El escondite de Grisha (2011), en cuyo contexto, ahora tan de moda por la serie Chernobyl de HBO, el terror es nuclear. Lo último en aparecer con su rúbrica antes de la novela que reseñamos hoy fue un tríptico de obsesiones personales, Invasiones (2017), en la mítica casa Valdemar, que tejía con hebras cruzadas, según suele ser común en él, hechos cotidianos, actos y omisiones mal cegados del pasado y la intervención de entidades oscuras.

Son muchos los autores que cultivan en nuestro suelo el género del escalofrío

Es todo esto lo que el lector encontrará en Sigilo, una puerta de entrada más que representativa al universo simbólico de su autor. Ambientada en un lugar terrorífico de por sí, el Benidorm del cemento y la jubilación, narra en primer término la peripecia de Fede, un bala perdida al que, en su último empleo como guarda de seguridad, le ha sido encomendada la custodia de un edificio al punto de la demolición: como todos, protagonistas de novelas o de la vida en general, Fede arrastra tras de sí una serie de estigmas mal cicatrizados que volverán a su estado de carne viva en cuanto un misterioso desconocido le ofrezca una cantidad absurda a cambio de un favor no menos absurdo. Entonces se iniciará un turbio recorrido a través de la infancia y juventud del protagonista, que en realidad no es el protagonista, porque junto a él y sobre él, acechando sus vigilias y sus sueños, se perfilan las sombras de su hermano sordo Andrés, de su madre inválida, de su padre y del enigmático Coppel, cuyo apellido nos desvela sus vínculos de familia con la presencia quizá más aterradora de la literatura, el ominoso Hombre de Arena de E. T. A. Hoffmann.

José Carlos Somoza, otro de los clásicos de nuestro terror nacional, ha dicho de Sigilo que constituye un ejemplo acabado del tipo de thriller, cerrado y tenso, que suele producir su autor. Estamos de acuerdo: el lector es introducido de modo progresivo en una realidad que suele reconocer como propia, cuyos rasgos de familiaridad (situaciones, espacios, individuos, marcas de coche, personajes de televisión) van envolviéndole inadvertidamente hasta que, de súbito, se produce el quiebro; lo doméstico se abre al abismo y se revela como una fina capa de aceite flotando sobre un océano mucho mayor, más negro y atroz. Nuestra realidad está repleta de esa clase de umbrales, líneas de demarcación, paréntesis que pueden conectarnos con la frase que queda más allá de ella: como, de hecho, ocurre con el sigilo, o sello mágico, que presta título a su excelente relato.

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