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Cuentos completos (1895-1910) | Crítica

El artista declara su artificio

  • Con este tercer volumen, Eduardo Berti da cima a la ingente y meritoria tarea de compilar los 'Cuentos completos' de Henry James, cuyo refinadísimo arte quizá brille mejor en las piezas cortas aquí agavilladas

El escritor estadounidense, nacionalizado británico tras la Gran Guerra, Henry James El escritor estadounidense, nacionalizado británico tras la Gran Guerra, Henry James

El escritor estadounidense, nacionalizado británico tras la Gran Guerra, Henry James

Es fácil atribuir a James un refinamiento, una sofisticación, cierta decadencia brillante y anaerobia, que no son sino el procedimiento para una aventura intelectual de orden cognitivo. En todo James se expresa -y en estos últimos cuentos de manera sincopada-, tanto el modo imperfecto en el que el hombre se aproxima a lo real, como su única perfección posible, más viva y misteriosa que la vida, fruto del arte. Esto significa que James no está en discordancia con su siglo (cuánto recuerda a Wilde, a veces), sino en el modo intricado y humorístico, pero clarísimo al cabo, con que sus personajes nos muestran el vericueto psicológico y el fardo de lo inconsciente.

Según James, sólo el arte parece capaz de completar, misteriosamente, esa incompleción con que la realidad se nos muestra

No podemos olvidar que cuando James escribe estos relatos, cuya brevedad venía exigida por las publicaciones de entonces, está pergeñándose o ya se ha publicado la atroz cosmogonía freudiana. Tampoco debemos ignorar la obra psicológica de su hermano William, cuyo concurso y cuyo influjo es sospechable en toda su obra. Se entiende, en ese sentido, que Eduardo Berti declare incorrecto atribuir a James cierto carácter impresionista. Lo cierto, sin embargo, es que James usará la técnica impresionista, no para describir la realidad visual, sino aquello que conocemos o que creemos conocer sobre el prójimo. Según James, sólo el arte -sólo el artista-, parece capaz de completar, misteriosamente, esa incompleción con que la realidad se nos muestra. Y no únicamente por cuanto se oculta a nuestros ojos, sino por lo que nuestro entendimiento selecciona, ocluye y deforma.

El “impresionismo” de James consistiría, pues, no en una suerte de puntillismo literario, cercano al esbozo nervioso y pintoresco. Al contrario, se trata recrear, demasiado racionalmente acaso, el modo en que el ser humano escoge y malversa aquello con lo que alimentará sus opiniones y sus recuerdos. A esa impenetrable opacidad solemos llamarla lo real, lo indiscutible, lo inmediato. A pesar de lo cual, o por ello mismo, James distinguió al arte, junto a su siglo, como una suprema y postrer hechicería.

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