'Balcanismos' | Crítica de libro Autopsia a los Balcanes

  • Miguel Roán propone en el libro ‘Balcanismos’ un ‘Manifiesto contra los estereotipos’ y desmonta los prejuicios que rodean a un territorio ligado a la guerra y a la violencia étnica

'En tierra de nadie', de Danis Tanovic. 'En tierra de nadie', de Danis Tanovic.

'En tierra de nadie', de Danis Tanovic.

En buena parte, este libro de Miguel Roán viene a ser una suerte de continuidad de su anterior Maratón balcánico. Describía por entonces en sus páginas un maratón figurado y a la vez real a través de 42 acuarelas –tantas como kilómetros tiene una maratón– dedicadas a descifrar el alma de los Balcanes y a intuir sus aristas sobre el humus de sus ciudades, ríos, puentes de piedra y montañas.

Decimos maratón real y no ficticio porque su autor, residente en Serbia desde hace años, logró correr las maratones de Sarajevo, Novi Sad, Pristina, Liubliana, Zagreb y Belgrado. Entre carreras atléticas y viajes por el paradójico "contorno sin límites" de los Balcanes, Roán nos ofreció hermosas estampaciones acerca del paisaje, mientras iba escribiendo también una especie de diario íntimo, donde no faltaban alusiones al sexo y al alcohol o, también, pasajes dedicados a desmontar tópicos asociados a esta híbrida región del mundo.

Se atribuye a los pueblos balcánicos una querencia ensimismada, por lo común doliente, hacia el pasado. Pero un viejo proverbio en serbocroata dice: "Quien mira al pasado tiene el culo vuelto hacia el futuro". Algunos estereotipos, como decimos, ya fueron limados –cuando no fumigados– en el citado maratón viajero. Entre ellos, por ejemplo, el mito del hombre nuevo, industrializado y eficiente, nacido bajo la era socialista de Tito. Pese a todo, al cabo de los años, la dictadura del partido no pudo laminar la esencia eminentemente rural de las sociedades yugoslavas. De ahí que en este segundo libro se insinúe que, al menos en parte, las guerras de secesión en la ex Yugoslavia se debieron a una desmadrada lucha por la propiedad y el usufructo, en definitiva, del terruño (lo sugiere Duvravka Ugresic en su novela Zorro).

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

Quiere decirse que, más allá de las matanzas étnicas ocurridas en los años noventa, bajo aquella guerra atroz anidaba como una sociología individualista, de supervivencia económica, pero que se acabó diluyendo en la excusa de las entidades nacionales, avivadas por raptos de locura y sevicia incomprensibles. He aquí, pues, la autopsia del peculiar sujeto balcánico, que vendría a reflejar como una especie de calvinismo local, irresuelto y fatalista, que acude a los episodios de conflicto al abrigo de la religión y la hermandad étnica. Serbios, croatas, bosniacos y albanokosovares se parecen más de lo que pretenden mostrar. A juicio de Roán, quienes más se diferencian unos de otros son quienes comparten grupo étnico.

Cierto es que hoy, como reconoce el autor, los autóctonos contribuyen a los tópicos. Muchos siguen mostrando su región como un territorio encriptado, misterioso, que no puede ser comprendido por el extranjero. De ahí la frase hecha: "Tú no puedes entenderlo. Estás en los Balcanes". El gran Ivo Andric acuñó el término "fatalismo balcánico" para explicar desde Bosnia lo que no era sino la patología de una inteligencia pesimista, que reconoce como inevitables la corrupción, la excusa y la resignación.

La violencia ingénita atribuida a los eslavos del sur viene de lejos. Chautebriand escribía en 1808 que, a partir de la costa adriática que lo llevaba a la olla de los Balcanes, la civilización daba su último suspiro y comenzaba la barbarie. Robert Kaplan y sus Fantasmas balcánicos –libro sucesor tal vez del célebre Cordero negro, halcón blanco de Rebecca West–, explicaba que los recelos históricos no resueltos propiciaron las guerras de los 90 (se dice que Bill Clinton leyó este libro y decidió no apoyar a los bosnios musulmanes frente al acoso feroz de los serbobosnios).

Ivo Andric acuñó el término de "fatalismo balcánico" para la patología de una inteligencia pesimista

En Balcanismos hay tabúes que se destapan. Uno de ellos es el referido a los desertores serbios. Al inicio de la guerra contra Croacia, en el verano del 91, 40.000 reservistas se opusieron a luchar contra el vecino. Se calcula que 150.000 varones en edad militar abandonaron Serbia para evitar la recluta y la guerra.

Sin olvido del turbo-folk balcánico, el cine ha mostrado, entre otras expresiones culturales recientes, la herida de los 90 en cuatro películas icónicas: Antes de la lluvia (Milcho Manchevski), Underground (el inevitable Kusturica), Los pueblos hermosos arden bonito (Srdejan Dragojevic) y En tierra de nadie (Danis Tanovic). Todas ellas reflejan la interpretación del pasado, la contienda interétnica y el tormento de la guerra. Uno añadiría, entre otras, El cielo sobre nosotros (Marinus Groothf), el documental Depth Two y la perturbadora La carga (ambos de Ogjen Glavonic) o Bajo el sol (Dalibor Matanic).

Se cita ahora a menudo la expresión Yugostalgia. Más que melancolía por Yugoslavia, lo que existe hoy –dice Roán– no son sino reminiscencias de un tiempo predecible donde había orden social y económico, y donde se notaba una sensación de convergencia con el mundo que dejó de existir de un abrupto cañonazo.

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