Eco | Crítica ¿A qué suena la literatura?

  • El escritor sevillano Carlos Frontera entrega en 'Eco', una novela de gran fuerza expresiva y pulso poético, el relato íntimo de un hombre en proceso de reconstrucción

El escritor Carlos Frontera (Sevilla, 1973). El escritor Carlos Frontera (Sevilla, 1973).

El escritor Carlos Frontera (Sevilla, 1973). / D. S.

La creación en el arte es una sucesión de voces que se proyectan y regresan, que viajan y retornan, que se contraen en la experiencia de quien la recibe y que a su vez se dilatan. La literatura, la historia literaria, su genealogía, se hace y crece en numerosos sonidos que se cruzan, en esas voces que circulan por siglos, generaciones, que van y que vienen. La literatura es la obra que se publica y es el lector que la lee, quien la interpretará y asimilará –incluso la reformulará– según crea oportuno, según sea la mirada de su tiempo, de su contexto personal, etcétera. La literatura es la voz y es el eco.

Eco es la primera novela del escritor Carlos Frontera (Sevilla, 1973), publicada en Candaya, editorial catalana que en los últimos años nos está ofreciendo nombres con propuestas distintas e interesantes. Por citar dos ejemplos: Gustavo Faverón o Cristina Morales. Son novelas alejadas de cualquier preceptiva previsible, que se desmarcan incluso del propio género y prueban y se aproximan a otros, como el ensayo o la poesía –la prosa más o menos poética–. No todas las obras, por originales, merecen el reconocimiento o el logro, pero sí es cierto que al menos contribuyen al riesgo en la creación y nos permiten airear las habitaciones cerradas de la industria. Ya es, por otra parte.

Carlos Frontera nos recuerda al Bohumil Hrabal de Una soledad demasiado ruidosa. Esa narración de fuerza expresiva, de frase muy escueta y precisa, cercana a la prosa poética, con buen manejo de los ritmos internos. Un estilo magnético. Que así cuenta. Frío. Un tanto efectista. Aunque consigue lo que busca.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Una paciente que se despierta de una operación, y aún convaleciente, le sirve a Frontera para construir al personaje que comienza a recordar quién fue, qué ha sido él, e introduce al lector en una historia a simple vista personal, que sin embargo poco a poco alza el vuelo y nos va entregando reflexiones, consideraciones, juicios... que dan la consistencia a la novela. Entre el libro de memorias, el diario, el ensayo, el poema, la propia novela..., Carlos Frontera nos lleva por un personaje que nos resulta anónimo pero familiar, extraño pero conocido. Apenas sabemos nada de él, apenas nada se nos va diciendo y, a su vez, a medida que avanzamos en las páginas tenemos la sensación de que lo sabemos todo. En todo momento nos preguntamos por qué nos interpela, por qué nos habla, y en todo momento nos encontramos con un hombre que nos habla con la cercanía de un pariente o de un amigo, de alguien de quien sabemos de su vida personal, de sus inquietudes; alguien que conocemos como un hermano o una madre. Esta forma de construir al personaje –no recuerdo su nombre y de hecho creo que no se nos revela nunca– es un recurso bien escogido, quizá de lo que más destaque de la literatura de la novela.

Eco luce frases que merecen subrayado: "Es difícil conjugar los verbos del pasado"; "Hay múltiples formas de crear presencia, y la corporización es sólo una de ellas". Y también fragmentos que podrían ser poemas en prosa –lo son–, que estarían justificados en cualquier poemario notable: "La luz –esa luz– vira en el techo, se retuerce como un animal herido mientras un camión pasa o no pasa. En cualquier caso, tiemblan las aceras, tiemblan las paredes, tiemblan las junturas del viento y la luz se desmigaja con un temblor que no es de piedra, que no es de carne, con un temblor que viene de lejos, o sea, que viene de dentro".

Carlos Frontera alcanza a ver lo mayúsculo en la anécdota, lo inmenso en lo irrelevante, la afirmación que nos amplia horizontes en la ranura diminuta de las cosas sin importancia. La novela es una sucesión de testimonios personales que con frecuencia desembocan en algo más, en mucho más. La infancia, el amor, la infidelidad, la paternidad, la enfermedad, la soledad. Son temas que se van tratando desde la conversación del convaleciente que habla para sí; es decir, con los lectores. La narración, torrencial pero medida, acompaña al lector por sus preocupaciones, por esos mismos testimonios personales, compartidos, por sus cavilaciones.

El narrador, el enfermo que se recupera, nos cuenta en primera persona, pero esa primera persona incorpora una segunda, que también podría ser una tercera. En un juego de espejos entre el escritor y el lector. Algo de esto nos insinúa Frontera: "Por momentos me veo también desde afuera: yo testigo de mí, tercera persona de mí mismo, un autómata alimentado de delirio. Como si mi vida la protagonizara otro. La necesidad de narrarme en tercera persona (...) un cuchillo de palabras con el que abrir un tajo en la carne del recuerdo, la imposibilidad de contemplarme sin esa distancia, sin esa barrera de ficción y tiempo. Me desdoblo, abandono mi cuerpo para ocupar mi cuerpo".

Hay ocasiones en Eco en las que da la sensación de que el lenguaje se pierde en la musicalidad, en el sonido, y deja de ser narración convencional para convertirse en símbolo, en imagen, en interpretación abierta para los lectores. La palabra no se hace tanto en el sentido como en el sonido, y su significado resulta enigmático y rico. De nuevo la poesía en la novela, el poema en la narración.

Eco en la voz del enfermo que cuenta sus memorias y la memoria es punto de partida para reflexionar sobre los grandes temas de siempre; eco en el lector que leerá estas reflexiones y desde esas reflexiones descubrirá emociones y verdades que no conocía; eco en un libro donde se funden poema, ensayo, diario, novela, géneros que conversan entre sí y que entre sí fluyen y se complementan; eco en una primera persona que habla y busca una segunda, y una tercera. La creación es la voz del que elabora la obra y el eco del que participa en ella. Una historia de siglos donde se viaja y se regresa, se llega y se retorna, sin pausa. Ese es el sonido de la mejor literatura. ¿Y a qué suena ese sonido? Pues Carlos Frontera nos da los acordes.

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