La batalla de Occidente | Crítica Oficio de difuntos

  • Tusquets publica 'La batalla de Occidente' de Éric Vuillard, novela previa a su excelente 'El orden del día', donde trata de resumir, sin la competencia literaria alcanzada luego, el mundo que hizo posible la Gran Guerra

El escritor y cineasta francés Éric Vuillard. El escritor y cineasta francés Éric Vuillard.

El escritor y cineasta francés Éric Vuillard.

La batalla de Occidente, publicada en 2012, guarda similar estructura y una misma temática que El orden del día, novela posterior ya reseñada en estas páginas. Dicha temática, como el lector no ignora, es la guerra europea, las guerras mundiales, divisadas con una cierta óptica que podríamos llamar indiciaria, y cuyo resultado es el de ofrecer una vasta panorámica mediante un escogido número de fragmentos o indicios. El resultado de El orden del día (2017) es un compacto retablo donde figuran una pluralidad de causas: políticas, ideológicas, empresariales, históricas, sociológicas, que confluirán oscuramente en el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, que Éric Vuillard, barajando una porción de nombres y de datos, disponiendo ante el lector un breve catálogo de estampas, ofrece la completa fantasmagoría de un hecho colosal, y sin embargo abarcable. No ocurre así con La batalla de Occidente, obra que podríamos considerar, en este sentido, como una tentativa -fallida- de El orden del día.

Esto ocurre así por dos dos motivos, y ambos de orden intelectual. Por un lado, Vuillard decide presentarnos la Grand Guerre como un conflicto absurdo, monstruoso y sin motivación alguna, donde las muchedumbres mueren dócilmente en las trincheras. De otra parte, la viva y honesta compasión de Vuillard, convierten La batalla de Occidente en un catalogo -muy sumario- de las infamias padecidas en aquella hora del mundo; pero no, necesariamente, en una obra sobre la Gran Guerra.

Bastaría acudir, por ejemplo, al espléndido Años de vértigo del historiador alemán Philipp Blom, o al excelente Sonámbulos, del historiador australiano Cristopher Clark, para comprender tanto las novedades de todo orden como el minué político que conforman y afluyen a la Gran Guerra, y donde los nacionalismos balcánicos, instigados por la Rusia zarista, tendrán un papel crucial en los acontecimientos posteriores.

Si no se explican el entusiasmo, el odio y la ceguera con que marcharon al frente los jóvenes europeos; si no se especifican las novedades técnicas que capacitaron al hombre para una nueva forma de matar, en cantidades y formas inimaginables; si no establece el humus ideológico, el porvenirismo sectario que cruza el siglo, no cabe entender ni la inconcebible carnicería de las trincheras (la kultur alemana contra la civilisation francesa) ni el monstruoso proyecto soviético, ya en marcha desde el año 17. Si no se recuerda, en fin, el mundo colonial y su soporte ideológico (cosa que, ahora sí, hace Vuillard), no podremos comprender aquella profunda y atronadora inmersión en el crimen. Esto es, no podremos hacer justicia a quienes rindieron sus vida en aquel conflicto.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Todo esto queda dicho porque La batalla de Occidente quiere ser, de algún modo, una visión perdurable y exacta, una visión parorámica, de la Gran Guerra. Si no tuviera esa ambición de totalidad, carecería de sentido cuanto hemos escrito. Del propio libro se deduce, sin embargo, su voluntad de configurar una suerte de Desastres de la guerra, bien a la manera de Callot, bien a la de Goya, donde además se exprese y se recoja la motivación última de tal barbarie. Una barbarie que tiene mucho menos que ver con Clausewitz que con los procesos sociales, ideológicos, vegetativos, urbanísticos, industriales, etcétera, que han convertido a la población, primero en masa laborable y luego en ejército de reposición infinita. Esto es, en carne de trinchera.

Digamos que Vuillard, en La batalla de occidente, nos cuenta los infortunios de este nuevo hombre, de esta nueva civilidad, pero olvidando sus presupuestos. Unos presupuestos que sí estaban ya, por ejemplo, en la última escena de La marcha Radetzky (1932), cuando el viejo Imperio austro-húngaro se disgrega en una miríada de naciones mutuamente hostiles. O en las tempranas crónicas de Chaves Nogales sobre el colosalismo sobrehumano de la URSS y su innumerable costo en vidas.

Digamos, por resumir, que La batalla de Occidente es un libro espléndidamente escrito y defectuosamente concebido. Lo cual ocurre, ya lo hemos señalado, no por negligencia o desconocimiento, sino porque la concepción poliédrica, indiciaria, impresionista, de la novela, se ha visto absorbida por uno de sus temas. Y en esas condiciones, el indicio sólo puede remitir hacia sí mismo.

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