La herencia de Antonio Machado (1939-1970) | Crítica

La devoción y el comercio

  • Jesús Rubio Jiménez analiza la recepción de la figura de Antonio Machado entre el año de su muerte y el final de la dictadura, mostrando un largo historial de apropiaciones indebidas

El famoso homenaje de Collioure, en febrero de 1959, fue usado por los poetas del cincuenta para la promoción editorial del grupo. De izquierda a derecha, en la fila de arriba: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente y Alfredo Castejón. En la fila de abajo: Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald. El famoso homenaje de Collioure, en febrero de 1959, fue usado por los poetas del cincuenta para la promoción editorial del grupo. De izquierda a derecha, en la fila de arriba: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente y Alfredo Castejón. En la fila de abajo: Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald.

El famoso homenaje de Collioure, en febrero de 1959, fue usado por los poetas del cincuenta para la promoción editorial del grupo. De izquierda a derecha, en la fila de arriba: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente y Alfredo Castejón. En la fila de abajo: Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald. / Asunción Carandell

Con motivo del LXXX aniversario de la muerte de Antonio Machado, hemos vuelto a asistir a reproches cruzados que hasta cierto punto recuerdan, aunque la situación política sea muy otra, a los que durante el franquismo intercambiaron quienes reclamaban, dentro o fuera de España, el legado del poeta, desfigurando o reduciendo su imagen en razón de sus intereses. No puede por lo tanto ser más oportuna la aparición de esta monografía donde Jesús Rubio Jiménez, prestigioso filólogo zaragozano al que debemos importantes trabajos sobre Bécquer o Valle, rastrea la disputada herencia del poeta entre el año aciago de 1939 y las postrimerías de la dictadura, atendiendo a la recepción de su figura y de su obra desde una perspectiva atenta a las circunstancias que explican las sucesivas relecturas de Machado. El autor hace suya la tan citada frase de Juan de Mairena: "Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que au-dessus de la mêlée", para insistir en la necesidad de extender su alcance del ámbito de la creación al de la crítica, en el sentido de que no podemos dejar de lado tampoco en este terreno la conciencia de la temporalidad, tan clara por lo demás en los versos del poeta. 

Jesús Rubio Jiménez (1953) es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza. Jesús Rubio Jiménez (1953) es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza.

Jesús Rubio Jiménez (1953) es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza. / Guillermo Mestre / Heraldo de Aragón

Frente a la lectura integral de cierta crítica académica, centrada en "unos hipotéticos valores estéticos superiores", Rubio propone un acercamiento a los asedios parciales pero reveladores y referidos a su proyección moral, cívica o política, desgranando un historial de apropiaciones forzadas o indebidas que forma ya parte de esa herencia y acaso no ha dejado de condicionar, por lo que vemos estos días, a los lectores actuales. Antonio Machado ejerció como poeta del pueblo en el más puro sentido de la expresión, que es el que explica su apócrifo en páginas imperecederas, pero Rubio recuerda y destaca su pertenencia a la tradición de la Institución Libre de Enseñanza y su fidelidad esencial al pensamiento de Giner, opuestas a los integrismos de todos los colores. El itinerario que traza, por otro lado, recoge no sólo las aportaciones de los estudiosos o los poetas, sino también de los artistas de cuyo trabajo –asimismo influyente a la hora de fijar la imagen pública de Machado– ha quedado constancia en catálogos, revistas o publicaciones de homenaje, que tienen una relevante presencia en su recuento.

El itinerario recoge no sólo las aportaciones de los estudiosos o los poetas, sino también de los artistas

Don Antonio fue un mito ya en vida. Los rasgos presentes en su célebre "Retrato" adquirieron un valor paradigmático y configuraron el perfil característico que seguimos asociando a su personalidad: el "torpe aliño indumentario", la austeridad, la proverbial modestia o una persistente melancolía. Con la guerra y su tristísima muerte, se convirtió en uno de los grandes "poetas de la España leal" y nació lo que Guillén llamó el "mito de San Antonio de Collioure", objeto de veneración por los integrantes de la España peregrina. Dos tempranos ensayos, de José Bergamín y Dionisio Ridruejo, fijaron los términos de un pleito que en el primer caso trasladaba una "visión sacrificial", muy centrada en la poesía más combativa, y en el segundo pretendía imponer un sesgado análisis esencialista –aunque Ridruejo, que siempre fue un hombre honesto, rectificaría cuando se apartó del régimen– para rescatar al poeta de la supuesta deformación que había sufrido su obra. Esta segunda lectura, aunque claramente tendenciosa, mantuvo su vigencia en los círculos oficiales, para contrarrestar el discurso de los exiliados y de los que en el interior, como Blas de Otero o Eugenio de Nora, destacaban sobre todo al "poeta social". Pero ya JRJ había mostrado su distancia hacia esa consideración reductora y Valente, que tampoco creía en el arte militante, hablaría de un "Machado convertido en pancarta y propaganda". Hasta los derechos de autor e incluso los restos del poeta eran objeto de controversia, pues el franquismo habría deseado la repatriación y llegó a difundir la especie de que la República lo había abandonado de mala manera.

Retrato de Picasso en la cubierta del "Hommage des artistes espagnols au poète Machado" (1955). Retrato de Picasso en la cubierta del "Hommage des artistes espagnols au poète Machado" (1955).

Retrato de Picasso en la cubierta del "Hommage des artistes espagnols au poète Machado" (1955).

En la década de los cincuenta, tuvo gran resonancia el "Hommage des artistes espagnols à Machado", celebrado en febrero de 1955, que tomó la forma de una exposición parisina para la que Picasso mandó un retrato muchas veces reproducido, pero es la famosa expedición a Collioure en febrero de 1959, coincidiendo con el XX aniversario de la muerte, la que ha quedado en el imaginario como carta de presentación de los emergentes poetas del medio siglo. Rubio analiza la difusión de la "mitificada fotografía" de Asunción Carandell y el modo en que dichos poetas han acaparado el protagonismo de unas jornadas en las que participaron muchos otros escritores y artistas. El mismo Valente o Caballero Bonald han contado lo que la operación tenía de estrategia, especialmente en lo referido al lanzamiento de la después llamada "Escuela de Barcelona". No se ha resaltado lo suficiente, sin embargo, la participación de hispanistas franceses como Marcel Bataillon, Robert Marrast o Claude Couffon, padre junto a Juan Goytisolo de la idea del homenaje. Hubo actos paralelos en París y Segovia, sumados al que promovieron, con escasa repercursión, los falangistas en Soria, empeñados en una lectura ahistórica –y por supuesto apolítica– frente a la reivindicación del poeta comprometido.

Pablo Serrano frente al busto de Machado, esculpido para el frustrado homenaje de Baeza (1966). Pablo Serrano frente al busto de Machado, esculpido para el frustrado homenaje de Baeza (1966).

Pablo Serrano frente al busto de Machado, esculpido para el frustrado homenaje de Baeza (1966).

Durante los sesenta, Machado fue invocado por quienes reclamaban el 'diálogo' entre las dos Españas

Durante los sesenta, sigue Rubio, Antonio Machado fue una figura habitualmente invocada por quienes reclamaban el diálogo entre las dos Españas, pero no por eso desaparecieron de la escena los partidarios del rescate ni quienes habían convertido su nombre, cada vez más celebrado internacionalmente, en sinónimo de la lucha antifranquista. Como prueba el frustrado homenaje de Baeza en 1966, suspendido por el ministro Fraga Iribarne, la dictadura seguía temiendo el potencial movilizador de la izquierda, pero el mismo Fraga, pese a sus dudas iniciales, dio ese mismo año el nombre de Machado al Parador Nacional de Soria, para cuya inauguración organizó una lectura de "poetas áulicos". Autores como el mencionado Goytisolo o Gimferrer señalaron ya en esos años los límites de la poética de Machado, pero su popularidad no dejó de crecer gracias a la labor de los cantautores que como Serrat o Paco Ibáñez difundieron su obra mucho más allá de los circuitos habituales. El recorrido de Rubio concluye con las celebraciones ligadas al centenario del nacimiento del poeta en 1975, casi coincidiendo con el final del régimen, cuando las principales revistas españolas dedicaron a Machado dossiers y monográficos en los que se respiraba ya el aire de los nuevos tiempos.

La normalización democrática queda pues fuera del ámbito estudiado, aunque habría sido interesante analizar el escaso apego que Machado suscitaba en la generación novísima o cómo fue recuperado por los poetas de la "otra sentimentalidad", expresión que remite a una de las prosas de Mairena. Para entonces el "secuestro moral" del que hablara el ideólogo del grupo granadino, Juan Carlos Rodríguez, no estaba al menos contaminado por la persistencia de la dictadura, pero a la vista está que los usos y abusos no acabaron con la muerte de Franco. "Alrededor de cualquier santuario –escribe Rubio– crecen juntos la devoción y el comercio".

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