Historia del silencio | Crítica

Nada inmensa al oído

  • El historiador Alain Corbin se remonta hasta el Renacimiento para trazar un recorrido por los significados del silencio en la cultura europea a través de las percepciones de los antepasados

Alain Corbin (Lonlay-l'Abbaye, 1936). Alain Corbin (Lonlay-l'Abbaye, 1936).

Alain Corbin (Lonlay-l'Abbaye, 1936).

Del normando Alain Corbin, máximo representante de la llamada historia de las sensibilidades, pueden citarse su monumental Historia del cuerpo en varios volúmenes (Taurus) o la más esquemática pero muy recomendable Historia del cristianismo (Ariel), obras colectivas que se suman a monografías como El mar: terror y fascinación (Paidós) en las que el autor, heredero y continuador del gran Lucien Febvre, ha extendido al terreno de los sentidos –los olores, los sonidos, la sexualidad, la cambiante percepción de los espacios o de los paisajes– la fecunda labor de la escuela de los Annales. La elegante escritura, la originalidad de los planteamientos y su conocida predilección por atender a los "universos mentales desvanecidos" vuelven a ponerse de manifiesto en Historia del silencio, obra breve pero densa y repleta de sugerencias donde Corbin, que se autorretrata como un lector omnívoro, sigue el rastro que el concepto, interpretado desde distintas perspectivas que cubren su esencial ambivalencia, ha dejado sobre todo en la literatura, algo menos en el arte, la religión o la filosofía.

"Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír [...] Esa nada es inmensa al oído", escribió Valéry, uno de los numerosos autores citados por Corbin, que bebe especialmente de su tradición francesa –Chateaubriand, Baudelaire, Hugo, Proust, los belgas Rodenbach y Maeterlinck, Julien Gracq, Quignard– pero no deja de acudir a otras lenguas de la mano de los místicos españoles o de nombres como Thoreau, Rilke o Walser, calificados como escritores que emprendieron una "verdadera búsqueda estética". Es claro que a los mencionados podrían haberse añadido muchos otros, y también que el marco acotado en el subtítulo –que fija el punto de partida en el Renacimiento, aunque la aproximación no es lineal ni dedica demasiado espacio al tiempo anterior a la Edad Contemporánea– es hasta cierto punto arbitrario, pero Corbin se presenta aquí menos como historiador que como ensayista, fiado de su erudición y de su personal bagaje de lecturas, orientadas a un propósito reivindicativo.

La ausencia de ruido parece que provoca terror en una época dominada por la algarabía

El silencio, empieza por decir en el preludio, no es sólo ausencia de ruido, aunque dicha ausencia parece que provoca terror en una época dominada por la algarabía. "En otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio. Lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación; sobre todo, como el lugar interior del que surge la palabra". Dado que se trata de una experiencia residual, casi desusada en nuestros días, no cabe mejor manera de abordarla que hacerlo a través de lo que escribieron de ella quienes en el pasado no se veían sometidos a tantas interferencias, siendo así que estas no provienen, frente a lo que podría pensarse, de que las ciudades actuales sean más ruidosas que las del siglo XIX, sino de la hipermediatización que obliga a sus habitantes a una "conexión continua".

En ocho capítulos seguidos de un postludio, donde el autor enfrenta la dimensión trágica que también atribuye al silencio, Corbin relaciona el objeto de su inquisición con los "lugares de privilegio" –el hogar, ciertos escenarios íntimos, las iglesias, las bibliotecas– en los que podemos escucharlo de manera especialmente afinada; con los espacios naturales donde los sonidos –la música de la creación, el concierto de los seres vivos– no estorban el pensamiento, la contemplación o el reposo; con las búsquedas espirituales que, limitadas en este caso a la tradición cristiana, obedecen a una necesidad que desborda el estricto ámbito religioso; con los aprendizajes y disciplinas referidos a lo que el abate Dinouart llamó el arte de callar; con la humilde y admirable figura del padre adoptivo de Jesús, José de Nazaret, al que no dan voz las Escrituras; con las palabras no dichas, la "lengua del alma" que no precisa ser pronunciada o se expresa, como en la pintura o el cine anterior a las películas sonoras, con muda elocuencia; con las "tácticas aconsejadas por los moralistas" para cultivar la vida en sociedad; con el amor o la amistad que otorgan a sus beneficiarios el no desdeñable "placer de callar juntos".

El 'reaprendizaje' del silencio implicaría la capacidad de estar a solas con uno mismo

El silencio puede ser una delicada muestra de respeto o, cuando se practica con hostilidad o mala fe, un arma arrojadiza. En el mencionado postludio, Corbin habla del referido a Dios que no se muestra –el Dios oculto de Pascal, a quien su ausencia no preocupaba– y provoca en los creyentes la duda o la desesperación que asaltó al propio Cristo en la cruz, abandonado por el Padre, o a las víctimas que se preguntan cómo puede la divinidad permanecer ajena a su sufrimiento. Decíamos que nuestra época parece especialmente refractaria al silencio, pero de hecho siempre ha existido esa cierta aprensión que puede angustiar a los niños por las noches o sugerir la inminencia de una desgracia, asociada a la doliente quietud de los enfermos o los moribundos, o a los sepulcros donde descansan los cuerpos inanimados cuyas voces sólo se oirán en el recuerdo de los vivos. Y está también el silencio inconcebible que sobrevendrá el día en que la Tierra haya acabado su ciclo, cuando el mundo regrese a la nada primigenia.

Concebida sin ánimo sistemático, como dejándose llevar por las numerosas "citas reveladoras" que le dan al ensayo una cualidad polifónica, la Historia de Corbin pretende no tanto ofrecer una aproximación concienzuda a la materia como recrear para el lector, sin más glosas que las precisas, las impresiones de quienes sintieron y supieron comunicar los matices, las texturas y las intensidades del silencio, que como ha quedado dicho no se define sólo en términos negativos, en tanto que vacío gozoso o a veces problemático, sino que comprende también o acaso principalmente la "palabra interior que calma y apacigua". En última instancia el reaprendizaje del silencio implicaría para el ensayista la capacidad, que hemos llegado a percibir como algo perturbador o indeseable, de estar a solas con uno mismo.

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