La penumbra que hemos atravesado | Crítica Reconstrucción de un crimen

  • En 'La penumbra que hemos atravesado', Lalla Romano establece una imagen definitiva, cálida y distante de su pasado y del de la Italia ceremoniosa y rural

Imagen de la escritora en su casa de Milán Imagen de la escritora en su casa de Milán

Imagen de la escritora en su casa de Milán

Esta obra de Lalla Romano, cuya naturaleza memorística resulta obvia, nos lleva, sin embargo, a preguntarnos sobre la presencia de la memoria en la literatura italiana. "Quien no ha conocido la Francia anterior a la Revolución -escribe Talleyrand, obispo de Autun-, no conoce la dulzura de vivir". Ese es el tenor de la presente obra, tan concisa como bella, donde no falta, sin embargo, una púdica amargura. ¿Existe en en la Italia del XIX-XX, la Italia de Fogazzaro, de Leopardi, de Lampedusa, de Sciascia, de Mario Praz, la Italia de Romano que ahora reseñamos...; existió una mayor atención al paso del tiempo, a su incuria, a su irreflexión, que en el resto de las literaturas europeas? Y si es así, ¿guarda alguna relación con el proceso de unificación italiano, con la dramática cesura que supuso?

En estas páginas de Romano, cuyo fondo es la inminencia de la Gran Guerra, se observa una acusada conciencia del cambio: cambio en las costumbres, en la indumentaria, en el trasporte, en los habitantes del pueblo donde nación la narradora, en la propia casa de su infancia. Una infancia que trascurre apenas medio siglo después de la unificación de Italia y donde la burguesía, tan acerbamente retratada por Balzac y Flaubert, cobra aquí un relieve, una ligereza, una modesta solemnidad, impensable en la literatura francesa.

En cierto modo, en estas páginas asistimos al modernización de un país -y al elogio de su modernidad- mediante la implantación de un Estado y de sus cuadros medios. Es decir, vemos todo lo que falta en Lampedusa y lo que aún es mera formulación en Leopardi. Esa confianza en el Estado como creación ciclópea, la encontramos todavía, incluso, en Camilleri y en el Sciascia que escribe El caso Moro.

Chastel, en El saco de Roma, recordaba que tras la devastación de la Ciudad Eterna, hubo una generación de artistas que no volvieron a ser como antes. Y pone de ejemplo, entre otros, a un afligido Sebastiano del Piombo. Esta huella de lo temporal, deslizada hacia lo artístico, es lo que acaso se pueda rastrear aquí, referido a la Italia del Risorgimento. De hecho, es al modo de una prosecución de huellas como Romano escribe este libro fragmentado -no fragmentario-, de donde surge, luminosamente, la figura de sus padres y cuanto ellos significaron, como clase media "ilustrada" en un pequeño pueblo levítico.

Esta técnica, usada ya muy anteriormente por Ruskin y por Proust -la técnica del indicio como vía para reconstruir, no sólo un objeto, sino el mundo que lo hizo posible-, esta técnica inductiva, repito, es la que utiliza Romano, no para vivificar lo muerto o lo marchito, sino para constatar su irremisible estado. He aquí, probablemente, la más destacada singularidad de esta novela, sugerida ya en el título: La penumbra que hemos atravesado. La púdica nostalgia que encierran sus páginas es, apenas, la necesaria para bruñir el contorno de unos progenitores, con afectuoso e irónico recuerdo.

Recordemos también que esta técnica indiciaria -señalada por Ginzburg-, es la que empleará Morelli en su crítica de Arte, y de la que Freud se apropiará para interpretar nuestros sueños. ¿Qué es lo que reconstruye, pues, Lalla Romano, con cálida precisión, en La penumbra que hemos atravesado? Al margen de lo anterior (la efervescencia de la clase media y la vivacidad del mundo que se dirigió, sin ser consciente de ello, a la carnicería de la Gran Guerra), al margen de este mundo, breve pero "infestado" ya por el germen de lo marinettiano, lo que aquí se ofrece es el "cadáver" de su propia vida; o por mejor decir, los restos físicos de su felicidad pasada. Una felicidad, que se vincula convencionalmente con la infancia, pero cuya reconstrucción no ofrece los vagos desvanecimientos de la memoria que anublan y lirifican nuestros recuerdos.

Entre estos recuerdos -volvamos, para terminar, a Freud-, no se encuentra ninguno de índole sexual. Es decir, que este ejercicio memorístico viene atravesado por esa curiosidad universal y ecuánime del niño, antes de que el misterio urgente y abrasivo del sexo lo retraiga sobre sí mismo y deforme, tiránicamente, su percepción del mundo. Es en esa etapa de claridad pueril donde Romano ha querido situar a su personaje. Podríamos decir que es el mundo previo a la "Caída". Pero es, más sencillamente, el mundo en toda su anchura, en su acogedora profundidad, en su inagotable y alto misterio, lo que aquí se nos muestra.

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