De Libros Un cobertizo y un paisaje abierto

  • La editorial Milenio inaugura su colección de poesía en castellano con dos libros de Yolanda Castaño y Vicente Gallego, dos de las voces más estimulantes de la actualidad

Yolanda Castaño (Santiago de Compostela, 1977). Yolanda Castaño (Santiago de Compostela, 1977).

Yolanda Castaño (Santiago de Compostela, 1977). / Marcos Míguez

En el nuevo libro de Vicente Gallego, Un gramo menos (Editorial Milenio), un hombre agradece los dones que reserva el mundo, se admira con los milagros cotidianos, describe la armonía. "Pelo cebollas", dice. "El aceite sabrá / cómo dorarlas". "Tiendo las sábanas, / sopla el viento y se tornan / en girasoles", celebra en otros versos. Con su mirada dispuesta al prodigio, el poeta encuentra el alma de las cosas, una espiritualidad que le conecta a la tierra: "Asan castañas. / Ya tiene corazón / el viento helado".

Un gramo menos puede entenderse como la culminación del proceso de despojamiento que ha experimentado Gallego, una de las voces más respetadas de la poesía actual, reconocida con el Premio Loewe o el Nacional de la Crítica entre otros galardones. El autor de Santa deriva o Saber de grillos se reinventó varias veces antes de abrazar la esencia, la depuración más absoluta. "Empezó con una estética ligada a la poesía de la experiencia, giró hacia un estilo más barroco y evolucionó después hacia una obra más desnuda, interesada en la contemplación y la naturaleza", señala Josep M. Rodríguez, codirector de la colección de poesía en castellano que ha lanzado la editorial catalana Milenio. Para el editor, Un gramo menos representa "la llegada a la cima de la montaña de un hombre que ha ido quitándose peso en cada libro".

La sensibilidad del valenciano le permite ver las certezas que se esconden en lo discreto, lo pequeño. "Flexibles, dóciles, / todo es sabiduría / en estos juncos", canta en el poemario, en el que afina el oído y percibe la música callada de la naturaleza –"duerme la alberca, / cantan fino las ranas, / despierta el agua"– y la vanidad se desdibuja frente a otras verdades modestas y, sin embargo, esenciales: "Te acerco el pan, / me sirves agua fresca, / no hay yo que valga". Gallego pasea también por la memoria, la ausencia o el tiempo, pero lo hace sin gravedad, con la mansedumbre y la elegancia de un hombre que acepta su destino. "Si miro atrás / ni cuatro gotas quedan / de aquellos mares", apunta en unas líneas. "La mecedora, / un día la dejó / la madre en vilo", escribe en otra página.

Vicente Gallego (Valencia, 1963). Vicente Gallego (Valencia, 1963).

Vicente Gallego (Valencia, 1963). / Sara Esteban

Gallego, sostiene Josep M. Rodríguez, es "consciente de que, en un poema, el silencio es tan importante como aquello que se nos dice. Pienso en un vaso lleno hasta el borde y del que apenas rebosan unas gotas. Lo mismo que esas gotas, los versos de este libro saben a la vez de superficie y de hondura", anota el editor en la contraportada del volumen. "Con Un gramo menos", añade Rodríguez en conversación telefónica, "Gallego adopta el haiku como forma de expresión, pero este volumen no es el típico proyecto de voy a hacer un libro de haikus. Lo que ha ocurrido, simplemente, es que de tanto adelgazar los poemas Vicente los ha dejado así. Y es uno de sus mejores libros. Se puede leer, en conjunto, como una suite".

La nueva colección cubre también con su segundo volumen, Un cobertizo lleno de significados sospechosos, de Yolanda Castaño, un vacío: hasta ahora no se había publicado una antología en castellano de la autora gallega –la que se presenta ahora es bilingüe– pese a ser una de las creadoras más singulares de la poesía actual, galardonada con el Premio Ojo Crítico y el Nacional de la Crítica. El libro aparece con un prólogo de Adam Zagajewski, muestra de la relevancia y la proyección que ha alcanzado la obra de Castaño. El Premio Princesa de Asturias de las Letras destaca cómo la audacia y la inventiva de la escritora, esa libertad que respiran sus textos, ha conseguido "sortear varias categorizaciones, esos setos en los jardines de la poesía colocados por críticas, teóricos y otra gente aburrida".

Para Adam Zagajewski, Castaño "nunca es pedante, le gusta saltar" en su obra

Leer a Castaño es una experiencia imprevisible. Ella misma puede convertirse en una acotación y dialogar en un poema con El amante, de Marguerite Duras: "Yolanda entra en escena. Lleva el cabello peinado en dos trenzas y la boca maquillada de cereza. Toca su cabeza con un sombrero de hombre, un sombrero de fieltro con una cinta negra". Puede recorrer en unos versos el mundo, un puñado de sitios, para proclamar que el mejor destino es estar en casa, junto a la persona amada, y emocionar a sus lectores sin caer nunca en la afectación. Y tensar el lenguaje para no decir algo que sería redundante, resultaría explícito. "No dije rosa, ni azul, no pongas eso en mi boca", se rebela en el fragmento El subrayado no es mío, que cierra, tras rechazar conceptos como te necesito, patria, para siempre, pidiendo: "No pongas eso en mi boca. / Pon mejor/ eso / otro". Ese cobertizo que alberga los significados más dispares es para la autora la definición de la poesía.

"Ella escribe poemas de amor que no son llorones. Su amor pertenece a misteriosos extraños llegados desde distintos continentes y al idioma (o los idiomas). Escribe acerca de la lengua y las lenguas sin ser excesivamente seria. No es nunca pedante. Le encanta saltar", analiza Zagajewski.

"Yolanda", declara Josep M. Rodríguez a este periódico, "es una poeta con una amplitud de registros admirable. Lo mismo escribe un haiku que se va a un poema de versículos largos, muy extenso. Su poesía tiene un punto de irracionalidad, de repente toma elementos cotidianos como una manzana y un coche y trasciende eso, pero no desde la hondura de Claudio Rodríguez, sino desde una inesperada alegría. Zagajewski dice que sus poemas son como burbujas de champán, y es verdad. Incluso cuando es doliente tiene una mirada limpia. Cuando se queja de algo, ves que hay una ventana abierta, que hay luz", expone Rodríguez, también un poeta distinguido –con el Premio Emilio Prados o el Generación del 27, entre otros–. La colección ya prepara el que será el tercer volumen, un libro del jerezano José Mateos que Rodríguez espera publicar "antes de final de año".

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