Joaquín Aurioles

Universidad de Málaga

Guerra comercial y enfriamiento de la economía mundial

El estancamiento económico global no puede considerarse aún el inicio de una nueva crisis Buena parte de las amenazas al crecimiento tiene un origen estrictamente político

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EL Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional llevan algún tiempo introduciendo modificaciones a la baja en sus expectativas de crecimiento y denunciando la proliferación de obstáculos al normal funcionamiento de los flujos internacionales de comercio e inversión. En realidad, se trata de pequeños ajustes que, según acaba de publicar el Banco Mundial, harán que la economía mundial crezca este año 2,9%, tan solo una décima menos que en 2018, aunque, dado que las fuentes de tensión (proteccionismo, aranceles, precios de la energía y de las materias primas no energéticas, etcétera) siguen activas, hay que esperar nuevas correcciones a la baja y un desigual reparto de sus consecuencias.

De las economías avanzadas, el Banco Mundial espera que su aportación sea relativamente reducida (2% de crecimiento), con Estados Unidos a la cabeza (2,5%) y distanciado de la Zona Euro (1,6%) y Japón (0,9%). De las economías emergentes y en desarrollo, se espera una mayor contribución (4,2%), aunque repartida de manera más desigual. Lo más significativo es que India (7,5%) y China (6,2%) se mantienen, junto a Bangladesh (7%), a la cabeza del crecimiento y acentúan la concentración en el Asia oriental y meridional de los principales impulsos a la economía mundial.

Entre los perjudicados, hay que destacar a América Latina por la delicada situación financiera de Argentina, que ha llevado al Banco Mundial a reducir su estimación de crecimiento en 2018 en 4,5 puntos y en 3,5 la de 2019, y por la incertidumbre en Brasil, tras la llegada de Bolsonaro y la corrección a la baja en 1,2 puntos de la estimación del crecimiento el pasado año. En Norte de África y Oriente Próximo (1,9% de crecimiento estimado para 2019) los contrastes son todavía más acusados. En Egipto, por ejemplo, se prevé que este año se conseguirá superar el 5,3% del pasado, mientras que en Irán, donde el crecimiento fue negativo (–1,5%) en 2018, se teme que todo vaya a peor (–3,5%) en 2019.

De la realidad que nos presenta el Banco Mundial se deducen, en mi opinión, dos implicaciones importantes. La primera, que el estancamiento de la economía mundial no permite hablar todavía de crisis, pero sí de serias amenazas. A diferencia de la gran crisis de 2008, no estamos ante catástrofes globales de carácter inminente e imprevisible, pero es evidente que las señales se multiplican y las heridas se hacen visibles en algunos actores relevantes, como Vodafone, Ford o Apple, que no han tardado en reaccionar. La segunda, que buena parte de las amenazas tienen un origen estrictamente político, aunque existan otros factores, como los riesgos financieros derivados del alto volumen de endeudamiento, que no deben ser infravalorados.

El carácter político, pero todavía aparentemente incipiente, de algunas de estas amenazas ayuda a entender la trascendencia concedida a las conversaciones chino-norteamericanas para encontrar una salida a la guerra comercial entre ambos y la eufórica respuesta de las bolsas de valores tras el inicio de las mismas. En realidad, los contactos se iniciaron a mediados del pasado año, pero el elevado rango de los negociadores en este encuentro anima a ser más optimista que en los anteriores, a pesar de que la comunicación sobre los resultados haya sido sorprendentemente escueta.

EEUU aparece como el desencadenante del conflicto de aranceles con China

A pesar de los esfuerzos de su presidente, Estados Unidos sigue apareciendo frente al mundo como desencadenante del conflicto y, por lo tanto, como principal responsable del problema. Los estadounidenses se quejan del voluminoso déficit comercial bilateral, de la sistemática violación la propiedad intelectual, de la denominada cláusula de transferencia forzosa de tecnología, que obliga a los inversores extranjeros en China a compartir la tecnología con un socio local, y de otras muy diversas prácticas que dificultan el acceso extranjero a sus mercados. Muchas de ellas no son arancelarias, que en general se han reducido considerablemente, aunque igualmente efectivas a la hora de proteger la producción interior de la competencia exterior. Estas han sido las razones esgrimidas por la administración Trump en para establecer un primer arancel del 25% sobre 1.300 bienes importados desde China. Posteriormente se redujo al 10%, pero también vinieron otras medidas similares sobre cuya oportunidad no ha tenido reparos de congratularse en público, a pesar de que sus razones han sido repetidamente puestas en cuestión.

Está perfectamente justificada la denuncia de falta de reciprocidad en la administración china a la hora de abrir sus mercados al comercio y la inversión, aunque haya que reconocer que está en marcha desde hace años un proceso de apertura que avanza con lentitud, pero también de forma sistemática. Más discutible es su análisis sobre los costes de la guerra para cada contendiente, según el cual China se verá obligada a aceptar las exigencias norteamericanas porque el peso para su economía de las exportaciones a los Estados Unidos (506.000 millones de $) es bastante mayor que en sentido contrario (130.000 millones $). Esta valoración podría, sin embargo, estar ignorando que, si las represalias chinas alcanzan a las importaciones de empresas norteamericanas que producen en el resto del mundo, incluida la propia China, el perjuicio para sus intereses podría ser considerable.

Cabe la posibilidad de que el proteccionismo sea la tapadera de una guerra fría económica

Otros análisis pretenden advertir intereses más ocultos en la ofensiva comercial norteamericana. Una posibilidad sería que los argumentos proteccionistas expresados anteriormente, así como las exigencias en materia de propiedad intelectual, podrían ser una excusa para afrontar con cierta ventaja la mejora competitiva de la economía china, gracias al enorme esfuerzo de innovación de los últimos años. Otra posibilidad alternativa es que la guerra comercial fuese, en realidad, la tapadera de una guerra fría entre China y Estados Unidos por la disputa del título de mayor potencia económica mundial.

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