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La Rotonda

rogelio rodríguez

La gran farsa se encamina al 10 de noviembre

Iglesias hizo un gran favor a Sánchez al no aceptar su más que generosa oferta en julio

La clase política añade cada día párrafos deplorables al caótico cuaderno de la vida oficial. No acaban de estrenarlo. Todas las legislaturas contienen páginas con renglones torcidos, que han ido in crescendo de manera alarmante, pero nunca como ahora, en nuestra era democrática, los representantes públicos tiznaron con tanta mezquindad el crédito de las instituciones, convertidas ya en un disoluto botín. El mercadeo de cargos y rentas cercena las columnas del sistema, zarandeado por un multipartidismo agreste y un independentismo falaz y peñascoso.

El circo de la gran farsa se encamina hacia el 10 de noviembre, fecha en la que, salvo sorpresa célica o infernal, no se sabe, se celebrarán nuevas elecciones generales, que más que una oportunidad para desencallar el Estado -ojalá que así fuera-, simbolizan el rotundo fracaso de la política y la evidencia de la grave crisis de liderazgo que sufren las distintas formaciones. Un descalabro que parte de la supina incapacidad de los socialdemócratas, que representa el PSOE, y de los liberales, que supuestamente encarna Ciudadanos, para, con la suma de sus 180 diputados, alumbrar un Gobierno estable, mediante coalición o con apoyo parlamentario a un programa consensuado, capaz de acometer, dentro del marco constitucional, las reformas que requiere España. Habría ocurrido en cualquier otro país de nuestro entorno europeo, pero ni lo procuró Pedro Sánchez, sumido en su egocéntrica diatriba errática, y no lo pretendió Albert Rivera, empecinado en erigirse como líder de la oposición por caminos equivocados, en una actitud fatua que sin duda reflejarán las urnas.

El pacto por la izquierda entre el crecido PSOE y el disminuido Podemos pudo cristalizar en la sesión de investidura del pasado mes de julio, aunque a la insolente ambición del vetado líder morado, Pablo Iglesias, se sumaba el imprescindible apoyo de las fuerzas republicanas y secesionistas, con intereses radicalmente opuestos a los que presumiblemente debería amparar un Gobierno socialista, garante del orden constitucional. Pablo Iglesias hizo un gran favor a Pedro Sánchez al no aceptar su más que generosa oferta de una vicepresidencia y tres ministerios. Es bastante seguro que, más pronto que tarde, los dos habrían perdido, pero Sánchez habría perdido más, porque Iglesias habría ocupado el poder que no le otorgan los votantes y aquel habría cavado su tumba política emparedado por un Gobierno bis podemita y la impagable factura que le exigirían sus siempre desleales socios nacionalistas. Y, ahora, aunque Podemos aceptara en el último instante la etérea propuesta que platica el PSOE, la situación no sería distinta y sólo serviría para aplazar unos meses la inexorable convocatoria electoral.

Lástima que nuestras principales y más ortodoxas fuerzas políticas ignoren la teoría del equilibrio desarrollada por el gran matemático estadounidense John Nash (1928-2015), según la cual, si ninguno de los participantes en un determinado juego tiene nada que ganar, la única estrategia que procede, por ser beneficiosa para todos, es la de cooperar. Vana esperanza tratándose de los actores protagonistas de la mascarada que nos ocupa y preocupa

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