ANÁLISIS

En torno a la economía circular

  • El concepto va mucho más allá del reciclaje; está vinculado a una filosofía que aboga por aprovechar al máximo los productos, alargar su vida útil y poder reutilizarlos por otras vías

La separación de los distintos tipos de plásticos se hace de forma manual. La  separación de los  distintos tipos de plásticos se hace de forma manual.

La separación de los distintos tipos de plásticos se hace de forma manual. / EFE

Es frecuente que el término "economía" se vea acompañado de otros que califican, describen u orientan la acción económica. Entre ellos algunos ya nos son familiares: planificada, de mercado, sostenible, colaborativa; y otros empiezan a serlo, tales como digital o circular.

El concepto de economía circular, y el desarrollo que comienza a tener, no es fruto de una ocurrencia, ni un deseo de dar satisfacción a la visión de algunos colectivos. Por el contrario, se ha de traducir en una forma razonable de mejorar la eficiencia en la utilización de los recursos; entendiendo por razonable la factibilidad técnica y un balance positivo entre los costes y los resultados de la transformación de la forma habitual de hacer las cosas en no pocos sectores de actividad.

De forma intuitiva se tiene a pensar que economía circular equivale a reciclaje o reutilización masivos, frente al característico comportamiento lineal de producción-utilización-desecho. Sin embargo, es mucho más amplio e incluye entre sus principales dimensiones las siguientes:

1. Reducir la infrautilización de productos, equipos e instalaciones a lo largo de su vida útil. Entre los ejemplos habituales de esta infrautilización se encuentran los automóviles, que en el caso de Europa se estima que están aparcados un 92% de su tiempo de vida, y del restante un 1,6% transcurre en busca de aparcamiento y un 1% detenido en una congestión de tráfico. Es decir, algo más de un 5% cumpliendo la función para la que ha sido producido y adquirido. Y a esta ineficiencia se suma la infrautilización de su capacidad de transportar personas: apenas un promedio de 1,5 personas por viaje, cuando un vehículo típico puede transportar cinco personas.

Otro ejemplo de infrautilización hace a los edificios de oficinas. También en Europa, se estima que el 60% del espacio dedicado a oficinas no está utilizado incluso durante las horas de trabajo.

2. Extender la vida útil de un producto. Esto conlleva elevar la reparabilidad o la posibilidad de reconstrucción, algo que se ha ido reduciendo ya sea por la forma de producir un bien buscando su abaratamiento, o ya sea por las características de los materiales y componentes utilizados, o incluso por carencia de la información técnica necesaria para la reparación.

3. Reducción de las pérdidas y desechos durante la producción, la distribución o utilización. Este es el caso de los alimentos, por ejemplo, de los cuales se estima un desperdicio de hasta un 30% en los países desarrollados.

4. Y, desde luego, mejorar sustancialmente las actuales tasas de reciclaje de residuos, incluyendo la recuperación de la energía que contienen. En este caso hay grandes disparidades entre países europeos y nosotros no podemos estar orgullosos de nuestra situación, dado el alto porcentaje de residuos que terminan en un vertedero, incluso después de haber pasado por plantas de tratamiento. La evidencia de varios países europeos pone de manifiesto la ausencia de colisión entre el aprovechamiento térmico y el reciclaje mecánico.

Todo esto requiere transformaciones en nuestras formas de producción, comenzando por cambios en el diseño que tengan en cuenta la facilidad de reparación, las condiciones de reutilización, y la posibilidad de extracción de los materiales valiosos utilizados. Además, en algunos casos, como el del automóvil, tendríamos que hacer el tránsito de un modelo de disponibilidad basado en la propiedad de un vehículo a otro basado en la posesión temporal cuando es necesario, de lo cual ya comienza a haber algunas experiencias de interés.

Será necesaria también una intensa modificación normativa para facilitar el uso de subproductos hasta ahora considerados residuos, ya que no siempre es fácil el cambio de catalogación. Además, será necesario facilitar la creación de un mercado europeo de materias primas secundarias, lo que no es sencillo ya que hay que asegurar su trazabilidad para evitar las tentaciones de "camuflaje" de residuos. Y es probable que haya que desplegar estímulos, siquiera temporales, para hacer rentable la utilización de materias primas secundarias. Con seguridad, a este propósito de reutilización contribuirá el desarrollo de nuevos materiales y la sustitución de algunos de los habitualmente utilizados. Y, desde luego, el progreso en la reutilización del agua.

El concepto de economía circular y su despliegue, que será lento, sirve de forma muy directa a algunos de los objetivos de la Agenda Desarrollo Sostenible para 2030 de Naciones Unidas, en particular al objetivo 12: garantizar modelos de producción y de consumo sostenibles; y sirve también a los propósitos de la Alianza del G-7 sobre la eficiencia de los recursos. En el caso de la Unión Europea existe una voluntad patente de darle contenido efectivo y de extenderlo progresivamente, como puso de manifiesto el Plan de acción para la economía circular comunicado por la Comisión en diciembre de 2015 y los progresos realizados desde entonces. El plan señala como áreas de acción prioritarias las siguientes: Plásticos, residuos alimentarios, materias primas críticas (por su importancia económica y sensibilidad del aprovisionamiento) construcción y demolición, biomasa y bioproductos.

El despliegue, naturalmente, no puede ser dictado sino orientado desde las instituciones europeas. Las especificidades en cada país conducen a que cada uno de los socios busque la manera adecuada de realizarlo. En el caso de España esto ha sido encomendado al ministerio con competencias en Medio Ambiente, que ha redactado el borrador de la Estrategia Española de Economía Circular, actualmente en período de información pública. La acción se para el período 2018-2020 contempla 70 medidas, apoyadas con un presupuesto de casi 840 millones de euros. Pero ya en septiembre de 2017 se firmó un pacto por la Economía Circular firmado entonces por 55 agentes sociales y empresariales y que hasta ahora ha sido suscrito por 240 entidades y empresas. El compromiso que adquieren es reducir el uso de recursos no renovables, ampliar la utilización del análisis del ciclo de vida de los productos, introducir criterios de ecodiseño, mejorar la eficiencia de los procesos productivos o promover formas de consumo sostenible, ente otras.

Se trata, pues, de una iniciativa muy ambiciosa y con una gran capacidad de transformación de las formas de producir y de consumir. Su tránsito es muy complejo y será lento, pero dentro de unos años nos sorprenderemos por sus resultados y nos preguntaremos, como en tantos otros casos: ¿Cómo podíamos estar comportándonos de la forma que lo hacíamos?

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