José María Cabeza | Aparejador

“Los edificios hablan, manifiestan sus necesidades”

José María Cabeza en una calle céntrica de Sevilla.

José María Cabeza en una calle céntrica de Sevilla. / José Ángel García

José María Cabeza es arquitecto técnico y fue profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Edificación, donde impartía clases de Restauración y Patología de Edificios e Historia e Introducción a la Construcción. Entre sus más de 350 restauraciones en toda Andalucía destacan las realizadas en la Giralda (1979), la muralla de Sevilla (1984), el mercado de la calle Feria, la Torre de Don Fadrique, el monasterio de San Jerónimo, el pabellón de México de la Expo del 29, la Catedral de Sevilla, el teatro romano y las termas de Itálica, la Universidad de Baeza, o el monasterio de la Rábida. De 1990 a 2008 fue director del Real Alcázar de Sevilla y también fue nombrado aparejador honorífico de la fábrica de la Catedral de Sevilla. En su Carmona adoptiva fue el responsable junto con Alfonso Jiménez de la restauración de la Puerta de Sevilla. Es académico numerario de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla.

¿Qué supone que sus compañeros le entreguen el próximo jueves el Premio Nacional de Edificación?

Lo estableció el Consejo General de Arquitectura Técnica de España y su interés es resaltar la figura de los aparejadores. De forma sorpresiva me lo han dado. Cuando me llamaron pregunté quién lo había solicitado y me dijeron que había sido la junta de gobierno del Colegio de Aparejadores de Sevilla, con lo cual estoy muy agradecido.

¿Se construía mejor antes que ahora?

Depende de qué. Si estamos hablando de hacer unos muros de tapiales, pues sí. Pero la construcción ha avanzado mucho. Yo en la escuela daba clases de Patología de Edificación. Restauración, rehabilitación y mantenimiento. Le decía a los alumnos que tenían que enfocarse más a proyectos de adaptación de edificios antiguos. Eso ha de llevar consigo una serie de operaciones que encajan con la función que tenemos los aparejadores. Una de las cosas que yo más he valorado de mi profesión es que he aprendido a oír a los edificios. Hablan, manifiestan cuáles son sus necesidades o carencias, sus limitaciones. Para poder intervenir hay que identificar esas patologías. Ahí el aparejador tiene un campo profesional extraordinario.

¿Cuál es el material más noble?

Sin duda alguna, la madera. Hay otros, como la piedra. A mis alumnos cuando hablábamos de cantería, les comentaba que las piedras hay que tratarlas como a un niño chico para que siempre estuvieran limpias y secas. Es un material muy frágil.

En Andalucía tenemos edificios con muchos siglos de vida, como la Giralda, la Alhambra o el Alcázar de Sevilla, ¿cree que las setas de la Encarnación estarán el pie dentro de cien años?

Espero que no y no creo que duren tanto tiempo. Fue una decisión muy poco acertada colocarlas en un espacio que nada tiene que ver con esa escala. Lo primero que hay que ver para valorar un edificio es su geometría y después hay que ver el entorno. La geometría de las setas puede estar bien trazada y contemplada, pero falla en ese entorno. Siempre he dicho que tenía esperanza de que con la lluvia encogiera un poco. Me resultan muy desproporcionadas. Ese mismo proyecto en otro espacio es perfectamente valorado. Esto refleja cómo es la sociedad actual. La implantación de mi presente encima del pasado. Voy a poner un ejemplo. Hace muchos años, cuando estaba en la Gerencia de Urbanismo de Sevilla, con respecto a los castillos históricos que pertenecían al Ayuntamiento y que con la organización provincial pasaron a otros territorios. Yo hice un informe junto al arquitecto José García-Tapial en el que valorábamos que no fuera una donación para esas poblaciones, sino una cesión por 99 años y que siempre quedara presente en una placa cuál era el origen de esas fortalezas. Incluso los alcaides eran funcionarios de Sevilla. Así se deja la huella. Ese informe ya se ha olvidado y me entristece. No queremos mirar atrás, como si nos avergonzáramos.

¿Cuál ha sido la peor época para el patrimonio histórico?

Yo empecé en los 70 y aquella época era infinitamente peor que la actual. Primero porque no había conciencia social. Tampoco había fondos económicos y no se conocía el monumento con la profusión de detalles de hoy. Hoy tenemos mucha más información y recursos. El término restaurar no se empleaba. Se usaba el de reparar. Vamos avanzando.

¿Han cambiado muchos nuestras ciudades?

Sí, el urbanismo ha cambiado mucho. El patrimonio ha evolucionado para bien, pero todavía no alcanza el mínimo que sería deseable. Pero está más cuidado que hace 45 años. La identidad del pueblo andaluz es su patrimonio y tenemos que preservarlo.

¿De que restauración está más satisfecho?

Cuando tuvimos la suerte de hallar el jardín rehundido del Patio de las Doncellas del Real Alcázar de Sevilla. Fue una obra técnicamente muy fácil, pero conceptualmente muy compleja.

¿Cuál es el monumento que más le ha sorprendido?

La Giralda. Los sistemas constructivos, el trazado de las rampas, sus pendientes, los espesores de los muros, sus trabajos en los paños de sebka....

Usted abandera la candidatura de Carmona, que le tiene como hijo adoptivo, a Patrimonio Mundial. ¿Qué tiene esa ciudad que?

Dentro de la excepcionalidad que pide la UNESCO, consideramos que Carmona reúne unas características muy singulares. Es el único sitio que se conozca en Europa donde se ha demostrado que ha habido vida permanente durante los últimos 5000 años. La excepcionalidad no es que existan elementos muy importantes, sino que es un reflejo patrimonial de muchas civilizaciones. Lo enfocamos como paisaje cultural porque entendemos que esa singularidad se debe a la naturaleza.

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