Domino Villar | Escritor

"El trabajo de un autor y de un luthier es muy parecido"

Domingo Villar Domingo Villar

Domingo Villar / D.S.

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Una década ha tenido que pasar para que sus seguidores pudieran disfrutar en El último barco de una nueva entrega del inspector Leo Caldas. Domingo Villar (Vigo, 1971) tiene en común con su personaje de Ojos de agua y La playa de los ahogados orígenes y un padre bodeguero. Traducida a quince idiomas, la serie de Caldas (compasivo y pausado como un Wallander) le ha valido, entre otros premios, ser finalista de los Crime Thriller Awards y Dagger International en el Reino Unido, del premio Le Point du Polar Européen en Francia y del Martin Beck de la Academia Sueca de Novela Negra.

-Entre La playa de los ahogados y El último barco han pasado diez años. Suena a algo más que pánico del creador.

-No, pánico del creador ninguno. Lo que ha habido es trabajo, reflexión, dudas... Que son propios de los creadores. Igual que sucede con el trabajo de los luthiers que aparecen en la novela: un autor literario puede escoger buen material, buena madera, y dedicarle tiempo y cariño. Pero corre el riesgo de que, una vez termine, no suene bien. A mí me pasó eso: en 2013, tenía una novela con esta misma historia prácticamente terminada: tenía ya hasta título, Cruces de piedra, ISBN, cubierta... Pero yo no sentía que tuviera emoción. Además falleció mi padre, y el contraste hacía que la novela me pareciera aún más plana. Preferí corregirlo y la corrección supuso la destrucción: no me arrepiento.

-Y 800 páginas y miles de dudas después, seis ediciones en dos meses y el premio Salamanca Negra.

-El primero sorprendido he sido yo, porque creía que los lectores se habrían olvidado de mí y de mis personajes, y al contrario: me estoy encontrando una ola de cariño enorme. Esto está siendo mejor que en mis mejores sueños.

-El último barco es un libro marcado por el tiempo en su nacimiento y en su desarrollo: las cosas suceden en un universo casi paralelo, de tiempo reposado.

-Es una novela que nada un poco a contracorriente: en un momento en el que todo son mensajes súbitos y los discursos se miden en caracteres, esta mueve a reflexionar y a apartar lo urgente para centrarse en las cosas importantes. El último barco narra la vida en una ciudad y en una zona justo enfrente en la que, cruzando la ría, cambias de código. Pero también está ese rincón aparte que es la Escuela de Artes y Oficios, donde lo que importa es terminar bien el trabajo, y eso supone en general hacerlo con cariño y sin prisa.

-Realmente, ¿hay algo que hemos perdido en este aceleramiento o es nostalgia ludita?

-No estoy seguro. Me consta que la tecnología viene a solucionar la vida y a facilitarla en muchos aspectos, pero también necesitamos cada vez menos gente para hacer las mismas cosas: nos ha facilitado tanto la vida que lo que a veces termina sobrando, somos nosotros.

-También propone una geografía fuera de tiempo, casi mítica: no sólo los escenarios, sino ese recuerdo visual a las fincas antiguas, a la ciudad antigua.

-En Vigo, como en tantas otras ciudades, se perdió gran parte de la geografía urbana un unas pocas décadas del siglo XX, sin que a nadie pareciera importarle. Y, generalmente, fue para peor. Ahora creo que estamos más concienciados al respecto, y se hacen las cosas con más cuidado, y se tiende a respetar lo antiguo, reformando lo preexistente antes que destruirlo.

-Ceramistas, luthiers, dibujantes, músicos... Un mendigo que habla latín y un marinero que tiene una jaula de jilgueros en la barca. Podrían ser personajes de un portal románico. O de Cunqueiro.

-Trato de observar a todos los personajes de la novela desde el mismo lugar, intento no prejuzgarlos y tratarlos a todos con el mismo cariño. Quizá sea por eso que un personaje que apenas aparece en unas páginas tiene tanta importancia como otros que aparecen a lo largo de toda la novela. Y el más sabio de la novela es el más pobre: una metáfora de los tiempos.

-La Escuela de Artes y Oficios que describe, ¿existe realmente con ese mismo concepto de lo público?

-Sí: el edificio se cedió a uso público con tal de que se dedicara a la enseñanza gratuita y municipal de técnicas y artes aplicadas. Fue creada como motor de mano de obra en una ciudad que se desarrollaba y que crecería muchísimo durante el siglo XX, y donde la educación de las mujeres, además, tenía un papel fundamental. Algunos personajes, de hecho, están inspirados directamente en profesores de allí.

-¿Qué tal con la adaptación al cine de La playa de los ahogados? Dicen que hay dos opciones: desentenderse o sufrir.

-Que te adapten siempre es extraño porque, al final, en el caso de la novela negra, termina todo reduciéndose a la trama detectivesca, que es lo que vertebra el libro pero que no es lo que tiene más valor en la historia. Eso sí: la posibilidad de hacerlo aquí, con 800 páginas es cero (risas).

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